miércoles, 24 de agosto de 2016

La imagen del Mundo en la Antigüedad.


Por Eduardo Abril

Acompañando a estas distintas teorías de la realidad y, en especial, a la doctrina platónica-aristotélica, que fue el modelo que triunfó de forma evidente, se desarrolló un modelo cosmológico, es decir, una imagen del mundo. Los seres humanos, desde nuestro comienzo como especie, hemos necesitado hacernos una idea del sitio en el que vivimos. La razón de esta necesidad de conocimiento es un tema extenso a tratar… podríamos decir, con Aristóteles que somos seres curiosos, y que nuestro anhelo de saber nos lanza a buscar respuestas para todo. O podríamos pensar, desde un punto de vista más modesto, que necesitamos saber dónde vivimos para sentirnos más seguros, para tener certeza de que mañana volverá a salir el sol, de que la realidad y el universo entero no me va a gastar una broma de mal gusto. Sea como sea, siempre hemos necesitado hacernos una idea de cómo es nuestra casa.

En el caso de los griegos, esto no es diferente; lo que va a diferenciar el modelo cosmológico de estos primeros científicos y filósofos, y el resto de las culturas que les precedieron, es precisamente el tipo de modelo. Mientras que otras culturas como la egipcia, la babilónica o la china, pensaban desde el pensamiento mitológico, es decir, desde sus respectivas religiones y, por tanto, elaboraban imágenes del mundo religiosas, los griegos pretendieron elaborar modelos cosmológicos racionales, basados en la observación de la naturaleza y del cielo y fundamentados matemáticamente.

Pues bien, el modelo cosmológico que va a triunfar en el mundo antiguo y que va a mantenerse prácticamente inalterable hasta el desarrollo del universo de Copérnico, va a ser el que se construyó en la Academia de Platón. Nos ha llegado que el responsable de tal modelo es el filósofo y astrónomo Aristarco, aunque probablemente su teoría no sea más que una elaboración mejorada de una imagen astronómica más antigua, de la época de Platón. De hecho la formulación definitiva del mundo antiguo va a ser la propuesta de Tolomeo, en el siglo II dc. 

¿En qué consistía esta imagen del universo? Pues bien, como ya habían afirmado Platón y Aristóteles, el universo estaba dividido en dos mundos diferentes, uno perfecto que seguía leyes perfectas y otro imperfecto: el mundo supralunar y el mundo sublunar. Estas dos palabras (sublunar y supralunar) están bien elegidas, ya que los antiguos hacían esta división hablando del mundo que queda por debajo de la luna (la tierra) y el mundo que queda por encima de la luna (el cielo). En el centro del universo, el mundo sublunar, se encontraba la tierra, que la consideraban como un disco circular. La tierra estaba hecha de materia, es decir, los cuatro elementos (tierra, agua, aire y fuego) y por eso estaba habitado de seres imperfectos y mortales. Alrededor giraban los planetas, la luna, el sol y las estrellas. Según el modelo de Tolomeo, los astros supralunares eran seres perfectos que trazaban órbitas también perfectas (circulares) y se movían de forma armónica y constante. Evidentemente no estaban formados por materia vulgar, tal y como si lo estaban los seres terráqueos; si así fuera, su comportamiento sería igual de caótico que el de los animales, las plantas o los mismos hombres. Por eso pensaban que los astros del mundo supralunar estaban formados por ETER, una sustancia inmutable y perfecta. Durante la Edad Media se mantuvo este modelo de realidad en toda Europa, ya que fue muy fácil adaptarlo a la doctrina cristiana: la tierra era habitada por el hombre y las demás bestias, mientras que el cielo estaba habitado por Dios y los demás seres celestiales, los ángeles y los santos. Incluso coincidía plenamente con muchas de las afirmaciones que se hacía en la Biblia.


La tierra estaba en el centro, alrededor giraba en primer lugar la luna, después el sol y a continuación el resto de los planetas. Por último las estrellas que estaban insertas en una gran esfera que representaba el final del universo. Cada uno de los planetas y los demás astros no “volaban”, por así decirlo, alrededor de la tierra, sino que se encontraban insertos en esferas de eter transparente y eran estas esferas las que rotaban alrededor del disco terráqueo. Como las esferas son transparentes, no podíamos verlas y la impresión que tendría un observador desde la tierra al mirar cualquiera de los planetas, es que se encontraban suspendidos en el cielo. Para comprender este universo antiguo podemos pensar en una cebolla: está formada de múltiples capas, una superpuesta a la otra hasta llegar al centro. Pues de la misma forma estaría dispuesto este universo, solo que estas capas de cebolla estarían formadas por eter transparente y además serían móviles, rotarían unas encima de otras. La última de las esferas sería la de las estrellas fijas que daría término al universo.

Este modelo, en principio contaba con un serio problema: no se correspondía con las observaciones. Algunas observaciones sí parecían estar correctas: vemos que el sol o la luna trazan un círculo alrededor de la tierra, que  la tierra permanece inmóvil y todo perece girar alrededor… etc. Sin embargo algunos planetas parecían no comportarse de forma tan “perfecta” como describía la teoría; era el caso de Venus. Este astro estaba lejos de describir una órbita circular en el cielo; a veces se detenía, otras veces parecía trazar una trayectoria ondulatoria, incluso retrocedía sobre sus pasos. Parecía un planeta completamente loco. Tolomeo, consciente de este hecho inventó una complicadísima explicación matemática para salvar la teoría: ocurría que el planeta sí que describía órbitas circulares en torno a la tierra, pero al mismo tiempo también trazaba órbitas circulares en torno a su propia órbita (lo que se denominaban epiciclos) y, además, lo hacía con órbitas excéntricas (es decir, se encontraba un poco desplazado respecto del centro de su propia órbita).

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