lunes, 22 de agosto de 2016

La relación del adolescente con su familia.

La adolescencia se acompaña de una consigna: el inconformismo y la independencia. El joven, que está saliendo del «cascarón», necesita desprenderse poco a poco de sus vínculos familiares infantiles y crear con sus padres una relación madura. Podríamos decir que el adolescente es inconformista y rebelde por naturaleza porque siente que ya no es un niño y busca romper la relación adulto-niño que ha establecido durante tantos años con sus padres. Toda la adolescencia es, por tanto, una búsqueda de independencia que, aunque de forma gradual, busca culminarse con una total independencia tanto afectiva como económica de los padres. Es como una necesidad, convencerse de que se vale por sí mismo y demostrárselo a los demás. 

En esta especie de lucha, el enemigo más importante es él mismo y sobre todo la fuerte dependencia que tiene de sus padres, pero como esto no es fácil de reconocer, muchas veces el enemigo se traslada a la figura de los padres.

De entrada, la mayor parte de lo que el joven es y piensa procede de sus padres, sus convicciones y sus razonamientos han sido aprendidos en su familia y por mucho que él intente negarlo, ellos construyen su punto de mira como camino y, muchas veces, como objetivo (quiere hacer las cosas y llegar a ser lo mismo que ellos). Con este razonamiento más o menos aceptado conscientemente, surge el conflicto. Primero consigo mismo: el adolescente busca la independencia (moverse a su antojo, entrar y salir de casa cuando quiera, decidir en sus estudios, no tener que dar cuentas a nadie), lo que choca con un fuerte sentimiento de dependencia (primeramente se siente dependiente económicamente, necesita a sus padres para realizar su “libertad”, pero también, y sobre todo, una dependencia emocional: aún necesita que sus padres le comprendan, le acepten, respondan por él, sepan apoyarle en sus decisiones, le tengan en cuenta... etc). Esto deja dos salidas: 
  • O se acepta las cosas las cosas tal y como son (acepta que depende económicamente y emocionalmente de sus padres) y se realiza la independencia poco a poco, sabiendo aceptar los límites y las normas que le imponen aún cuando sienta que le tratan injustamente como a un niño, sin buscar grandes rupturas, sino más bien pequeños triunfos después de duras negociaciones. 
  • O se produce el choque frontal que lleva al rechazo de los padres y a la separación violenta. 
Lógicamente, la actitud de los padres va a ser vital. Deben ayudar al joven de forma realista, sin condescendencia ni exigencias excesivas. Sobre todo deben ser justos y evitar disputas inútiles. Las restricciones excesivas y la incomprensión sólo crean sentimientos de hostilidad y agresividad. Pero tampoco la actitud condescendiente, excesivamente permisiva y sin limitar en nada al adolescente le ayuda a éste a crecer psicológicamente. El adolescente para encontrar su lugar en el mundo necesita un límite que romper que le haga ser consciente de sus propias fuerzas y de las limitaciones de la realidad misma. Si esto no ocurre puede ocurrir que siempre permanezca dependiente de su familia tanto económicamente como en el nivel emocional y que crezca sin ser realmente consciente de quién es y en qué mundo vive (lo que tradicionalmente llamamos un “niño malcriado”).



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Lo más visto...