miércoles, 23 de noviembre de 2016

¿Kant romántico?

Hay filósofos que impregnan de tal modo el entorno cultural en el que habitan que nada de lo que acontece en su época puede ser concebido al margen de ellos (Marx puede ser el caso más paradigmático). En cambio otros, por muy importante que sea su contribución filosófica, solo repercuten en el ámbito académico, pero su influencia no se deja notar más allá de los muros de la Academia. Immanuel Kant parece ser de este último tipo. Pero está es solo una impresión superficial. A poco que indaguemos en su obra encontraremos ideas, líneas de reflexión, que se prolongan mucho más allá de la vida de su autor. No es el objetivo de este texto seguir todas estás líneas. Voy a destacar nada más una idea que tiene su origen en Kant y que implosiona de tal modo en el siglo XIX que los efectos se dejan sentir en el siglo XXI. Lo curioso de este acontecimiento es que la planta que germina poco tiene que ver con la semilla kantiana, al menos en cuanto a la intención.

Kant es, naturalmente, un filósofo ilustrado: su pensamiento es un modelo de serenidad y racionalidad que está en las antípodas de los planteamientos románticos. Sin embargo, esta es la tesis que voy a defender, hay un vínculo necesario entre uno y otros. Si esto es así, lo que me parece más interesante es que las ideas kantianas fundamentan y hacen posible un movimiento político y cultural que hubiera sido aborrecido por el filósofo de Königsberg: el romanticismo. Caracterizar este movimiento es una compleja tarea que rebasa el objetivo de estás líneas, aunque más adelante me veré obligado a decir algo más.

Empiezo destacando algunos de los inequívocos planteamientos y objetivos ilustrados que Kant defiende: la universalidad de la razón humana, los derechos del Hombre, la confianza en el progreso de la humanidad, la defensa de la libertad política y, por tanto, de los logros de la Revolución francesa, etc. Además elabora un famoso proyecto para una liga de las naciones en defensa de la paz perpetua. Así pues, no; Kant no es un filósofo romántico. Y sin embargo hay, como veremos, una clara línea de influencia entre algunos planteamientos kantianos y los románticos (Es como HAL en 2001, una vez elaborado el sistema conceptual kantiano este sigue por unos derroteros inesperados y alejados de las intenciones de su autor).

Al principio he señalado que la influencia de Kant es evidente en el ámbito académico y no tan manifiesta en lo que podríamos denominar cultura popular. Pero esto es así solamente si atendemos a la Crítica de la Razón pura o la teoría del conocimiento. Por el contrario, la filosofía moral o práctica kantiana va a tener, como vamos a destacar, una enorme influencia posterior.

Recordemos algunos puntos básicos del enfoque kantiano. El hombre es un ser libre porque de lo contrario no sería moralmente responsable y un mundo sin moralidad es, para el prusiano, inconcebible. En el mundo humano es posible y necesario diferenciar entre el bien y el mal y tal distinción solo toma sentido si presuponemos una voluntad libre en cada uno de nosotros. Se trata de una libertad en cierto modo absoluta; no es suficiente con estar liberado de coacciones externas, también es necesario liberarse condicionantes internos: psicológicos, fisiológicos, genéticos, etc. Si, por ejemplo, una persona no puede actuar de un modo distinto a como lo hace porque es vencido por una pasión, entonces no actúa de manera libre y soberana. Las normas morales son dictados de la razón, surgen de una voz interior. La ley moral exige la posibilidad de sobreponerse a todas las determinaciones y hacer lo correcto porque es lo correcto, como un acto de autoafirmación y soberanía: lo hago porque sí, porque así lo decido yo, no porque me presionen y sin esperar nada a cambio. Según Kant, solo tales actos son morales en sentido estricto.

