viernes, 23 de diciembre de 2016

Diógenes, el cínico.

Diógenes de Sínope es una verdadera mina de anécdotas. De él se sabe que vivía en un tonel y que se paseaba con una linterna encendida, incluso de dia, afirmando en voz alta: "Yo busco al hombre." Archiconocido es su encuentro con Alejandro Magno. El rey recorría a caballo una calle de Corinto, cuando lo vio sentado en las escaleras del Craneo tomando el sol. 

-Yo soy Alejandro Magno. ¿Quién eres tú? 

-Diógenes el Perro. 

-Pídeme lo que desees. 

-Apártate, que me tapas el sol. 

Sus necesidades primarias se reducían al mínimo indispensable: un manto por toda vestimenta y por lecho, tanto en verano como en invierno, un cuenco para comer y un tazón para beber. Un día, sin embargo, al haber visto a un niño poner las lentejas directamente sobre el pan, arrojó el cuenco, y cuando vio al mismo niño beber en el hueco de la mano, arrojó también el tazón. En materia sexual practicaba la masturbación, considerándola más expeditiva. A quien le reprochaba hacerlo en la plaza pública, le respondía: !"Ah, si pudiera aplacar también el hambre con un ligero masaje en el estómago!" 

Como quería habituarse a las variaciones de temperatura, en verano se tendía sobre la arena ardiente y en invierno buscaba la nieve. Podrá parecer extraño, pero hoy nosotros hacemos lo mismo. Como todos los cínicos, sentía una sana desconfianza ante el placer. Una noche, encontrándose con un amigo que iba a un banquete, le gritó cuando ya había pasado: "Volverás peor". 

El aprecio que sentía por su prójimo no era muy alto: una vez lo vieron mientras interrogaba a una estatua. A la pregunta de por qué lo hacía respondió:"Me entreno para preguntar en vano." 

El final de sus días llego a los noventa años, cuando se suicido, según dicen, conteniendo la respiración. 

Se cuenta que había dispuesto en testamento que su cuerpo no fuese sepultado, sino que fuera arrojado a un foso y entregado a los animales. Ocurrió, en cambio, que sus amigos se pelearon para disputarse el honor de sepultarlo y que, por último, decidieron erigirle, a expensas del estado, un monumento fúnebre consistente en una columna de mármol y un perro.” 

Luciano de Crescenzo, Historia de la Filosofía Griega.



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