lunes, 30 de octubre de 2017

La crisis de la filosofía dualista cartesiana.

El dualismo sustancial cartesiano, la idea de que somos la unión de dos sustancias, una material y otra espiritual, que había sido la teoría dominante durante el siglo XVII en Europa, fue puesto en cuestión, durante los siglos XVIII y XIX, por una serie de desarrollos filosóficos y científicos posteriores:

  • El empirismo y el positivismo eliminaron el problema de la relación entre la mente y el cuerpo del único modo que era posible: eliminando la noción cartesiana de sustancia. Abrieron con ello el camino al estudio de los fenómenos mentales utilizando la metodología aplicada a los fenómenos físicos. 
  • El evolucionismo de Darwin puso en cuestión la radical separación entre el hombre y el animal y abrió la posibilidad de que no solo los seres humanos sino también los animales tuvieran mente. 
  • El psicoanálisis de Freud puso en cuestión la identidad de la mente con la conciencia al afirmar la existencia de pensamientos y sentimientos inconscientes que actúan sobre la conducta.

El empirismo y el positivismo. 

Los filósofos empiristas ingleses de los siglos XVII y XVIII rechazaron el dualismo cartesiano y consideraron que la mente no es una substancia espiritual que se une al cuerpo, sino una función más del cuerpo. Consideraban que la mente es como una pizarra en blanco en el momento de nuestro nacimiento y mediante la experiencia (1) vamos adquiriendo conocimientos; a partir de estos conocimientos la mente construye las ideas. Según los empiristas Descartes se equivocaba en dos puntos fundamentales: en primer lugar no existen ideas innatas en la mente, todas las ideas se forman a partir de la información que nos suministran los sentidos (2). En segundo lugar la mente no es una substancia individual independiente del cuerpo sino que se puede explicar como una función más de nuestra corporalidad; la idea es la de que lo que nosotros pensamos que es el “yo” no es más que un torrente de ideas y estas ideas provienen y se forman según ciertas leyes a partir de los datos sensoriales. 

Las ideas simples (un determinado matiz de un color, de un olor, etc.) son combinadas por la mente para formar ideas complejas (las ideas de las cosas) por medio de determinadas leyes de asociación (por semejanza, por contigüidad en el espacio y el tiempo y por relación de causa-efecto), que pueden descubrirse mediante la observación y la experimentación como las leyes físicas. De tal modo que siempre es posible cuando analizamos una idea compleja remontarse a las ideas simples que la han dado origen, aun cuando la idea compleja no refiera ningún ser realmente existente: Por ejemplo: ¿Cómo es posible que tengamos ideas tales como “centauro” o “sirena” si tales seres no existen? Porque la imaginación ha compuesto estas ideas partir de otras como: mujer, hombre, caballo y pez. Pero ¿Qué ocurre con ideas como “alma” o “Dios”? La respuesta de un empirista británico, David Hume, es tajante: tales ideas no se forman a partir de otras ideas simples, no proceden de la experiencia, son ideas confusas que nada significan y que debieran ser abandonadas. 

El empirismo inglés constituyó uno de los pilares fundamentales de la filosofía positivista que llegó a dominar el pensamiento europeo durante el siglo XIX. Para el positivismo, el único conocimiento admisible es el que procede de realidades observables y consideran toda apelación a realidades no observables, como el alma o dios, algo completamente inadmisible. El movimiento positivista trata de extender el método de investigación de las ciencias naturales al estudio de la mente humana y la sociedad, partiendo de los hechos comprobables por la experiencia para formular las leyes que los rigen; el resultado va a ser que desaparecerá de la explicación del ser humano la idea de “alma” como una realidad especial independiente del cuerpo y progresivamente se abre paso la idea de que sólo somos un mecanismo orgánico con diferentes funciones (3).

La teoría de la evolución. 

En 1859, Charles Darwin (1809-1882) publicó su obra "El origen de las especies por medio de la selección natural" donde explicaba su teoría de la evolución según la cual todas las especies (incluida la especie humana) que pueblan la tierra descienden de otras especies animales que existieron hace millones de años. Si Darwin tiene razón, y hoy todos los datos de los que disponemos refuerzan la tesis darwinista, el ser humano proviene de otras especies de homínidos, bastante más primitivas que las personas racionales que hoy nos vanagloriamos ser. La diferencia entre los animales y el ser humano, por tanto, se estrecha considerablemente y la suposición de que el se humano está compuesto de una sustancia espiritual, el alma, ajena por completo al mundo animal, queda en entredicho. La progresiva aceptación de la teoría darwinista va acompañada por una crítica, cada vez mayor, a la tesis dualista cartesiana, pues si el ser humano no es creado directamente por Dios a su imagen y semejanza sino que proviene de otras especies de animales... ¿De dónde proviene el alma? ¿Cuándo surge?

