viernes, 25 de noviembre de 2016

El problema del relativismo moral.

1. Los valores de la modernidad

Durante la Revolución Francesa se proclamaron unos ideales o valores universales. La igualdad, la libertad y la fraternidad ya no eran derechos restringidos a un sector poblacional o a una parte de la humanidad, sino derechos universales. 

Esta proclamación fue uno de los frutos del prometedor movimiento, encabezado por los filósofos modernos e ilustrados, que se conoce con el nombre de modernidad. La modernidad daba fundamento a los ideales revolucionarios de igualdad, libertad y fraternidad; afirmaba la primacía del individuo, de la democracia, del progreso; enaltecía la razón humana como capaz de resolver todos los problemas y todos los obstáculos. Los hombres modernos consideraban que sus ideales eran universalmente realizables. 

Pero el proyecto de la modernidad, diseñado fundamentalmente en los siglos XVII y XVIII, emprendió un equívoco camino a lo largo del siglo XIX y parte del XX. EL hombre moderno, transformado en colonizador, legitimó su expansión en cualquier parte del planeta argumentando que sus valores, valores universales, se habían de imponer como tales, que la civilización occidental, la "civilización", tenía que dominar y devenir realmente universal. Los valores, las instituciones y la cultura de Occidente se exportaron por todas partes; esta era, precisamente, una tarea a la cual el hombre blanco no podía renunciar: era su misión histórica. 

El mismo Rudyard Kipling, autor del popular Libro de la selva, transmite esta concepción del típico colonial cuando defiende que el bien de la colonia radica en la aceptación de la avanzada cultura occidental. El libro enseña que en la India sólo hay dos universos aceptables: la civilización de los colonizadores y el virginal orden selvático; la milenaria civilización nativa está básicamente ignorada o menospreciada. Kipling se lamenta de la ingratitud de los indígenas que rechazan o se rebelan contra la civilización superior.

Simultáneamente, otros hombres modernos denunciaban estos afanes de sus coetáneos. Sospechaban que detrás de los grandes ideales había intereses económicos y tendencias depredadoras. Karl Marx, hombre moderno, fue uno de los críticos de esta situación. Friedrich Nietzsche, mucho más radicalmente, sospechaba del camino que había seguido toda la cultura occidental.

2. Siglo XX: la supremacía de occidente.

2.1 Reconfiguración del planeta

Tras la Primera Guerra Mundial, Europa y EE.UU. gobernaban, en forma de territorios coloniales o con control indirecto, casi la mitad del planeta: la civilización occidental se imponía. Terminada la Segunda Guerra Mundial, el mapa se transformó notablemente. En las primeras décadas se implantó la política de bloques, el bloque occidental encabezado por EE.UU. y el bloque comunista encabezado por la URSS. En las décadas posteriores, las de la guerra fría, el planeta incorporó un tercer bloque, el de los estados no alineados. Esta panorámica se descompuso en los lustros finales del siglo XX.
El derribo, en 1989, del muro que dividía en sectores la ciudad de Berlín fue el símbolo más representativo de la reconfiguración del planeta: el derribo daba testimonio del debilitamiento y naufragio del bloque comunista. Estos cambios han comportado un incremento del poder de la potencia que encabezaba el bloque occidental, cosa que ha llevado a hablar, por parte de algunos, de establecimiento de la civilización universal. 

Pero, para otros muchos, este dominio de la civilización es sólo aparente y, en todo caso, este dominio no se da en los aspectos más profundamente vitales. La Obra que en 1997 publicó Samuel Huntington, El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, es una de las argumentaciones más decisivas en favor de la tesis del nacimiento y consolidación de un mundo pluricivilizacional. 

