lunes, 17 de abril de 2017

La teoría sueca del amor (II).

Por Raquel Santos-Juanes.

La teoría sueca del amor es un documental de Erick Gandini en el que se muestra a través de algunas personas que forman este país que el hecho de vivir en una sociedad increíblemente avanzada y eficiente no es sinónimo de felicidad.

En la década de los 70, un grupo de políticos llegó con la idea de formar una sociedad en la que las personas fuesen completamente libres, es decir, donde no existiesen ataduras ni dependencias de ningún tipo con otros seres humanos. De esta forma se conseguiría llegar a que las relaciones humanas fuesen auténticas pues para ello deben partir (supuestamente) de la independencia entre las personas.

La creencia en la individualidad ha marcado el mundo occidental desde hace tiempo y son los suecos los que han sido capaces de transformar la creencia en realidad. El hecho de que se trate de un país con un desarrollo económico satisfactorio permite que los individuos puedan dedicar la mayor parte de sus preocupaciones a la realización personal.

¿Llegados a este punto no suena tan mal, no? Pues bien, el problema está en que en algún momento, el objetivo con el que se inició la idea se perdió del punto de mira y las personas perdieron el interés por interactuar unas con otras, se encerraron en sí mismas y decidieron evitar el contacto humano que no suponga nada para su proyecto como individuos.

En el documental, se expone que la mitad de los suecos viven solos y que un cuarto de ellos mueren sin nadie e incluso pueden pasar semanas, meses y años hasta que alguien se da cuenta de que una persona ha fallecido. Para encontrar en Suecia afecto, contacto y cariño de otras personas, el documental solo es capaz de remitirnos a una especie de grupo ‘hippie’ que solo en ellos mismos han encontrado colectividad ya que el resto está demasiado refugiado en sí mismo. Lo que con esto se pretende señalar es que la posibilidad de estar con otros ha quedado reducida a mínimos.


Como contraposición al país escandinavo tenemos a Etiopía. Un cirujano que trabajó 30 años en el norte y posteriormente se trasladó explica que en África las personas nunca están solas, sus familias y amigos están siempre alrededor. Anteriormente, sus compañeros le decían que no tenía nada que aprender, sin embargo, no era cierto pues tuvo que ser enormemente innovador en cuanto a equipo y técnicas. Él mismo nos dice ‘La necesidad espiritual en Suecia es incluso mayor que la necesidad material aquí’.


En conclusión y tal como expone el sociólogo polaco Bauman, al final de la independencia no se encuentra la felicidad sino un vacío, una vida sin sentido y un increíble aburrimiento. La felicidad no consiste en no tener problemas, sino en superar los retos que se nos presentan y cuando el confort crece la posibilidad de superarlos se reduce. Una vida segura y fácil puede terminar convirtiéndose en una existencia vacía pues a medida que la independencia aumenta porque tenemos provisiones para estar alejados del hambre, la miseria y la pobreza, las capacidades para relacionarse con los demás decrecen. ¿Estamos dispuestos a sacrificar la convivencia con los otros y en definitiva la felicidad a manos del progreso y la vida sencilla?

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