lunes, 27 de febrero de 2017

Tulpenmanie: la locura de los tulipanes.

Publicado por E. J. Rodríguez.
Detalle de Doble retrato de un matrimonio con tulipán, bulbo y semillas, de Michiel Jansz. van Mierevelt, 1609. Imagen: DP.

Cuentan que cuando la «manía de los tulipanes» estaba en su punto álgido, un marinero holandés confundió un bulbo de esa flor con una cebolla. Lo puso a hervir; cosa que le supuso dar con sus huesos en la cárcel. «Con lo que vale el bulbo que te acabas de comer», le dijeron, «podría comprarse comida para alimentar a toda la tripulación durante un año». La anécdota es muy célebre; apócrifa quizá, aunque resume a la perfección la surrealista burbuja de precios que los tulipanes experimentaron durante unos pocos años, un proceso que se produjo al margen de la gente común y que enriqueció a unos pocos. Fue la primera burbuja económica moderna, o por lo menos la primera que dejó una huella profunda en el subconsciente colectivo europeo. Después sería esgrimida por muchos movimientos políticos como símbolo de codicia sin control, la parábola ejemplar sobre la necesidad de regular los excesos del libre comercio. Incluso hoy, cuando hemos visto y vivido burbujas mucho peores, continúa despertando ecos muy familiares.

En 1637 un bulbo de tulipán llegó a valer mucho más que el equivalente de su peso en oro. Mucho más. Es verdad que no es la única flor que ha experimentado súbitos aumentos de precio en diversas épocas de la historia europea, cuando determinadas especies eran vendidas como artículos de lujo y una elevada demanda podía multiplicar su valor durante un periodo breve. Por ejemplo, madame de Pompadour, amante de Luis XV (y lo que hoy llamaríamos «creadora de tendencias») puso de moda los jacintos a mediados del XVIII; los aristócratas y burgueses que imitaban los caprichos de la famosa cortesana pagaban altos precios por hacerse con plantas maduras y con las propias flores. Durante el siglo XIX los floristas holandeses y alemanes exportaban jacintos a gente adinerada de medio continente. Durante los picos de demanda, el valor de los jacintos se disparaba, pero poco tiempo. El precio bajaba otra vez tan pronto la industria de la floristería incrementaba la oferta para satisfacer a los compradores. Una «burbuja de los jacintos», con las características que tuvo la de los tulipanes, hubiese resultado impensable.

El tulipán fue la emperatriz de las flores en el mercado europeo, la joya indiscutible de la jardinería. Su precio era alto de manera sostenida porque, además de su particular belleza, la oferta nunca podía crecer de forma exponencial si se producían picos de demanda. Era una planta que maduraba con lentitud y no producía demasiados retoños. Para colmo, las variedades más vistosas eran las más costosas de cultivar debido a una curiosísima carambola biológica, que explicaremos un poco más abajo. Así pues, ante un incremento de la demanda, la industria del tulipán tenía poca capacidad de reacción. En consecuencia, los tulipanes, al contrario que los jacintos, nunca dejaban de ser un lujo. Siempre se pagaba mucho por ella; aunque nadie hubiese imaginado que terminaría generando una fiebre monetaria parecida a los cracks bursátiles de nuestra época, desde luego no era un producto cualquiera. Para entender por qué el tulipán pudo provocar un fenómeno semejante, tenemos que remontarnos a los tiempos en que los asombrados ojos europeos contemplaron aquella flor.

La joya persa.
Naturaleza muerta con tulipanes, de Johannes Bosschaert, ca. 1630.

El tulipán entró muy tarde en los jardines occidentales. Hasta el siglo X fue una flor silvestre, confinada en su hábitat natural, las montañas de Kazajistán. El Imperio selyúcida la introdujo en la actual Turquía, donde los persas empezaron a cultivarla con intención de mejorar la especie. Para cuando se fundó el Imperio otomano, a finales del siglo XIII, ya tenía presencia habitual en los jardines de la corte otomana y en las residencias de los más ricos. Eso sí, continuaba siendo desconocida en Europa, donde no se tuvo noticia de ella hasta trescientos años más tarde.

