martes, 2 de agosto de 2016

Los estados mentales no son causa de la conducta.

Skinner no ignoró los fenómenos a los que nos referimos con términos como "autoconciencia" y "pensamiento". Una frecuente interpretación errónea relacionada con el conductismo radical es que se niega la existencia de estos "procesos conscientes". Pensaba que estos estados mentales podían explicarse de la misma forma que se explican las demás conductas: atendiendo a los factores ambientales y acudiendo al condicionamiento y al reforzamiento.

Lo realmente importante sobre los estados mentales, según Skinner es que no podemos considerar que los estados conscientes sean causas de la conducta. Los estados mentales no deben entenderse como causas de nuestra conducta sino como respuestas a determinados estímulos; podemos considerarlos como conductas internas y como tales, también pueden explicarse atendiendo al condicionamiento. Dicho de un modo más radical: estados internos tales como sentirnos enamorados, pensar racionalmente o estar tristes, no son productos espontáneos de lo que llamamos “mente” sino simplemente conductas aprendidas a través del condicionamiento (aunque averiguar de qué modo aprendemos a sentir o a pensar sea algo sumamente complejo). Esto contradice mucho de lo que hemos aprendido como miembros de una sociedad, que se apoya marcadamente en los estados internos (felici­dad, alegría, esperanza, valor, depresión, ansiedad, tristeza, enojo, etc.) para explicar la conducta observable.

Si se considera seriamente el punto de vista de Skinner, se modificaría de modo radical la forma en que vemos la conducta humana. Es bastante fácil creer que la con­ducta proviene de nuestros pensamientos, deseos y sentimientos, sin embargo, según el conductismo, esto no es así; la conducta se explica mediante un condicionamiento previo y una serie de reforzamientos: si nos comportamos de cierta forma en una situación es porque hemos sido condicionados para ello y hay una serie de refuerzos que nos llevan a comportarnos de esa forma, no porque hayamos “elegido” hacer una cosa y no otra o porque respondamos a un deseo o un sentimiento. Este enfoque nos lleva a la con­clusión de que para lograr cambios en la conducta de las personas es necesario cam­biar el ambiente que les rodea donde son condicionados. Habría que cambiar las escuelas, industrias, prisiones, matrimonios, familias, etc. Esto sería una tarea casi imposible, por eso, a menudo preferimos explicar de manera simple las conductas de las personas acudiendo a sus estados internos. Por eso hablamos de estudiantes “perezosos e indisciplinados” y maestros "desmotiva­dos", trabajadores "vagos", prisioneros "rebeldes", esposas y esposos "irresponsables y egoístas", padres y madres "despreocupados" y niños "violentos e irrespetuosos" (como si todos estos problemas provinieran de estados internos "perversos"). Sin embargo, todo esto, según Skinner proviene de un mal enfoque de la cuestión.


Utilizamos los estados internos como "ficciones explicativas". Por ejemplo, la conducta se suele atribuir a los sentimientos en afirmaciones como "No fue hoy al trabajo porque se sintió desanimado" u "Hoy he trabajado duro porque me sentía bien". Sin embargo, en un análisis conductista se podría encontrar que la ausencia de refuerzo positivo en el trabajo es la causa de que un empleado se quede en casa y se sienta desanimado. En otras palabras, los sentimientos y estados mentales son efectos colaterales de los factores ambientales que afectan a las conductas observables. Podríamos decir que para el conductismo los sentimientos, los pensamientos y los deseos son “efectos secundarios” del modo condicionado en el que nos comportamos.

Pongamos un ejemplo que nos ayude a comprender esto: imaginemos dos estudiantes que se enteran que esa misma tarde toca su banda preferida en la ciudad, a la que hace tiempo desean ver actuar en directo. Sin embargo ocurre que al día siguiente el profesor de filosofía les ha puesto un examen dificilísimo; se encuentran frente a un dilema: ir al concierto y suspender el examen o no ir al concierto y aprobarlo. El primer estudiante decide estudiar toda la tarde y al día siguiente hace bien el examen por lo que se dice a si mismo: “fue una suerte que decidiera quedarme en casa estudiando o de lo contrario habría suspendido”. El segundo estudiante decide ir al concierto, no ha estudiado y durante el examen se siente culpable; se dice algo así como: “demonios... no debería haber ido a ese concierto, ahora no tengo ni idea”. En esta descripción no hay nada que nos resulte extraño. Sin embargo Skinner no aprobaría esta explicación para ambas conductas; en la historia descrita suponemos que ambas conductas son el fruto de ciertos procesos mentales, cuando nos vemos sometidos al dilema de ir o no ir al concierto. Skinner nos diría que esos procesos mentales han tenido poco que ver en la resolución del conflicto para cada uno de los casos. En realidad las conductas de uno y otro estudiante estaban ya condicionadas de antemano: uno iría al concierto y el otro no, independientemente de lo que pensaran. Si analizásemos la historia del aprendizaje de cada estudiante descubriríamos que el primero estaba condicionado para comportarse de esa forma y actuó así no por responsabilidad sino porque la conducta de estudiar había sido convenientemente reforzada en el pasado. Y lo mismo ocurre con el segundo estudiante, no sería la dejadez ni la irresponsabilidad lo que le llevarían a suspender el examen, sino el condicionamiento previo; podríamos suponer que suspender el examen no funcionaba como castigo frente al refuerzo positivo de contemplar a su banda favorita en directo, pero no porque sea un estudiante irresponsable, sino porque su conducta estaba condicionada para una cosa y no para la otra. Ambos estudiantes pensarían que sus conductas eran fruto de decisiones libres, de sus pensamientos en uno y otro sentido, aunque no fuera cierto. Sería normal que pensaran eso ya que sus pensamientos se dieron al mismo tiempo que se iniciaba una y otra conducta. Sin embargo no eran su causa, sino, como mucho, un efecto. Cuando hacemos una cosa en lugar de otra, sentimos que estamos tomando una decisión racional y consciente. Parece que la libre elección tuviera que ver con ello, pero el enfoque de Skinner sugiere que esto es una ilusión. Cuando elegimos o de­cidimos, simplemente estamos comportándonos según cómo estamos condicionados, no porque, libremente, elijamos hacer una cosa por considerarla mejor alternativa. 

El hecho de que consideremos, en general, que son los estados internos la fuente y causa de la conducta se debe principalmente a que las emociones y pensamientos habitualmente acompañan a nuestras conductas (como hechos secundarios del condicionamiento). Por ejemplo, si escribimos una queja a un comercio en el que com­pramos un producto defectuoso podemos pensar que la causa de la queja es el enfado y la ira que sentimos en ese momento. Sin embargo, un análisis más profundo de la conducta revelará que tanto la redacción de la queja como el enfado tienen en realidad su origen en otras circunstancias ambientales objetivas. Otra razón para que los estados internos se utilicen con tanta frecuencia para expli­car la conducta es que suele ser muy difícil elaborar las explicaciones ambientales. Es más sencillo apelar a un sentimiento que a un complejo conjunto de condiciones ambientales para explicar la conducta de una persona en un momento dado.

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