miércoles, 25 de enero de 2017

Inteligencia emocional.

Por Sara Suárez.
Como seres humanos, todos queremos ser felices y estar libres de la desgracia, todos hemos aprendido que la llave de la felicidad es la paz interna. Los mayores obstáculos para la paz interna son las emociones perturbadoras como el odio, apego, miedo y suspicacia, mientras que el amor y la compasión son las fuentes de la paz y la felicidad. Dalai Lama. 

Uno de los mayores retos que desde hace siglos se le presenta a la humanidad es el control de las emociones, el poder dominar aquellas emociones que nos perturban. Todos suponemos que las emociones se generan en el sistema nervioso pero, ¿dónde se generan las negativas? Es en este punto donde deberíamos empezar a hablar de la amígdala cerebral que, en especial durante los últimos meses, ha ocupado muchas horas de trabajo de aquellos que desean saber qué es lo que sucede en un cerebro corrupto.

La amígdala forma parte del llamado cerebro profundo, ese donde priman las emociones básicas tales como la rabia o el miedo, también el instinto de supervivencia, básico sin duda para la evolución de cualquier especie. Es la responsable de que podamos escapar de situaciones de peligro, y también la que nos obliga a recordar nuestros traumas infantiles, y todo aquello que nos ha hecho sufrir en algún momento. Muchos científicos están intentando determinar qué tipo de detalles bioquímicos afectan a esta estructura para aplicarlos a posibles tratamientos terapéuticos y farmacológicos con los que minimizar los traumas infantiles.

Veamos un ejemplo para entenderlo mejor:

Supongamos que vamos al cine a ver una película 3D. Estamos sentados tranquilamente en la butaca y tras unos minutos de escenas muy normalitas aparece un león por un lado de la pantalla que da un salto hacia delante, y que gracias a la tecnología 3D, parece que se sale de la pantalla.Todos hemos experimentado esa sensación de que nos da un vuelco el corazón, de que los músculos se nos contraen y estamos a punto de pegar un grito. Pero no ha transcurrido un segundo y el susto ya ha pasado, ya nos hemos calmado. Lo mismo ocurre cuando vamos caminando de noche por una calle oscura que pueda ser peligrosa, alguien se nos acerca y de repente comenzamos a huir. Es precisamente la amígdala la que nos da la señal de alerta en ambos casos y hace que se produzcan esas reacciones que todos hemos tenido alguna vez.

De estos ejemplos también podemos deducir otra de las grandes funciones de la amígdala: el aprendizaje. Gracia a estas experiencias quizás aprendamos a estar alerta y no asustarnos tanto en las escenas siguientes o, quizás, evitemos pasar por calles peligrosas en plena noche. Y todo esto está directamente ligado con la memoria: La amígdala está asociada en asentar nuestros recuerdos, son muchas las ocasiones en las que determinados hechos están asociados a una emoción muy intensa: una escena de infancia, una pérdida, un instante en que hemos sentido inquietud o miedo…

Para terminar hablaré acerca del llamado "secuestro de la amígdala". Este es un término acuñado por el psicólogo Daniel Goleman para explicar aquellas reacciones emocionales incontrolables. Goleman nos cuenta que el secreto de que nos volvamos irracionales tiene que ver con la falta momentánea e inmediata de control emocional porque la amígdala asume el mando en nuestro cerebro.


En resumen diré que me llama especialmente la atención como algo tan pequeño, comparado con el tamaño total de nuestro cuerpo, es capaz de apoderarse completamente de él. Quizá le encontremos sentido a todo esto si nos paramos a pensar que durante miles de años la vida de nuestra especie se basaba en la supervivencia, y se daban situaciones tan sumamente peligrosas en las que si te parabas a pensar morías, sólo había tiempo para actuar. Por otra parte, para salir del secuestro de la amígdala, que debido a nuestra forma de vida y a la velocidad a la que vivimos resulta mucho más común de lo que deberíamos, debemos poner un espacio entre lo que ya ha ocurrido (que ha podido con nosotros en un momento dado y puntual) y el momento actual. A todos nuestros padres nos han dicho eso de: "cuenta hasta diez cuando estés enfadado antes de hablar o de hacer algo" y, lo cierto es que si lo hiciéramos más a menudo nos ayudaría a huir del estrés excesivo y de las "reacciones en caliente".

FUENTES: 

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