viernes, 16 de septiembre de 2016

Pertenecer y participar.

«Los individuos tenemos dos maneras de formar parte de los grupos sociales, que suelen darse por separado pero a veces se dan juntas. Podemos pertenecer al grupo y podemos participar en él. La pertenencia al grupo se caracteriza por una entrega del individuo incondicional ¡o casi) a la colectividad, identificándo­se con sus valores sin cuestionarlos, aceptando que se le defina por tal adhesión: en una palabra, formando parte irremediablemente, para bien o para mal, de ese conjunto. Casi todos nosotros solemos pertenecer a nuestras familias y sen­tirnos parte obligada de ellas sin demasiado juicio crítico, porque nos lo impo­nen las leyes del parentesco y los sentimientos espontáneos de proximidad; pero también pertenecemos así a un club de fútbol, por ejemplo, y lo de menos es que el equipo vaya ganando o perdiendo la liga: son los 'nuestros' y basta... estamos dispuestos a justificar hasta el más injusto de los penaltis que pueda beneficiar­les. La participación, en cambio, es algo mucho más deliberado y voluntario: el individuo participa en un grupo porque quiere y mientras quiere, no se siente obligado a la lealtad y conserva la suficiente distancia como para decidir si le conviene o no seguir en ese colectivo. Así es corriente que participemos en un club filatélico mientras nos interese la filatelia o que vayamos a una determina­da academia a aprender inglés en tanto no nos convenzamos de que lo enseñan deficientemente y las hay mejores. En la pertenencia a un grupo lo que cuenta es el ser del grupo, sentirse arropado e identificado con él; en la participación lo importante son los objetivos que pretendemos lograr por medio de la incorpora­ción al grupo: si no lo conseguimos, lo dejamos...

A fin de cuentas, lo que importa no es nuestra pertenencia a tal nación, tal cul­tura, tal contexto social o ideológico (...) sino nuestra pertenencia a la especie huma­na, que compartimos necesariamente con los hombres de todas las naciones, cultu­ras y estratos sociales. De ahí proviene la idea de unos derechos humanos, una serie de reglas universales para tratarnos los hombres unos a otros, cualquiera que sea nuestra posición histórica accidental...

Defender los derechos humanos universales supone admitir que los hombres nos reconocemos derechos iguales entre nosotros, a pesar de las diferencias entre los grupos a los que pertenecemos: supone admitir, por tanto, que es más importante ser individuo humano que pertenecer a tal o cual raza, nación o cultura. De ahí que sólo los individuos humanos puedan ser sujetos de tales derechos.»

Fernando Savater, Política para Amador

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