2.2 Civilizaciones no occidentales

En pleno siglo XX, los pueblos no occidentales anhelaban el bienestar, la tecnología y la cohesión política de las sociedades occidentales; diseñaban su crecimiento imitando los valores y las instituciones. En las dos décadas finales del siglo XX se ha invertido la situación: los pueblos no occidentales retornan a sus orígenes, ya no pueden esperar que Occidente los otorgue poder y riqueza. Se rechaza una cultura occidental que, en teoría, tiene como punto de referencia una ética universal e incondicional, mientras que, en la práctica, se comporta siguiendo una ética ajustada a los propios intereses. Es un rechazo de la occidentoxicación y una declaración de independencia cultural respeto de Occidente que van asociados a un resurgimiento religioso: en las propias y antiguas religiones muchos pueblos han encontrado su más profunda identidad.

No sólo el resurgimiento islámico es un testimonio de la emergencia de una necesidad de vuelta a las raíces, sino también la afirmación asiática. Tanto en China, sede de la milenaria civilización confuciana, como en Japón o en mismo mundo hindú se dan procesos de indigenización, es decir, de retorno a las más propias raíces culturales.

Para los musulmanes de todos los países, el Islam no es sólo una religión, es un modo de vivir, una concepción de la vida que da sentido, estabilidad y esperanzas, que une con pluralidad de lazos a los miembros de la comunidad. En los valores del Islam se ve el camino para la solución de los propios problemas, no en las importaciones occidentales. Recordemos que en unos siglos en los cuales las sociedades occidentales desconocían el valor de la tolerancia, el Islam daba un elevado testimonio de ella. 

El resurgir islámico actual se presenta como un rechazo de la corrupción y falta de valores de Occidente, aspira a una religión pura, auténtica y exigente, predica el trabajo, el orden y el dominio de un mismo. Es una reforma, un despertar que quiere ser global, una "reislamización" de toda la sociedad. El problema es que la tolerancia de la que había hecho gala el Islam en el pasado ha quedado aparcada y el proceso de islamización quiere imponerse “por la buenas o por las malas”. Los islamistas no aceptan los principios democráticos, piensan que son instituciones occidentales y como tal corruptos y perfectamente prescindibles. El que está poseído por la verdad no repara en formalismos democráticos. Además han encontrado un culpable de todos los males de la sociedad: occidente y sus valores. Han aparecido grupos terroristas que bajo el manto y la protección de algunas autoridades religiosas han comenzado una yihad (guerra santa) contra todo lo que tenga algo que ver con occidente o simplemente contra cualquiera que no comparta su rigurosa interpretación del Corán. Es cierto que la mayoría del Islam no comparte sus métodos y objetivos, pero también lo es que tienen un cierto apoyo social entre los sectores de población más desfavorecidos del mundo musulmán, tanto en sus países de origen como entre la población emigrante establecida en países occidentales, que ven en ellos los paladines de la lucha contra un orgulloso occidente que es el principal causante de su pobreza. 

Las civilizaciones asiáticas, con más poder y capacidad económica que el mundo islámico, han experimentado un ritmo creciente de modernización asociado a un ritmo decreciente de occidentalización. El crecimiento y éxito económico asiático ha estimulado la confianza y seguridad en la cultura autóctona, una cultura que tiene como valores el orden, la disciplina, el trabajo, el predominio de la colectividad, la moderación, la frugalidad, el ahorro. Para los asiáticos, su prosperidad económica es prueba de su superioridad moral y, consecuentemente, sus valores bien pueden ser considerados valores universales, y no los valores decadentes de Occidente como por ejemplo el individualismo, el consumo desmesurado o la falta de autoridad.

El Islam y China encarnan grandes tradiciones culturales y, a sus propios ojos, son infinitamente superiores a la de Occidente. En nombre de estas tradiciones no sólo menosprecian las instituciones democráticas sino que tildan de occidentales los mismos derechos humanos. En sus tradiciones la igualdad o la libertad no son un valor.