En la corte turca las vio por primera vez Ogier Ghiselin de Busbecq, natural de Flandes y a la sazón embajador del Sacro Imperio Romano Germánico ante los otomanos. Aparte de su carrera administrativa, Busbecq era un hombre muy observador (durante su paso por Turquía escribió cartas muy interesantes en las que reseñaba los usos y costumbres locales) y sobre todo un entusiasta de las plantas. Lo fascinó de manera especial una exótica flor con forma de cáliz, cuyos pétalos lucían colores de una intensidad desacostumbrada en la jardinería europea. En su viaje de regreso a Viena se llevó unos cuantos con él, para deslumbrar a la corte imperial. Pues bien, entre los amigos de Busbecq se hallaba un paisano de Flandes, Charles de l’Écluse, considerado uno de los botánicos más importantes del continente, si no el más. L’Écluse, que firmaba sus obras con el mejor conocido seudónimo latino Carolus Clusius, pasó más de dos décadas trabajando con los tulipanes, para aclimatarlos al entorno holandés y encontrar la mejor manera de cultivarlos; después resumiría todos sus hallazgos en una obra titulada Un tratado sobre los tulipanes. A finales de siglo, Clusius era el único especialista en tulipanes de Occidente.

En 1593, cuando tenía sesenta y siete años, recibió un importante encargo: poner en marcha el Hortus Botanicus de la ciudad de Leiden, el mismo que hoy es el jardín botánico más antiguo de Europa. Estimulado por este nuevo trabajo, Clusius reunió una colección de plantas que resultaba impresionante para su época. Llenó el jardín con especies que había coleccionado él mismo, o que le habían enviado otros botánicos e incluso nobles europeos. Incluso se hizo traer ejemplares del Extremo Oriente: aprovechando que los holandeses comerciaban de continuo con Asia, encargó a la Compañía de Indias que le trajese especímenes de plantas raras en las bodegas de sus barcos mercantes. Con semejante colección, no es raro que el Hortus Botanicus tuviese un éxito inmediato tras la inauguración. Pero incluso en mitad de aquel despliegue de plantas extraordinarias, tan pronto llegó la primavera y los vivaces tulipanes florecieron, se convirtieron en las grandes estrellas de la exposición. Los visitantes, sobre todo los burgueses adinerados y los nobles —para quienes los jardines de sus casas eran parte indispensable de su tarjeta de presentación en la alta sociedad— ansiaron hacerse con aquellas flores de colores tan vivos. Esto hizo que los cultivadores y floristas holandeses se interesaron por el tulipán. Empezaron a establecer las primeras plantaciones comerciales del tulipán holandés, aunque entonces, claro, era mejor asociado con los turcos.

La inexplicable magia de los bulbos.

Detalle de Mujer de la familia Grenville y su hijo, de Gilbert Jackson, ca. 1640, donde se incluye el tulipán como símbolo de estatus. Imagen: DP.