Darwin no sólo postula la tesis evolucionista sino que da una explicación satisfactoria al modo en que acontece la evolución: dentro de una misma especie surgen de forma natural variaciones (4) que pueden ser para el individuo que las posee beneficiosas o perjudiciales para la adaptación a su ambiente específico. Cuando una variación da una ventaja adaptativa el individuo mejora sus posibilidades de supervivencia y reproducción, transmitiendo a sus descendientes sus rasgos, incluida la variación. A través de las sucesivas generaciones la variación original se irá haciendo cada vez más adaptativa al medio llegando de este modo a aparecer una especie nueva que se diferencia significativamente de la que le dio origen. 

En 1871, Darwin publicó su obra "El origen del hombre" donde afirmaba la continuidad evolutiva entre algunas especies de primates y el hombre, continuidad presente también en el psiquismo. De este modo, el hombre y el animal tendrían básicamente las mismas capacidades psíquicas, si bien en grado muy diferente. Posteriormente, Herbert Spencer (1820-1903) fundamentó la psicología en la biología evolucionista afirmando que lo psíquico surge en el curso de la evolución fisiológica del sistema nervioso y el cerebro. Con esta idea elimina toda referencia al alma y hace que todas nuestras capacidades mentales se reduzcan a funciones físicas de nuestro cerebro. Finalmente estas teorías quedaron corroboradas cuando, a lo largo del siglo XX, fueron encontrados en África restos de homínidos (antepasados de los humanos actuales) con una capacidad craneal en progresivo aumento y directamente relacionados con diferentes etapas de la cultura. Es decir, donde se encontraron restos muy antiguos los cráneos eran pequeños y no aparecían muestras de cultura material (herramientas, armas, utensilios...) en cambio, en los fósiles más recientes los cráneos, la capacidad craneal y con ello el cerebro, eran mayores y aparecían restos de una vida más humana (cenizas, utensilios, pinturas...). Lo cual parecía dejar claro que hay una correlación entre el desarrollo del cerebro y la razón.

El psicoanálisis freudiano. 

Recordemos que según Descartes el alma humana (res cogitans) era fundamentalmente razón. Tenemos alma porque somos racionales, porque tenemos consciencia y usamos un lenguaje. La mente era así para los cartesianos una razón consciente y matemática. Los animales se rigen por instintos y las personas por la razón, he ahí la gran diferencia entre unos y otros. Freud, igual que antes Darwin, va a cuestionar que la brecha entre humanos y animales sea tan grande como Descartes había supuesto.

Para Sigmund Freud (1856-1939), la conducta del hombre no es el resultado de la mente libre, sino que está regida por instintos. Estos instintos pueden ser de dos clases: los instintos de conservación del yo (hambre, sed) y los instintos sexuales. Mientras la primera clase de instintos no pueden ser reprimidos sin poner en peligro la vida del individuo, los instintos sexuales pueden ser reprimidos. Más tarde, Freud añadiría el instinto de muerte, en el que se fundamentaría la conducta agresiva (5). La mayoría de estos instintos son inconscientes y dominan nuestra conducta sin que nosotros percibamos que son ellos los responsables.

Según Freud, los procesos psíquicos que inciden en la mente humana y la conducta y se sitúan en niveles diferentes: el nivel consciente o conciencia y el nivel inconsciente.

El nivel consciente o conciencia es todo aquello que ocurre en nuestra mente de lo que nos damos perfecta cuenta; por ejemplo, lo consciente es aquello que percibimos de lo que somos plenamente conscientes, nuestros pensamientos, sentimientos, ideas... etc que reconocemos como nuestros y nos damos cuenta en el momento que los tenemos. La conciencia, que es el nivel consciente del que habla Freud es, al fin y al cabo todo lo que ocurre dentro de nuestra mente que aceptamos y que somos capaces de comunicar a los demás verbalmente. 

