miércoles, 30 de noviembre de 2016

Autonomía y heteronomía moral.

De entre las normas a las que ceñimos nuestra conducta, hay un conjunto que constituyen nuestro código de conducta moral, Cuando me pregunto si he decir a mis padres una verdad que se que les va a entristecer, intento decidir cual es la norma moral que he de seguir en una situación concreta; cuando dudo si he de devolver un libro que me lleve descuidadamente de la biblioteca, libro que me interesa, que nadie sabe que esta en mis manos y que yo no puedo comprarme porque es muy caro, siento la tentación de saltarme la norma. Pero, ¿qué entendemos por normas morales? ¿Cuáles son? ¿Dónde están los códigos morales? ¿Quiénes son las autoridades morales? En principio, ni están escritos como un código de derecho penal, ni existen autoridades cuya función consista en hacernos cumplir las normas morales. Además, muchas normas morales son también normas jurídicas, o de cortesía social, o preceptos religiosos, o...

Cuando cumplo con la palabra dada porque estoy convencido de que debo hacerlo así, sigo una norma moral; cuando digo la verdad a mis padres, aunque no lo desee y pudiera haberlo evitado, sigo una norma moral. Las normas morales guían nuestras acciones conscientes y libres; nos sentimos obligados a realizar o no estas acciones porque tenemos el convencimiento de que existen buenas razones para ello.

¿De donde proviene este «convencimiento»? Según las razones en que se fundamente el convencimiento de cada uno, hablaremos de heteronomía moral o de autonomía moral. La palabra heteronomía (del griego héteros, otro, y nómos, ley o norma) significa que la norma le es impuesta al sujeto por alguien distinto de si mismo. Uno puede sentirse impulsado a decir la verdad por temor al castigo; o ayudar al amigo para no perderlo, le conviene conservarlo; o devolver el disco que le han prestado, porque los padres o los tutores le han enseñado que debe respetar la propiedad ajena. En estos casos y, en general, cuando las razones que nos mueven a actuar de una manera moralmente correcta son el castigo o la conveniencia, el temor a lo que dirán los demás, o simplemente cumplimos las normas por obediencia a los padres o a una autoridad, podemos hablar de heteronomía moral.

No obstante, cuando uno dice la verdad, o ayuda al amigo, o devuelve lo prestado, o rechaza el trato desconsiderado hacia otra persona, o, en general, lleva a cabo una acción moralmente correcta porque tiene el íntimo convencimiento de que es lo que debe hacer, entonces hablamos de autonomía moral. El que actúa por convencimiento, cumple las normas morales y las asume racionalmente, siente la obligación de respetar los derechos de los demás, considera como propios los valores que sustentan las normas morales y, finalmente, piensa que todos deberían actuar según estas normas y valores. La palabra autonomía (del griego autos, sí mismo, y nomos, ley o norma) significa que la norma brota de la razón misma en lo que posee de universalizable. Cuando actuamos con autonomía moral, no importan ni los posibles castigos, ni los intereses personales, ni la norma en si misma; lo que cuenta es el propio convencimiento de la racionalidad de la norma, y la voluntad de respetar los derechos y la dignidad de las personas, la justicia y la libertad.

Al hablar de normas morales uno tiene a veces la tentación de pensar que estas dependen solo de la opinión personal, ya que es un sujeto libre y cada uno sigue la norma que le parece en cada momento. O bien, al contrario, uno supone que la sociedad simplemente nos impone las normas morales y las personas solo tienen dos opciones: o acatarlas -y entonces actúan moralmente bien a costa de su libertad- o rechazarlas -y así actúan moralmente mal y la sociedad las margina-. Pero el problema es algo mas complicado. En primer lugar, la obediencia a unas normas no significa necesariamente menoscabo de la libertad si aquellas son asumidas reflexivamente. En segundo lugar, el vivir humano es siempre social y no podemos elegir, decidir y guiarnos en nuestra conducta sin atender a los otros. En tercer lugar, las sociedades no son monolíticas sino que dan pluralidad de opciones. Finalmente, hay una opción radical que cada uno ha de tomar: o vivir irreflexivamente, o plantearse que sentido y finalidad tiene el propio vivir y, en función de ello, cuales son los medios para alcanzarlos.

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