miércoles, 10 de agosto de 2016

¿Se debe castigar a los niños?

¿Cómo se puede indicar a un niño que eso no se puede hacer?, ¿se le castiga?, ¿es correcto castigar?… Actualmente, el castigo físico está desprestigiado por la pedagogía: puede provocar serias consecuencias en la personalidad del niño, e incluso, si se aplica con frecuencia, desarrollar tendencias sadomasoquistas en su personalidad.

La única ventaja que se le atribuye al castigo es la rapidez con la que el niño asocia: "mala acción = recibo castigo". Este campo ha sido estudiado por la escuela conductista en psicología, que estableció las bases científicas de lo que es aprendizaje.

Los psicólogos conductistas han prestado especial atención a la influencia del castigo en el proceso de aprendizaje. Si tenemos dos grupos de ratas y pretendemos que realicen determinada conducta, permanecer en un lugar de la jaula, por ejemplo, podemos proceder de dos formas: podemos castigar, mediante descargas eléctricas, a las ratas que salgan de la zona acotada; pero es más efectivo establecer un programa de doble REFUERZO: si una rata sale de la zona acotada, recibe una descarga eléctrica (estímulo negativo); si permanece en ella obtiene comida (estímulo positivo). Las ratas reforzadas aprenden antes y mejor que aquellas que simplemente son castigadas cuando se comportan de manera inadecuada porque el castigo sólo nos enseña LO QUE NO HACER, pero no suministra una conducta alternativa.

¿Dónde se sitúa el castigo en la educación actual?: no dentro del mundo del aprendizaje. No se evoluciona en el aprendizaje a través de la aplicación de castigos; simplemente ELIMINAN una conducta, pero no proponen otras opciones mejores de actuación.

En lo que casi todos los psicólogos coinciden, es que el gran peligro del castigo radica en la frecuencia con que se administre: sólo debe aplicarse en casos de rebeldía extrema, y cuando han fallado todos los demás recursos educativos, como refuerzos positivos, conversación, etc.

Las sanciones orales, tales como las riñas, gritos, etc., son una manera de sustituir el castigo físico. Son menos disuasorios, y lo ideal sería que despertasen sentimientos moderados de culpa, nunca abrumadores, pues se provocarían los mismos malos efectos que con el castigo corporal frecuente: insensibilidad, pasividad ante la furia del adulto, o contraataque agresivo. Pero si, como hemos dicho, conseguimos que el niño se quede molesto consigo mismo de manera moderada, es muy probable que se despierten en él deseos reparadores de conducta.

Es importante recordar que el niño pasa continuamente por complicadas etapas de desarrollo que le pueden llevar a demostrar «pequeñas crisis del comportamiento" (como llorar, para llamar la atención o no querer comer solo, cuando nace el segundo hermano). Lo ideal es que en tales momentos, el niño se encuentre rodeado por un ambiente sereno y comprensivo por parte de los padres, pero siendo importante que éstos no se dejen esclavizar por el primero. Mantenerse firme, pero comprensivo es lo que se recomienda. En un ambiente de seguridad, un castigo no hará daño al niño.


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