En 1581, mientras Clusius todavía estudiaba los tulipanes en la sombra, varios territorios de los Países Bajos españoles abjuraron del rey Felipe II, abandonando la condición de colonia española y convirtiéndose en las Provincias Unidas. La coincidencia de varios factores políticos, sociales y demográficos, amén de la recién conseguida libertad de acción, produjeron una explosión económica basada en un intensivo comercio con Asia. Se estableció una fuerte cultura del emprendimiento y apareció una nueva clase burguesa, minoritaria pero muy rica, que no tardó en interesarse por cualquier mercancía que les pudiera servir para resaltar su nuevo estatus. Esto dio origen a la Edad de Oro holandesa, algunas de cuyas manifestaciones culturales, como la pintura, continúan despertando nuestra admiración hoy. No había nuevo rico que no encargase retratos y paisajes para sus viviendas; también los jardines se convirtieron en un símbolo visible de su prosperidad. Para un holandés adinerado, presumir de jardín ante las visitas era tan importante como vestir ropajes caros y ofrecer enjundiosas comidas con cubertería de plata. Mantener un jardín era bastante caro, sobre todo si contenía flores exóticas. Y el tulipán, la más exótica de todas las flores, iba a convertirse en la joya de aquellos presuntuosos vergeles. Cuando florecían en primavera, la impresión que provocaban en las amistades sería duradera; así, los burgueses empezaron a competir por adquirir los más espectaculares tulipanes. Los cultivadores y floristas se esforzaban por satisfacer la demanda, pero la oferta de determinadas variedades crecía con mucha lentitud.

La planta del tulipán podía reproducirse mediante semillas, como otras muchas, pero ello presentaba varios inconvenientes. Las plantas recién nacidas —las que provenían de las semillas— tardaban años en madurar y producir flores; demasiado tiempo para aquellos compradores que deseaban tener aquellos colores en su jardín lo antes posible. Algo más ágil, y por lo tanto más viable desde el punto de vista comercial, era la reproducción por bulbos. Durante el verano, después de florecer, la planta dormía durante tres o cuatro meses; en ese periodo se podían desenterrar los nuevos bulbos que hubiese producido (no muchos) y trasplantarlos para obtener una planta que sí floreciese al año siguiente, sin necesidad de esperar a que madurase desde el estado primigenio de la semilla.

Las flores del tulipán común eran de un solo color (rojo, blanco, violeta, naranja, azul, rosa, etc.), pero había otras cuyos pétalos contenían vetas de dos colores; en algunos casos incluso bordes irregulares, parecidos a una labor de encaje, cuya magnificencia visual inspiraba a los pintores y despertaba el ansia de los compradores. Estas variedades irregulares no podían obtenerse mediante semillas. Las semillas de cualquier clase de tulipán, aun del más raro, generaban siempre plantas con una flor común, monocolor. Para que las flores más extraordinarias conservasen las propiedades en sus plantas hijas debían reproducirse mediante bulbos.

Este aberrante fenómeno, el que las semillas de plantas con flores multicolores siempre gestasen plantas con flores comunes y monocromas, debió de dejar atónitos a los cultivadores de su tiempo. Era como si las semillas de tulipán no transmitiesen toda la herencia. Por entonces no se conocía la genética, por supuesto, pero los cultivadores sabían que una semilla debería transmitir las cualidades de la madre. Así que los tulipanes irregulares que solamente heredaban sus cualidades en los bulbos eran un misterio incognoscible. Este fenómeno no fue explicado hasta siglos más tarde, cuando gracias al desarrollo de la microbiología se descubrió que los tulipanes irregulares, los más bellos, no tenían ese aspecto por un capricho de la genética, sino debido a la presencia de un virus, el Potyvirus, parecido al que provoca las plagas del «mosaico» que arruinan las patatas, lechugas, tomates, pepinos y otros cultivos. El virus contagiaba los bulbos, pero no estaba presente en las semillas. Así, de una planta enferma se obtenían tanto hijas sanas (semillas) como hijas enfermas (bulbos). Así pues, la misma enfermedad que en otras cosechas empeoraba el aspecto del producto era la que, en los tulipanes, causaba la más singular belleza. Los cultivadores sí sabían que los bulbos de variedades raras, escasos en número, eran los más apreciados, y por tanto los más caros. Con el paso del tiempo cada vez más gente podía tener tulipanes comunes yendo a comprar semillas, pero no cualquiera estaba en disposición de pagar un alto precio para hacerse con un bulbo «noble», infectado por un enfermizo esplendor.

La burbuja.

Vagón de los locos, de Hendrik G. Pot, 1637. Los tejedores de Haarlem abandonan sus telares para seguir a la diosa Flora, cargada de tulipanes. Imagen: DP.