3. Actitud posmoderna.

El reconocimiento de que nuestro planeta es un mundo multicultural, los estudios de diferentes antropólogos sobre los valores propios de otros culturas, los abusos de los occidentales en el dominio de otros pueblos, el hundimiento del optimismo respeto al progreso humano, etc. han llevado a cuestionarse los ideales de la modernidad, especialmente, la confianza en las posibilidades de la razón como herramienta capaz de resolver los conflictos entre los humanos y de establecer aquello que es éticamente válido para todos. Así, en las últimas décadas del siglo XX, ha surgido una nueva sensibilidad o una nueva actitud, la posmoderna, que tiene como característica clave asumir el debilitamiento de la razón frente a los grandes cuestiones: la razón no puede fundamentar unos valores universales.

El francés Jean-François Lyotard es uno de los primeros en argumentar que los ideales de la modernidad, en un mundo más y más plural, no pueden llegar a ser universales; una valoración ética de ninguna manera se puede imponer por encima de otra. El italiano Gianni Vattimo resume la actitud posmoderna defendiendo, en dirección opuesta a la de los pensadores modernos, que el ideal occidental de humanidad se ha mostrado como uno ideal más entre otros, no necesariamente peores, y que se no puede pretender establecer la verdadera esencia del hombre. Desde una cultura determinada, por ejemplo la Occidental, no hay manera racional de fundamentar unos valores o unos ideales por encima de otros. 

Los pensadores posmodernos, en contra de los modernos, no dan ninguna posibilidad a los intentos de establecer unas mínimas exigencias éticas universales. 

Esta sensibilidad posmoderna recoge la posición de muchos antropólogos según la cual las maneras de vivir y los ideales o valores más diversos de la humanidad tienen igual validez. Un relativismo cultural que tiende en remarcar las innegables diferencias debilitando la fuerza de lo mucho que hay en común.

4. Exigencias éticas mínimas compartidas.

4.1 Necesidad de una ética mínima

En diferentes momentos históricos se ha argumentado en favor y en contra de la necesidad y de la posibilidad de exigencias éticas válidas para todo el mundo. Hoy, la reflexión sobre la necesidad de una ética mínima compartida o universal es consecuencia de la doble tendencia dominante en nuestro mundo pluricultural, la centrípeta hacia la afirmación de aquello que es más propio y la centrífuga hacia el aumento de relaciones multiculturales, es decir, la tendencia a la indigenización o al retorno a aquello que se considera cultura autóctona y la tendencia a la globalización de las comunicaciones.

La búsqueda de aquello que es común a las diferentes sociedades va a hacer más amigables las inevitables relaciones y los intercambios. Sin un consenso ético, sin un mínimo de valores y actitudes básicas compartidas, será difícil que funcione el orden económico y jurídico que todos los Estados pretenden establecer.

Pero, ¿es posible una ética mínima? En todas las culturas y en todas las civilizaciones se dan normas éticas y valores asumidos por los sus correspondientes miembros. Ciertamente, los contenidos de estas pautas varían, pero si nos fijamos ya no en la norma moral concreta sino en el principio ético que la inspira, entonces disminuyen las diferencias. Todas las sociedades tienen unas necesidades básicas compartidas y un sistema de valores que satisface estas necesidades.

Desde una perspectiva filosófica podemos argumentar que la razón humana es una capacidad que los humanos tenemos en común y que hace posible, utilizando argumentos, ir más allá del punto de vista particular. Esta razón compartida nos permite hablar de una humanidad compartida: entre los humanos no pueden haber diferencias tan grandes que hagan imposible unas exigencias mínimas compartidas.

4.2 ¿Qué exigencias mínimas?