La libertad, como dice Kant, en ¿Qué es la Ilustración? supone la ruptura con todos los tutelajes, alcanzar la mayoría de edad y la autonomía. Es la razón, o lo que los románticos denominarán el espíritu, quien marca la ruta, quien decide lo que debe ser realizado pese a quien pese y al margen de los convencionalismos sociales, las consecuencias que se deriven de los actos, la Naturaleza o, incluso, la divinidad. Esta es la cuestión clave. Durante siglos la humanidad se ha concebido dentro de un orden superior, como parte de una Totalidad. O bien sometida a los designios de la divinidad o bien parte de la Naturaleza, en todo caso, siempre dentro de una estructura u Orden dentro del cual el Hombre tiene un lugar definido. Las variantes de este marco general pueden ser muchas. Para los filósofos cristianos el mundo es una gran estructura piramidal en cuya cúspide está Dios, otros defienden que es una estructura organicista donde cada elemento está en armonía con el resto o afirman, con Descartes, que es una máquina maravillosa donde todos sus engranajes encajan perfectamente como en un reloj. La idea compartida por toda la tradición es que todo tiene su lugar establecido y el hombre no es una excepción. El problema moral acontece cuando una persona se desvía de su lugar natural, cuando actúa la margen de los designios divinos o en contraposición a la Naturaleza. La labor moral consiste en reintegrar al díscolo y volver a la armonía.

Pero en Kant acontece una dramática ruptura. Con su énfasis en la autonomía, la autodeterminación e independencia, Kant abre una nueva vía: una vuelta hacia el mundo interior semejante a la que en su día promovieron las escuelas helenísticas pero mucho más radical. Los mandatos morales no son una parte de la realidad, surgen del interior, son dictados por una razón que nada tiene que ver con el mundo, ni siquiera con el propio cuerpo. Lo que resuena en Kant es la potencia de la voz interior que se intenta preservar de la influencia de un mundo mecánico e impersonal. Recordemos el epitafio de la tumba de Kant: Dos cosas me llenan la mente con un siempre renovado y acrecentado asombro y admiración por mucho que continuamente reflexione sobre ellas: el firmamento estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”. Así pues, "el firmamento" y "la ley moral" constituyen mundos separados, para saber qué debo hacer no tengo que mirar al firmamento, sino que debo escuchar mi voz interior, seguir los dictados de la ciudadela interna. Los románticos cumplirán fielmente este imperativo kantiano que consiste en defender obstinadamente el reino interior frente a toda intromisión externa.

Isaiah Berlin sostiene que el romanticismo es el más significativo punto de inflexión en la historia del pensamiento occidental, la última gran revolución de los valores y los criterios. Antes de la revolución romántica los fines de la vida humana, individual o colectiva, ya estaban dados por Dios, la Naturaleza, la razón, la tradición, etc. La nueva consiga es no someterse a ningún Amo ajeno al propio espíritu, no rendirse jamás, defender a toda costa los propios principios por el mero hecho de ser propios, más allá de las consecuencias prácticas que de ellos pudieran desprenderse. Kant había insistido en que solo es incondicionalmente buena la buena voluntad, en que no somos responsables de las consecuencias de nuestros actos porque solo somos señores del mundo interior. Lo que debe prevalecer a toda costa, por tanto, es la integridad moral y la fidelidad a las propias convicciones. En este contexto se explica que a principios del siglo XIX surja una profunda admiración por los mártires y las causas perdidas que hubiera sido incomprensible unas décadas antes. Solo hay un acto imperdonable para el héroe romántico: traicionar aquello en lo que uno cree. La felicidad, el éxito, la sabiduría, el bienestar o la verdad objetiva son instancias ajenas al espíritu que no deben perturbarlo. El romántico crea sus propios valores y con ello se crea a sí mismo. Se produce a principios del siglo XIX una radical transmutación de los valores: pureza frente a eficacia, libertad frente a felicidad, motivo frente a consecuencia, guerra frente a paz, integridad frente a tolerancia, compromiso frente a prudencia, etc.