Las variedades multicolores, pues, continuaron siendo patrimonio exclusivo de las clases altas. La gente común no podía permitirse comprar un bulbo enfermo. Para resaltar esta condición de flor reina de los jardines, las variedades raras eran bautizadas con nombres sonoros de personajes históricos, con títulos nobiliarios, etc. Hacia 1630, el negocio de los bulbos era ya rentabilísimo; los cultivadores los vendían a buen precio a floristas, quienes a su vez los hacían llegar a las clases altas. Los precios de los bulbos holandeses, ya de por sí altos debido a la enorme demanda local, se dispararon todavía más cuando empezaron a ser reclamados también desde el extranjero, sobre todo por los aristócratas franceses, que los acababan de descubrir. Pronto los tulipanes ocuparon el cuarto lugar en la tabla de exportaciones holandesas, solamente por detrás de sectores tan establecidos como los lácteos, la pesca y las bebidas alcohólicas.

La competencia entre los comerciantes que intentaban hacerse con bulbos se tornaba cada vez más feroz. Ansiosos por garantizarse una cantidad del producto cada año, empezaron a firmar contratos con los cultivadores, quienes se comprometían a entregarles unos bulbos que todavía estaban bajo tierra. Estos contratos de compraventa no tenían por qué generar una burbuja, ya que eran una compra como cualquier otra, con la única diferencia de que el comerciante pagaba los bulbos en invierno o primavera, pero no los recibía hasta el verano siguiente. Como nadie en el negocio quería quedarse sin bulbos, apenas finalizada la cosecha de un año ya se estaba firmando la compra del año siguiente.

El problema empezó a gestarse en 1635, cuando quienes eran propietarios de un contrato de futura compra de bulbos empezaron a sentirse tentados por la idea de revenderlo a otro comerciante. La demanda prevista era tal que los precios que se firmaban aumentaban en cuestión de semanas; así, revender un contrato por un precio superior al estipulado permitía obtener un beneficio inmediato sin necesidad de esperar a la cosecha. A su vez, quien compraba el contrato, al ver que la demanda prevista continuaba creciendo, podía revenderlo por un precio todavía mayor. Este trasiego de contratos se convirtió en un nuevo y boyante negocio: el mercado de futuros de los tulipanes. Unos bulbos que no habían salido del suelo iban cambiando de propietario por cantidades de dinero cada vez más elevadas. Todo justificado por la creencia de que los precios de los tulipanes raros en el mercado final serían cada vez mayores. Este curioso mercado de futuro alcanzó unas dimensiones insospechadas en cuestión de meses. Atrajo a gente ajena al negocio de las flores; brokers especializados en la compraventa de contratos que jamás ponían las manos sobre un tulipán y que nunca vendían plantas a nadie. Su único interés era el intercambio constante de aquellos títulos de futuros, basado en la especulación.

Aquel negocio no era ilegal en Holanda, pero tampoco era legal, porque el país carecía de una regulación a favor o en contra. Se trataba de un fenómeno nuevo en el que las autoridades, embebidas por la mentalidad mercantilista de su tiempo, no deseaban interferir sin necesidad. Eso sí, sabemos que no todos en el Gobierno lo veían con buenos ojos, como demuestra el que algunos importantes funcionarios calificasen aquel intercambio de contratos como windhandel, «venta de aire». Desconfiaban sobre los posibles efectos secundarios de aquella escalada de precios. Pero en una nación donde la empresa mercantil era sacrosanta poco podían hacer para detener el proceso, sobre todo porque no se vislumbraba un final determinado. Era un fenómeno nuevo, pero parecía tener su base. El bulbo de tulipán era uno de los productos de lujo más buscados por la gente más rica de Europa, así que resultaba imposible concebir una inversión más sólida.

