martes, 10 de octubre de 2017

El alma en las religiones orientales.

 La idea de alma ocupa un lugar central en las religiones orientales. 

El hinduismo (ya hacia el 1.500 a.C.) consideraba que el alma (atmán) es distinto del cuerpo y sobrevive a la muerte. Los hindúes, por consiguiente, practicaban el culto a los antepasados, y dejaban comida para que las almas de sus difuntos la consumieran. Siglos después la idea de la transmigración de las almas llega a la India y es incorporada a la religión hindú. El objetivo del atmán, el alma individual, es transitar por la Rueda de la Vida, pasando de un cuerpo a otro, hasta alcanzar el Brahmán: el Alma del mundo, la realidad suprema y el final del periplo de reencarnaciones. Los hindúes creen que dicho objetivo se alcanza esforzándose por tener una vida socialmente aceptable y un conocimiento especial del pensamiento hindú.

El budismo, en cambio, niega la existencia de un alma individual permanente. La persona no es sino la combinación temporal de cinco realidades distintas que están en cambio permanente: el cuerpo, los sentimientos, las percepciones, la predisposición ante las cosas y la conciencia. No puede hablarse de la persona como de una unidad permanente ya que sus elementos constitutivos están en continuo cambio; tampoco hay ningún alma personal que sobreviva a la muerte aunque el modo de vida y el conocimiento alcanzado durante una encarnación determina el carácter de la reencarnación siguiente en una nueva vida. El deseo de placer, poder y riquezas, de bienes individuales, en suma, genera una energía o karma que mantiene al individuo atado a la Rueda de la Vida (el ciclo de reencarnaciones), pues se ve contaminado por toda clase de impurezas (la codicia, el odio, la ignorancia) que son el origen de su infelicidad. El budista aspira alcanzar, mediante la supresión del deseo, un estado de conciencia o iluminación (nirvana), que le libere de todas las impurezas que conlleva la existencia, para poder salir de la Rueda de la Vida, y alcanzar el nirvana, que no es un estado de dicha eterna ni de integración en una realidad suprema (como el Brahmán) sino la extinción de todo deseo, un estado de no existencia, el lugar “sin muerte” más allá de la existencia individual. De este modo, las dos filosofías orientales más importantes defienden concepciones contrapuestas acerca del alma. Mientras el hinduismo afirma la existencia de un alma sustancial (atmán), para el budismo no hay ningún alma sustancial permanente sino un flujo continuo de estados de conciencia. 

Otras religiones orientales como el sintoismo japonés, el taoismo o el confucianismo chinos, también mantuvieron la creencia en un alma espiritual que vive tras la muerte del cuerpo, lo que explica la importante función social que tiene en todo oriente el culto a los antepasados.

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