Antes de la revolución romántica todas las preguntas, incluso las cuestiones de valor, eran en el fondo cuestiones de hecho; también las morales o políticas. ¿Qué meta debemos perseguir? ¿cómo hemos de vivir? ¿cómo organizar la sociedad? Las respuestas se buscaban de forma muy diferente: por la vía mística, mediante especulación metafísica, atendiendo a los libros sagrados o a los dictados de la asamblea pública. Lo que tenían en común todos los planteamientos tradicionales era la convicción de que los problemas éticos y políticos tenían una solución, era posible alcanzar una verdad y proclamarla a los cuatro vientos con la esperanza de que todo aquel que considerara la cuestión debidamente no tuviera más remedio que asentir ante la solución propuesta. “La virtud es conocimiento” decía Sócrates y la tradición del pensamiento occidental fue fiel a este legado. Incluso los relativistas admitían la existencia de respuestas objetivas, si bien circunscritas a un pueblo o época. Por el contrario, los románticos alemanes (Fitche, Schelling, Jacobi, etc) sostuvieron que en el fondo no había respuesta alguna a los interrogantes morales o políticos y que los valores entraban en contradicción unos con otros, de tal modo que si somos fieles a los valores románticos (integridad, rectitud, lealtad a los propios principios, arrojo para defenderlos, determinación, pureza de espíritu, etc) colisionaremos necesariamente con personas o instituciones vinculadas a la moral tradicional. Los conflictos morales no son una novedad en la historia intelectual de occidente. Lo novedoso aquí es que se niega toda posibilidad de conciliación, todo acuerdo es denunciado como debilidad y claudicación. Entre el hombre de principios y el pragmático no hay tregua posible porque no hay un territorio compartido donde erigir una verdad común. Con la revolución romántica se destruye la noción de verdad en el ámbito de la ética y la política y se toma el modelo del arte: los valores no se descubren, sino que se crean, no son ni verdaderos ni falsos: son míos y basta. Otro tanto ocurre en el ámbito político: los fines de la vida social son creados por hombres geniales (como Napoleón) que no proceden mediante razonamientos sino por intuición, por destellos de revelación.

Kant, como hemos dicho, habría desaprobado esta concepción de la vida humana, hubiera renegado de la ética y la política romántica. Él era un ilustrado que creía en el poder de la razón, defendía los derechos universales, odiaba la desigualdad y recelaba de los nacionalismos, el paternalismo y los excesos sentimentales. Sin embargo, esta es la tesis de estas líneas, el romanticismo alemán no se entiende al margen del imperativo categórico y la razón práctica, tal y como es expuesta por Kant. Sólo es preciso dar dos pasos teóricos para ir de la propuesta kantiana a los postulados románticos y nacionalistas:
  • Primero: desplazar a la razón como fundamento de los valores. Los valores no son verdad porque sean universales sino porque son míos.
  • Segundo: ampliar la noción de sujeto. Ya no es solo es sujeto individual, también la comunidad o el pueblo el legislador del reino interior. Así cada pueblo o nación tendrá sus propios valores e ideales que, por el mero hecho de ser idiosincrásicos, son absolutos e inconmensurables.
La moral subjetiva que promueve el romanticismo penetra en la conciencia europea de un modo inexorable: ¿o no pensamos que los juicios de valor son distintos a los de hecho? ¿que los valores colisionan unos con otros? ¿que el político íntegro es más admirable que el eficiente? Sin embargo, dos mil años de tradición no pueden borrarse de un plumazo y la vieja moral aguanta el tipo y no sucumbe del todo. Vivimos tiempos de confusión, entre otras cosas, porque los valores tradicionales conviven con valores románticos y ambos son incompatibles. Buena parte de los conflictos y dilemas morales del mundo contemporáneo pueden interpretarse a la luz de este choque de tradiciones.

Por Óscar Sánchez Vega
Fuente: www.feacios.com

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