sábado, 1 de octubre de 2016

Las dos mesas.

Me he puesto a escribir estas conferencias y he acercado mis sillas a mis dos mesas. ¡Dos mesas! Sí; hay duplicados de todos los objetos a mi alrededor: dos mesas, dos sillas, dos plumas. (…)

Con una de las dos mesas estoy familiarizado desde mis primeros años. Es un objeto corriente del ámbito que llamo “el mundo”. ¿Cómo la describiría? Tiene extensión, es relativamente permanente; tiene color. Sobre todo es sustancial. Por sustancial no quiero decir simplemente que no se hunde cuando me apoyo en ella; quiero decir que está constituida de “sustancia”, y con esa palabra quiero evocar una concepción de su naturaleza intrínseca. Es una cosa: no como el espacio, que es mera negación; ni como el tiempo que es… ¡sabe Dios qué! Pero esto no aclarará lo que quiero decir, porque es la característica distintiva de una “cosa” tener esta sustancialidad, y no creo que la sustancialidad pueda describirse mejor que diciendo que es la clase de naturaleza ejemplificada por una mesa corriente. (…)

La mesa nº 2 es mi mesa científica. Es una conocida más reciente y no me siento tan familiar con ella. No pertenece al mundo que mencioné antes, ese mundo que aparece espontáneamente a mi alrededor cuando abro los ojos -aunque no voy a considerar aquí cuanto de él es objetivo y cuanto es subjetivo-. Es parte de un mundo que se ha impuesto a mi atención en modos más tortuosos.

Mi mesa científica es casi toda vacío. Dispersas en ese vacío hay aquí y allá numerosas cargas eléctricas apresurándose a gran velocidad, pero todo su volumen es, en conjunto, menos de una billonésima del volumen de la mesa. A pesar de su extraña construcción, resulta ser una mesa enteramente eficiente. Sostiene mi papel tan satisfactoriamente como mi mesa nº 1; porque cuando dejo el papel sobre ella, las pequeñas partículas le golpean desde abajo, así que el papel se mantiene a un nivel casi estable, como la pelota en el juego del volante. Si me apoyo sobre mi mesa no la atravesaré; o, para ser estrictamente preciso, la probabilidad de que mi codo científico pase a través de mis mesa científica es tan sobremanera pequeña que puede despreciarse a efectos prácticos.

Repasando sus propiedades una a una, parece que para propósitos ordinarios no hay ninguna razón para elegir una u otra de las dos mesas; pero si sobrevienen circunstancias anormales, mi mesa científica demuestra sus ventajas. Si la casa se incendia, mi mesa científica se disolverá de manera muy natural en humo científico, mientras que mi mesa familiar atravesará una metamorfosis en su naturaleza sustancial que sólo puedo contemplar como milagrosa.

No hay nada sustancial en mi segunda mesa. Es casi todo espacio vacío, espacio atravesado, es cierto, por campos de fuerza, pero éstos se asignan a la categoría de “influencias”, no de “cosas”. Incluso a la minúscula parte que no está vacía no la debemos transferir la vieja noción de sustancia. Al diseccionar la materia en cargas eléctricas, hemos viajado lejos de la imagen que dio origen al concepto de sustancia, y el significado de tal concepto, si alguna vez tuvo alguno, se ha perdido por el camino. Toda la tendencia de la visión científica moderna es romper las categorías separadas de “cosas”, “influencias”, “formas”, etc, y sustituirlas por un trasfondo común a toda experiencia. Ya estudiemos un objeto material, un campo magnético, una figura geométrica o un periodo de tiempo, nuestra información científica se resume en medidas, y ni el aparato científico ni el modo de usarlo sugiere que haya nada esencialmente diferente en estos problemas. Las medidas en sí no proporcionan una base para esa clasificación por categorías.

Sentimos la necesidad de conceder un trasfondo a las medidas –un mundo externo- pero los atributos de ese mundo, excepto en lo que es reflejado en las medidas, están más allá del escrutinio científico. Finalmente, la ciencia se ha revelado contra la práctica de adjuntar, al conocimiento exacto contenido en esas medidas, una galería de imágenes y conceptos tradicionales que no contienen auténtica información sobre ese trasfondo, y que introducen irrelevancias en el esquema del conocimiento. (…)

No hace falta que les diga que la física moderna, mediante experimentos delicados y lógica implacable, me asegura que mi segunda mesa, la científica, es la única que realmente “está ahí”. Por otra parte, no tengo que decirles que la física moderna nunca tendrá éxito en exorcizar la primera mesa, ese extraño compuesto de naturaleza externa, imaginería mental, y prejuicio heredado, que es visible a mis ojos y tangible a mi mano. (…)

A.S. EddingtonIntroducción a las Conferencias de Gifford, 1927.

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