En la reciente Bolsa holandesa se llegó al extremo de establecer puestos dedicados en exclusiva a este intercambio de contratos. Pero también las posadas y tabernas eran escenario habitual de compraventas, celebradas ante suntuosas cenas, a las que acudían hasta doscientos y trescientos inversores. Como se ganaba mucho dinero, no se reparaba en gastos; el alcohol fluía en abundancia, había espectáculos en vivo y tampoco era inhabitual la presencia de prostitutas. También hubo personas ajenas al negocio de las flores (artesanos, marinos, etc.) que se sintieron atraídas por aquella máquina especulativa de hacer dinero, y que acudían a losbrokers en busca de beneficios rápidos y fáciles. Los agentes les recibían a cambio de una tarifa —bautizada, de manera muy significativa, «tarifa del vino»— y con un par de firmas ofrecían una rentabilidad inmediata. Ya no había que esperar a que se cosechasen los bulbos para ganar dinero.
Detalle de una acuarela del siglo XVII de un Semper Augustus, famoso por ser el tulipán más caro vendido durante la tulipomanía. Pintor anónimo (DP).

El carácter no clandestino, pero sí un tanto apresurado, de aquel negocio hizo que apenas quedasen registros mercantiles que los historiadores puedan consultar. Sin embargo, se conocen datos muy impactantes, como que algunos contratos de compra de bulbos cambiaban de dueño más de diez veces en un solo día. Cada bulbo de tulipán multicolor que todavía estaba bajo tierra podía aumentar de precio varias veces en veinticuatro horas. Los más avispados brokers podían ganar hasta setenta mil florines en un mes; esto es, más de cinco mil veces el salario medio de un trabajador holandés, que percibía un sueldo de entre doce y trece florines mensuales (ciento cincuenta florines al año, el equivalente de unos mil setecientos euros actuales). El poder adquisitivo de las clases bajas no era muy elevado (aunque en otros lugares de Europa la situación era mucho peor) y la vida era cara. Una pieza muy grande de queso o un barril de cerveza costaban unos ocho florines, más de la mitad de un sueldo mensual. Una oveja o un barril de vino valían diez florines; un cerdo, veinticinco; una vaca o un abrigo, cincuenta. Aún más costosos eran los caprichos de los burgueses: un traje caro o una única pieza de cubertería de plata costaban entre ochenta y noventa florines. Un buen mueble, no menos de ciento cincuenta. Pues bien, cuando en 1635 la fiebre de los contratos de futuros de los tulipanes entró en su apogeo, un único bulbo de alguna variedad muy buscada (como el llamado «Virrey») pudo llegar a costar dos mil quinientos florines, el equivalente de quince años de salario de un trabajador. Un único bulbo. Una remesa de cuarenta bulbos cambió de manos por cien mil florines; una auténtica fortuna con la que podrían haberse comprado diez mil ovejas, o dos mil vacas, o doce mil barriles de cerveza, o cincuenta toneladas de alimentos, o una cubertería verdaderamente palaciega consistente en más de mil trescientas piezas de metal precioso. En otro caso, un único bulbo de la variedad Semper Augustus fue adquirido a cambio de un terreno de cincuenta mil metros cuadrados, seis o siete veces la extensión de un campo de fútbol.

Durante 1636 y principios de 1637 muchos inversores ganaron fortunas sin hacer más que comprar y vender unos documentos que nunca parecían dejar de valer más y más. El gran problema de este negocio, claro, era que los precios crecían solamente sobre la base de expectativas, sin la seguridad de que al final, llegado el momento de la cosecha, habría de verdad gente dispuesta a comprar tulipanes por aquellos precios tan exagerados, inflados de manera tan veloz durante los meses anteriores.

En principio nadie pareció reparar en este inconveniente, o por lo menos nadie lanzó una voz de alarma lo bastante sonora como para que aminorase la marcha del asunto, y como hemos visto, ni siquiera las reluctantes autoridades intentaron que se impusiera el sentido común. Todos parecían confiar en que las leyes del mercado estaban sosteniendo todo el proceso.

