domingo, 15 de octubre de 2017

El alma en las religiones de origen judaico.


Los primeros cristianos intentaron hacer compatibles algunas de las ideas y teorías propias de la antigüedad clásica con tradiciones y doctrinas de origen judío que constaban en el Antiguo Testamento. En tiempos bíblicos se veía a la persona como un todo. No había una distinción marcada entre el alma y el cuerpo. Los primeros judíos creían en la resurrección de los muertos y no en la inmortalidad del alma. Es a partir del siglo IV con la llegada de Alejandro Magno a Jerusalén, cuando empieza a ser difundida la doctrina de la inmortalidad de las almas. Un filósofo judío, Filón de Alejandría (s I a.C.) ya defendía la doctrina de origen heleno de la inmortalidad del alma. En los evangelios tampoco encontramos una referencia alguna a la inmortalidad del alma y son dos filósofos, Orígenes de Alejandría y Agustín de Hipona, (s V d.C.) los que incorporan la teoría griega al seno del cristianismo haciéndola compatible con los dogmas de la religión cristiana y, fundamentalmente, con el dogma de la creación. 

Frente a la idea griega de la eternidad del Cosmos, el cristianismo afirma la existencia de un Dios creador de todas las cosas. El alma humana ha sido creada de la nada por Dios, existe con posterioridad a la muerte del cuerpo pero no antes y constituye un puente de unión entre lo material y lo divino. En algún momento entre la fecundación y el nacimiento crea Dios el alma individual de cada ser humano. La unión entre el alma y el cuerpo no es así accidental como en Platón sino que adquiere un carácter personal: cada ser humano posee su propia alma que es puramente espiritual, sin nada de materia, y constituye la intimidad misma de la persona. Según San Agustín, el ser humano, cada ser humano es un alma prisionera en un cuerpo.

La noción de persona distingue al individuo propiamente humano del resto de los seres individuales. Cada ser humano no es sólo un individuo sino también una persona porque está dotado de racionalidad y voluntad libre y autónoma por lo es absolutamente diferente del resto de personas y es responsable de sus actos. La idea de un ser humano libre y responsable le sirve a la Iglesia para justificar la existencia del mal en el mundo, ya que siendo Dios omnipotente e infinitamente bueno, el mal no puede proceder de Él, sino que se justifica por el mal uso de la libertad que hemos hecho los humanos, ya desde la desobediencia original en el paraíso. Somos nosotros los que traemos el mal y la desgracia a este mundo cuando nos alejamos de Dios. 

La libertad también sirve a los filósofos cristianos para explicar el diferente destino de las almas. Recordemos que para el orfismo la salvación del alma se alcanzaba mediante ritos de purificación, mientras que para Platón la sabiduría y el conocimiento era lo fundamental. Para el cristiano es la fe y la oración quien determina el fin del alma humana. Aquellos que mantengan la fe en Dios y que sigan los mandatos de la Iglesia alcanzarán la vida eterna. El alma alcanzará la contemplación divina y con ella una dicha eterna y, por el contrario, aquellos que hayan vivido alejados de los mandatos divinos padecerán horrendas penas más allá de la muerte del cuerpo. El alma vagará por el Infierno sin encontrar paz y descanso.

Por otra parte la tradición judaica pervive en el cristianismo y se hace compatible con la doctrina de la inmortalidad del alma: La creencia en la resurrección de los cuerpos forma parte del conjunto de creencias cristianas. Así pues el alma se separa del cuerpo con la muerte de este, pero al final de la historia, al final del mundo, según se cuenta en el Apocalipsis, los cuerpos resucitarán y las almas volverán a unirse al cuerpo, transformándose ahora en un “cuerpo glorioso”. La vida plena continúa siendo aquella en la que cuerpo y alma están unidos, ahora ya de un modo permanente y definitivo.

Finalmente el Islam, que surge cuando el judaísmo y el cristianismo ya habían aceptado el concepto platónico del alma, no sostiene nada esencialmente diferente. Los musulmanes creen que su fe es la culminación de las revelaciones dadas a los hebreos y a los cristianos. El Corán enseña que el hombre tiene un alma que sigue viviendo tras la muerte y también habla de una resurrección de los muertos, un día del juicio y el destino final del alma: o vida en el jardín del paraíso o castigo en un infierno ardiente.

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