miércoles, 4 de enero de 2017

La educación en Esparta.

Pues de los demás griegos, los que se ufanan de educar inmejorablemente a sus hijos, tan pronto como los niños son capaces de comprender lo que se les dice, sin pérdida de tiempo ponen a unos criados en calidad de pedagogos para que aprendan letras, música y gimnasia; ablandan además con el calzado los pies de los niños, y llevan la molicie a sus cuerpos entre los pliegues de los mantos; y toman al apetito de los niños por medida de lo que deben comer. Licurgo, en cambio, en lugar de permitir que cada cual, particularmente, hiciera de unos esclavos los pedagogos de sus hijos, ordenó que ejerciera el poder sobre los niños, uno de los que desempeñan los más altos cargos, que es precisamente el que recibe el nombre de paidónomo; y diole autoridad para reunir a los niños y para observarlos y castigar con dureza al negligente. Asignóle también a unos jóvenes en calidad de ayudantes, para que castigasen a los niños cuando fuera preciso; de modo que un gran respeto y una absoluta obediencia juntamente allí concurren. Además, en lugar de ablandar los pies con el calzado, ordenó que los endurecieran andando descalzos, pues pensaba que, si de este modo se ejercitaban, mucho más fácilmente escalarían las alturas, y con mayor seguridad bajarían las pendientes, y saltarían y brincarían lo mismo en longitud que en altura con mayor ligereza. Y opinaba también que, en lugar de envolverse muellemente en mantos, debían acostumbrarse a no llevar sino un solo vestido en cualquier época del año, considerando que así estarían mejor dispuestos a afrontar tanto el frío como el calor. Y en cuanto a la alimentación, ordenó que dispusiera cada niño de una cantidad tal, que no les expusiera a sentir la pesadez de la hartura, ni les hiciera, por otra parte, desconocer lo que es pasar necesidades; porque creía que los así educados podrían mejor, si necesidad tuvieren, soportar la falta de víveres, y resistirían durante más tiempo con la misma ración, si así se les ordenase; y no necesitarían de un selecto condimento, sino que estarían mejor dispuestos a cualquier clase de comida, y vivirían, en fin, más saludablemente. Pensó, además, que un género de alimentación que dé esbeltez al cuerpo, haciéndole crecer en estatura, conviene más que una dieta que le ensanche desmesuradamente. Y para que no pasaran tampoco hambre excesiva, si bien no les permitía coger sin esfuerzo lo que necesitaran, les autorizó, en cambio, Licurgo a que robaran algo para poner remedio a su necesidad. Y que no fue por no tener qué darles, por lo que les indujo a que con tales trazas se procuraran provisiones, no creo que nadie lo ignore; sino porque es evidente que el que proyecta un robo, si es de noche, por fuerza ha de velar, y si de día, tienen que engañar y estar en acecho; y el que se dispone a apoderarse de algo, ha de percibir espías. 

En todo esto, pues se pone de manifiesto que, si los educó del modo que he dicho, era porque deseaba, sin duda, hacer a los niños más diestros y batalladores en las necesidades de la vida. 

Mas tal vez alguno diga: ¿por qué entonces, si realmente consideraba bueno el robo, puso fuerte pena de azotes al que fuera cogido in fraganti?

Pues, respondo yo, porque también en las demás cosas que enseñan los hombres, se castiga al que no lo hace bien; y por eso también ellos a los que son sorprendidos los castigan por robar mal.

Y para que, ni cuando se ausente al paidónomo, queden los niños faltos de jefe, dispuso de cualquier ciudadano que se hallara presente tuviera autoridad para ordenar a los niños lo que juzgara conveniente, y para castigarlos si cometían alguna falta; y con estas disposiciones consiguió que los niños fuesen aún más respetuosos, pues nada respetan tanto los niños ni los hombres como a los jefes.

Jenofonte, La república de los lacedemonios, 2.1-5, Madrid, 1973.

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