Los partidarios de una mínima ética universal son contrarios al relativismo de los posmodernos y, a la vez, intentan evitar los errores de los modernos ilustrados. Podemos defender la posibilidad, e incluso la necesidad, de un Ética universal y con ello poner coto al relativismo moral, al menos de dos maneras diferentes:

a) atendiendo a la FORMA. Es posible que distintas culturas tengan normas muy diferentes pero plantean los asuntos morales de manera similar. Los partidarios de un ética formal sostienen que no es posible determinar de forma universal QUÉ debemos hacer, pues cada cultura se enfrenta a situaciones diferentes y has encontrado sus propias soluciones, pero es posible determinar CÓMO debemos comportarnos si queremos actuar moralmente, y esto en cualquier lugar y en cualquier época. Kant, uno de los más eminentes filósofos de la modernidad y, como tal, convencido de las capacidades de la razón humana, formuló de este modo lo más supremo imperativo ético: "Actúa sólo según aquella máxima por la que puedas al mismo tiempo querer que se convierta en ley universal". Una valiosa propuesta para ir más allá del propio punto de vista y acercarse a una visión más universal. Es un imperativo ético formulado en Occidente pero también vivo en las raíces de otras civilizaciones; el chino Confucio, en el siglo VI antes de Cristo, ya decía: "lo que no desees para ti, no lo hagas a los otros hombres". Esta pauta común es conocida como la regla de oro de la ética. ¿No podría constituir esta regla de oro, este principio de universalidad que no exige sino intentar ponerse en el puesto del otro, la primera exigencia ética mínima? 

Unida a la regla de oro, una segunda exigencia, también formulada por Kant: considerar al otro, a todo ser humano, un sujeto con dignidad y derechos. Un ser que tiene un valor en sí mismo; que es fin, no un medio o un instrumento en utilizar. Cuando utilizamos a otra persona como un medio, como un instrumento para satisfacer nuestros intereses egoístas, sin tomarlo en consideración como persona, entonces estamos actuando injustamente: aquí o en la China, hoy o hace mil años.

b) Atendiendo al CONTENIDO. Algunos filósofos plantean que una ética formal no es suficiente pues, por ejemplo, bajo el manto de la regla de oro el fanático puede imponer una vida fuertemente reglamentada al resto de la población. Si yo soy un fanático religioso me gustaría que en mi país todos profesaran mi religión y que además fuera de obligado cumplimiento la asistencia a los servicios religiosos, la celebración de las fiestas etc. Y todo ello bajo la cobertura de la regla de oro pues sólo deseo para los demás lo que quiero para mí. Por ello algunos filósofos (Hartmann, Scheller...) proponen reconocer que hay ciertos valores que deben ser apreciados por si mismos, como efectivamente lo son en las culturas que han llegado a un grado importante de desarrollo, aquellas que se han convertido en civilizaciones: la vida, la libertad y la igualdad, la justicia y la paz (por lo menos). Sostienen que estos valores son ampliamente compartidos porque existen con independencia de nuestra razón, pero que, sin embargo, son accesibles a la misma: de igual manera que todas las culturas conocen los números (aunque utilicen distintas grafías para expresarlos), así también los hombres conocen los valores morales. Otros filósofos piensan que los valores morales no son más que un producto de nuestra razón, pero como en todo caso la razón humana es la misma los resultados a los que llega son muy similares. En cualquier caso todos reconocen que valores como los anteriormente mencionados o son universales o, al menos, deberían serlo: sería deseable que nos comportáramos siempre conforme a ellos. Desde el punto de vista social y político el reconocimiento de la universalidad de ciertos valores nos sirve como “piedra de toque”, como “vara de medir”: aquellas normas, que por lo demás pueden ser muy diversas, que favorecen los mencionados valores son buenas o al menos respetables, y otras contrarias a estos valores (como la norma que exige la circuncisión del clítoris de las niñas centroafricanas) deben ser denunciadas y perseguidas por todos los países civilizados. Si un grupo hindú insiste en separar a las personas por castas y negarles derechos a los de las castas inferiores tal actitud es injusta pues atenta contra la igualdad de las personas. Lo mismo cabe decir de los musulmanes que limitan los derechos de sus mujeres o la obligan a utilizar velo o las impiden participar en la vida pública. De la misma manera cuando occidente impone su supremacía militar para defender sus intereses económicos también actúa injustamente y así sucesivamente. 

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