El nivel inconsciente o subconsciente coincide con los contenidos mentales que quedan fuera de la conciencia, es decir, aquellos pensamientos, ideas, sentimientos, percepciones etc, de los que no nos damos cuenta que los tenemos, pero que los tenemos. Estos contenidos inconscientes suelen ser impulsos deseos y sentimientos que nos resultan tan inaceptables y repugnantes que, a pesar de tenerlos, preferimos ocultarlos y no hacerlos presentes en la conciencia... permanecen reprimidos en el inconsciente. El psicoanálisis va a hacer del inconsciente el núcleo central de la mente humana. Para Freud y sus seguidores es el inconsciente el motor real de nuestra conducta. El que en toda decisión no toma en cuenta el querer inconsciente, comete un error puesto que excluye de sus cálculos el elemento principal de nuestras tensiones internas; se equivoca groseramente, como se equivocaría el que evaluara el volumen de un iceberg considerando sólo la parte que emerge del agua. Su verdadero volumen queda bajo ella.

Según Freud todos nuestros actos tienen su origen en lo más profundo de nuestro inconsciente. Lo que ocurre es que los verdaderos motivos de estos actos no se presentan en la conciencia de la misma forma que lo hacen en el inconsciente; los instintos presentes en nuestro inconsciente pasan a la conciencia convertidos en emociones y sensaciones de menor intensidad. Así, por ejemplo, Un impulso sexual se vive como una emoción amorosa o un impulso agresivo se traduce y se vive como una emoción colérica. La teoría psicoanalítica considera que los procesos psíquicos son esencialmente inconscientes y que antes de llegar a conscientes deben sufrir un complicado proceso de transformación.

De este modo, la noción de inconsciente del psicoanálisis niega la identidad entre la mente y la conciencia que constituía uno de los pilares fundamentales del sujeto pensante cartesiano. La mente no es el pensamiento libre que rige nuestros actos sino, más bien, un manojo de instintos inconscientes que dirigen todos nuestros actos.


1 Por experiencia entienden los empiristas el conjunto de nuestros sentidos que nos permiten obtener información. Hay una experiencia externa que nos da información del mundo exterior, colores, olores, sabores y una experiencia interna que nos da información de nuestro propio cuerpo (sensaciones). A partir de estas informaciones la mente construye las ideas relativas a las distintas cosas. 

2 Precisamente Descartes había deducido la existencia de Dios y del alma de la existencia de determinadas ideas innatas, la idea de infinito, la idea de perfección... etc. Esto a los empiristas les parecía un exceso y la afirmación de la no existencia de ideas innatas anulaba de plano el dualismo cartesiano. Consideraban, en contra de los cartesianos, que todas las ideas de la mente se pueden reducir a la información que nos suministran nuestros sentidos. 

3 Durante el siglo XIX se va a ir desarrollando la idea de que la mente es una función biológica. Esta idea termiará por culminar en el surgimiento de la psicología como ciencia, es decir, el estudio científico de la mente. Es en este marco que, en el último tercio del siglo XIX, Wilhem Wundt (1832-1920) funda la Psicología como ciencia de la mente y sus contenidos, en base a métodos rigurosos de observación y experimentación. En este sentido podemos nombrar algunos ejemplos como: 

a) La frenología: Franz Joseph Gall (1758-1838) relacionó las facultades psíquicas con determinadas zonas del cerebro de modo que la forma y las dimensiones de las distintas zonas implicarían un mayor o menor desarrollo de las funciones psíquicas relacionadas con ellas. Se crearon diversas técnicas de medición y examen del cráneo y se creó una tipología según la cual la forma y estructura del cráneo determinaba el desarrollo de una personalidad normal o patológica, deficiente o genial, social o antisocial. 

b) La psicofísica: También avanzó mucho el estudio de la fisiología del sistema nervioso y de la sensación. Charles Bell describió las funciones de los nervios motores y sensitivos y mostró la relación de los mismos con las diferentes partes del cerebro según sus funciones. Pierre Flourens investigó las funciones del cerebelo. Ernst Heinrich Weber estableció su ley de la sensación (o Ley de Weber) en la que formulaba la relación matemática que existía entre la intensidad de un estímulo y la sensación producida por éste. Estos y otros descubrimientos llevaron a la convicción de que era posible explicar mediante principios físico-químicos todos los actos humanos. 

4 Por “variaciones” Darwin entendía las diferencias individuales dentro de una misma especie. Por ejemplo, dentro de una misma comunidad de caballos hay algunos que tienen las patas más largas y son más flacos y otros son más anchos gruesos. Esto significa que hay variaciones naturales de unos individuos a otros. 

5 En la formulación definitiva del psicoanálisis de Freud hablará básicamente de dos grandes grupos de instintos: los eróticos, que son todos aquellos destinados a la liberación de tensión, es decir, al placer, donde engloba tanto los instintos de conservación del yo como los instintos sexuales y el Thanatos o los instintos de muerte que son todos los instintos que buscan la supresión de la vida. 


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