viernes, 26 de agosto de 2016

El universo newtoniano.

Por Eduardo Abril

Durante el siglo XV, la imagen del universo que continuaba vigente era la de Tolomeo, basada en la visión griega del mundo. Esta consideración irá haciendo aguas paulatinamente hasta que Copérnico en 1543 proponga la teoría que modificará el geocentrismo. Copérnico era un matemático que se sentía bastante incómodo con la enorme dificultad matemática que conllevaba el sistema de Tolomeo; ya sabemos que para “salvar las apariencias”(1) era necesario introducir un sinfín de correcciones y complicaciones (epiciclos y excéntricas). Copérnico, tratando de simplificar el sistema se dio cuenta de que el modelo estaría mucho más acorde con la realidad haciendo una pequeña pero importantísima variación: situando el sol en el centro del universo, en lugar de la tierra.

En un primer momento la idea no caló demasiado, pero otro científico, llamado Galileo, creyó la hipótesis de Copérnico y realizó numerosas observaciones para comprobar la teoría. El resultado, aunque con muchos errores, superaba en creces el modelo geocéntrico de Tolomeo. Escribío un libro publicando sus conclusiones y Europa entera quedó conmocionada a la luz de las nuevas ideas; tanto que la Iglesia católixca obligó a Galileo a retractarse de sus afirmaciones si no quería sufrir un proceso con la Santa Inquisición (con un resultado probablemente poco satisfactorio para el científico italiano). Sin embrgo la idea ya había calado entre los científicos europeos: Johanes Keppler, años después, convencido de la validez del modelo copernicano se propuso comprobar observacionalmente la teoría copernicana. Y así lo hizo aunque haciendo también un ajuste fundamental: tuvo que sustituir las órbitas circulares por órbitas elípticas. Entre Copérnico, Galileo y Kepler, echaron abajo dos de los principios fundamentales del sistema Tolemaico: que la tierra estaba en el centro del universo (como parecía afirmar la Biblia) y que los planetas describían órbitas perfectas, por ser parte de un mundo perfecto (es decir, órbitas circulares).

Aún quedaba por determinar cómo era posible que los planetas y las estrellas girasen alrededor del sol; la solución tolemaica de las esferas sólidas de eter ya no era posible, ya que cada planeta describía, como demostró Kepler, una órbita elíptica distinta, lo que echaba abajo la visión de un universo al estilo de una cebolla, donde cada capa es una esfera de eter que contiene un planeta. La solución, como ya sabemos, la dio Newton mediante la ley de la gravitación universal (2) . Los planetas no estaban insertos en ninguna esfera sólida de eter, sino que se movían, suspendidos en el espacio. Este movimiento era abalado por las tres leyes del movimiento y fundamentalmente por la fuerza de la gravedad. Puesto que desaparecían las esferas de eter, también desaparecía la última de esas esferas, la de las estrellas fijas, dando paso a un universo mucho más variado y múltiple: las estrellas podían ser soles, iguales que el nuestro, situados a distancias inimaginables.


Tras esto, la cosmovisión moderna estaba completa: el universo es un vasto espacio, poblado de planetas y soles, que se mueven conforme a las leyes de la naturaleza descritas por Newton. Dentro de ese universo se encuentra el sistema solar, formado por un sol central y varios planetas, entre ellos el nuestro, que giran en torno a él describiendo órbitas elípticas. La cuestión de si es nuestro sistema solar el que se encuentra en el centro o, es uno más entre otros sistemas, empezaba a perder fuerza…y cada vez más, los científicos aceptaban que la existencia de otros soles y otros planetas, reducía nuestra casa terrícola a uno más entre millones.

Uno de los científicos del siglo XVII, Cristiaan Huygens describe muy bien esta nueva situación cuando afirma que “Podemos ascender por encima de esta Tierra insípida, y contemplándola desde lo alto considerar si la Naturaleza ha volcado sobre esta pequeña mota de polvo todas sus galas y riquezas. De este modo, al igual que los viajeros que visitan otros países lejanos, estaremos más capacitados para juzgar lo que se ha hecho en casa, para poderlo estimar de modo real, y dar su justo valor a cada cosa. Cuando sepamos que hay una multitud de Tierras tan habitadas y adornadas como la nuestra, estaremos menos dispuestos a admirar lo que este nuestro mundo llama grandeza y desdeñaremos generosamente las banalidades en las que deposita su afecto la generalidad de los hombres.” (3)

También Robert Merton afirmaba que la hipótesis heliocéntrica “implicaba una multitud de otros sistemas planetarios”. Su argumento, acababa así: Si el firmamento es de tan incomparable magnitud, como le atribuyen esos gigantes cooperaciones.... tan vasto y lleno de innumerables estrellas, hasta ser de una extensión infinita... ¿no podemos suponer también que... esas estrellas infinitas visibles en el firmamento son otros tantos soles, con sus correspondientes centros fijos, y que tienen asimismo sus correspondientes planetas subordinados, como tiene el Sol los suyos danzando tranquilos a su alrededor?... Hay por lo tanto infinitos mundos habitados; ¿qué lo impide?... a estos y otros intentos parecidos, osados e insolentes, a estas paradojas prodigiosas deben seguir las correspondientes inferencias, si se acepta lo que... Kepler y otros afirman del movimiento de la Tierra.


1 Para que concordase el modelo teórico y las observaciones del cielo. 
2 Kepler estuvo a punto de ser el descubridor de la ley de la gravitación universal, aunque le faltó la chispa de genialidad, que le sobraba a Newton, para darse cuenta de lo que ocurría. Se dio cuenta de que los planetas, en su movimiento elíptico alrededor del sol, no viajaban siempre a la misma velocidad, sino que, cuanto más cerca se encuentran del astro, más aprisa giran en torno suyo. De ahí, comprobando las observaciones dedujo una de las leyes del movimiento planetario: los planetas barren áreas iguales en tiempos iguales en su movimiento en torno al sol. Esto significaba justamente eso, que cuanto más se acercaban al sol, más rápido se movían. Newton supo ver que esto ocurría debido a la atracción gravitatoria y enunció su famosa ley. 
3 CHRISTIAAN HUYGENS, “Los mundos celestiales descubiertos” 1690 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Lo más visto...