A finales de 1636 algunos empezaron a sospechar que quizá los precios eran tan altos que los compradores finales, aquellos que no querían adquirir contratos sino las propias flores, quizá ya no iban a estar dispuestos a comprarlas. Los precios se habían encarecido demasiado, tanto, que se antojaría una adquisición insensata incluso para los bolsillos más pudientes. Durante los primeros meses de 1637 la especulación continuó sin freno, pero los tanteos del mercado hicieron patente que las mencionadas sospechas podían tener fundamento. Los tulipanes ya eran demasiado caros. Los comerciantes y los exportadores empezaron a tener problemas para colocar sus futuras remesas a los precios que se habían negociado en aquella «bolsa de valores». Cuando por fin se entendió que la oferta había sobrepasado por mucho los precios que la demanda estaba dispuesta a asimilar, cundió el pánico. Los contratos se habían convertido en un activo tóxico; su valor se desplomó. Hasta entonces, quien había tenido un título de compraventa en sus manos estaba en posesión de dinero seguro; ahora, de repente, sabía que nunca podría recuperar lo invertido. Un buen número de inversores quedaron atrapados en el estallido de la burbuja. El mercado de los bulbos de tulipán había saltado por los aires. Un montón de dinero que estaba «en el aire» desapareció de un plumazo.

Las consecuencias:
Alegoría de la tulipomanía, de Jan Brueghel el Joven, ca. 1640. Los especuladores son representados como monos. Imagen: DP.

La crisis de los tulipanes no produjo efectos económicos a gran escala en Holanda, o no tan terribles como se describió a posteriori. Hubo gente que se arruinó, por descontado, pero la burbuja tuvo efectos limitados. Este es un hecho que quizá pueda sorprender, sobre todo si la comparamos con algunas burbujas más recientes. Pero hay varios factores que lo explican. Para empezar, los inversionistas, que eran una minoría dentro del conjunto de la población holandesa, podían asumir el golpe financiero en buena parte de los casos. Los bulbos eran un producto no muy abundante, así que la base del castillo de naipes no pudo extenderse más allá de ciertos límites. Por otra parte, la clase trabajadora o las clases medias-bajas participaron muy poco en aquel negocio porque no tenían tanto dinero para invertir y no existía una «generosa» red de préstamos hipotecarios como sí sucedió en la burbuja inmobiliaria. Acudir a un prestamista de la época era mucho más arriesgado, y quienes lo hicieron sin duda terminaron en la más completa miseria. Pero no eran muchos. A la mayoría de los trabajadores ni se les pasó por la cabeza invertir en un bulbo de tulipán que valía años enteros de salario. Con todo, el factor más importante que evitó mayores desastres fue la actitud de la propia industria. En las crisis recientes ha habido grandes empresas que se han salvado de la quema gracias a los rescates estatales; en la crisis de los tulipanes sucedió algo parecido, aunque no se produjo un rescate en forma de inyección de dinero por parte del Estado, sino de los propios productores y distribuidores.

Los primeros en entender que su sector peligraba fueron los cultivadores y floristas que habían vendido los bulbos en primera instancia. Supieron que los contratos de compra no se iban a formalizar, porque los bulbos no podrían venderse a tan alto precio. Dicho de otro modo: se arriesgaban a no cobrar un solo florín cuando llegase el momento de la cosecha. Algunos intentos de hacer cumplir esos contratos por vía legal demostraron que la vía judicial iba a ser ardua y, con frecuencia, desfavorable. Aquel tipo de especulación, desconocido hasta entonces, no estaba recogido por la legislación. Los jueces no sabían cómo tratar la deuda adquirida mediante aquellos contratos, y un tribunal llegó a dictaminar que era equivalente a una «deuda de juego», cuya devolución no podía ser forzada, según las leyes holandesas (hasta tal punto resultaba inhabitual semejante sistema de inversión que podía llegar a ser asimilado con una especie de timba). Así pues, interponer una demanda podía terminar de dos maneras; los cultivadores la perdían, o, de ganarla, arruinaban a su cliente (o como mínimo lo alejaban del negocio). Ante esa oscura perspectiva, los productores de tulipanes decidieron ser flexibles. El gremio de floristas propuso que los contratos a futuros se convirtiesen en contratos de opciones. Lo cual significaba que a quienes se habían comprometido a quedarse con los bulbos y ya no podían o no querían formalizar la adquisición, se les permitiría liberarse del contrato abonando un 10% del valor total en concepto de indemnización. Esta parecía la única solución que evitaba el hundimiento total de los ingresos del negocio de los tulipanes y de muchos inversores que habían sido atrapados por la burbuja. Aunque la conversión de futuros en opciones no estaba recogida por la normativa, el Parlamento holandés sancionó la decisión del gremio y le confirió legitimidad al proceso, entendiendo también que era la única salida. Esto hizo que los propietarios de contratos evitasen un 90% de sus pérdidas y que los floristas ganasen algo de dinero en vez de quedarse a cero.

El efecto sociológico, en cambio, fue bastante más profundo y duradero. La mayoría de los holandeses era gente humilde que se sintió insultada al conocer los precios que se habían estado pagando por aquellas flores. Quince años de salario, o más, por un único bulbo de tulipán. Una planta que no servía para nada (los bulbos ni siquiera eran comestibles, salvo que estuviesen preparados de manera muy cuidadosa, porque eran tóxicos) salvo para adornar los jardines de los ricos durante dos o tres semanas al año. Aun así, se había convertido en el producto más caro del país. Esto, de manera sangrante, hacía patente la brecha entre clases sociales de Holanda. La famosa anécdota del marinero fue probablemente inventada (o por lo menos no existe indicio alguno de que se produjese), pero la imagen de un hombre encarcelado por comerse un mísero bulbo de una planta de jardín ilustraba la indefensión que sentía el sufrido ciudadano común ante el capricho de quienes manejaban la economía. Quizá por ello, pese a que el estallido de la burbuja no fue catastrófico para el conjunto de la nación, la «locura de los tulipanes» se convirtió casi de inmediato en un símbolo de los peligros de la codicia incontrolada: fue denostada con frecuencia por aquellos que deseaban una economía más sensata; verdadera o no, fueron muchos quienes se sintieron identificados por la historia del marinero y su injusta condena.

En cualquier caso, aun descartando todo lo que pudiera parecernos hiperbólico en los relatos posteriores, aún hoy se la toma como ilustración del componente irracional que pueden tener los mercados en ausencia de regulación. Una visión que, de manera bastante curiosa, ha sido contestada en tiempos recientes. Un artículo deThe Economist, titulado «¿Fue la tulipomanía irracional?», trataba de defender la noción de que los inversores del mercado de futuros de los tulipanes estaban actuando de manera responsable, usando el argumento de que ya anticipaban la conversión legal de los contratos de futuros en contratos opcionales, cuando en realidad esta conversión fue un parche que se puso a la crisis a posteriori. Una nueva interpretación que busca desmitificar aquella crisis y su valor simbólico como potente argumento en contra de las inversiones no reguladas, pero que es dudoso que vaya a tener mucho éxito. La burbuja de las «puntocom», en concreto, hizo recordar la de aquellas flores que costaban miles de florines. También el hundimiento de la empresa Enron siguió patrones parecidos. Cualquier mercado, sujeto a los impulsos humanos, corre el riesgo de terminar manejado por decisiones irracionales y cortoplacistas, basadas en la idea de que el aire puede aumentar de precio indefinidamente.

Detalle de Naturaleza muerta con jarra de plata, tulipán, tetera de Yixing y globo, de Pieter van Roestraten, ca. 1690. Imagen: DP.

Fuente: www.jotdow.es

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