martes, 21 de junio de 2016

Distopía: cuando el futuro es una pesadilla.


La utopía está en el horizonte.
Camino dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá.
Entonces, ¿para qué sirve la utopía?
Para eso, sirve para caminar
Eduardo Galeano

Por Miguel Obeso.

A veces pensamos o hablamos del futuro refiriéndonos al presente. Nuestras fantasías y nuestros sueños tienen que ver con nuestros anhelos, esperanzas y miedos como individuo y como grupo. Es frecuente identificar UTOPÍA con fantasía, con pretensiones bonitas, con aspiraciones profundas del espíritu humano, pero irrealizables, ajenas a la racionalidad práctica. Sin ir más lejos, el diccionario de la RAE da esta definición para el término:

f. Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización.
f. Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano.

Pero la historia demuestra que realidades tan diversas como el sufragio universal, la abolición de la esclavitud, la objeción de conciencia, la erradicación de enfermedades contagiosas o llegar a la Luna, fueron tachadas de utópicas en su día.

Hoy día se consideran utópicas ideas tales como el ideal de un mundo sin guerras, la lucha por una globalización justa, la redistribución de la riqueza, salvar el planeta de ser destruido por la codicia y el uso irracional de los recursos naturales, entre otras.

Lo que parece claro es que la utopía es consustancial al ser humano que se plantea un cierto distanciamiento de lo que los medios de comunicación y el orden establecido quieren hacerle creer. Es una alternativa y una herramienta de crítica social. En el Mayo del 68 la utopía tomaba las calles de París y pintaba sus paredes con el eslogan de “¡La imaginación al poder!”. Pero no fue Mayo si no… el año 1968: el año en que se rebelaron los jóvenes en todo el mundo. Los jóvenes, en diversos lugares del mundo asumían el papel de sujetos del cambio social. Desde la trilogía que establece la tradición filosófica, que explica la sociedad como un compuesto de ámbito familiar (vida privada), espacio intermedio en que los individuos tejen relaciones e intercambian mercancías e ideas (sociedad civil) y ámbito del poder político (espacio público), lo que ocurrió en el 68 fue el intento, desde el estado intermedio, de romper con el asfixiante ambiente familiar y espacio político retrógrado (autoritarismo), que en consideración de aquella generación dificultaba los cambios y el desarrollo de la sociedad moderna. Las movilizaciones fueron muy distintas en los diferentes sitios del mundo (referentes ideológicos), así como las consecuencias de las derrotas: traiciones, rupturas con la sociedad en grupúsculos (comunas), represión, heridas históricas, matanzas, terrorismo,…

Daniel Bell y Herbert Marcuse habían advertido sobre la capacidad del sistema de integrar sus contradicciones. El desenlace del 68 confirmó sus hipótesis: el sistema fue perfectamente capaz de asumir, trillar y triturar aquella negatividad e inconformismo que por unos meses alimentó el sueño del gran cambio.

El recurso de la utopía es una constante en la historia del ser humano, un hecho antropológico, un rasgo fundamental de su libertad. El ser humano tiene que construir su realidad para poder sobrevivir. Continuamente estamos eligiendo entre diferentes posibilidades y, por lo tanto, elaborando nuestra realidad. Si pensáramos que no existen estas alternativas, que todo está ya determinado de antemano, no habría lugar para la utopía.

La utopía tiene su origen en la insatisfacción o desacuerdo con la realidad social existente. En este sentido es un motor de cambio y transformación social. Aparecen en momentos de crisis de las tradiciones, de las ideologías y del orden social existente. El impulso utópico nace del rechazo de las condiciones sociales existentes y de la búsqueda de soluciones a los problemas, parten de unos valores éticos y políticos desde los que se elabora una idea del nuevo orden social. Las utopías pretenden idear instituciones que conduzcan a una sociedad perfecta.

En el año 1516, el pensador, político y escritor inglés Tomás Moro (1478-1535) publicó una obra en la que describía una imaginaria sociedad perfecta, titulada Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía. Fue la primera vez que la palabra “utopía” se utilizó, aunque existen referencias a esa idea de sociedad ideal en La República de Platón.

En el Renacimiento las utopías se convierten en un tema recurrente, probablemente por el hecho de que se trata de una época en la que el ser humano adquiere conciencia de su protagonismo y empieza a pensar el mundo como realidad que puede ser transformada. Dos relatos utópicos: La Ciudad del Sol de Tommaso Campanella (1568-1639), y La Nueva Atlántida deFrancis Bacon (1561-1626).

Karl Popper (1902-1994) fue uno de los autores contemporáneos más críticos con el pensamiento utópico. Para este científico y filósofo, lo propio y característico de los regímenes totalitarios, tanto pasados como presentes, radica en el modelo de sociedad cerrada. Popper incluía entre los totalitarismos al fascismo, al nacionalsocialismo y al comunismo. Se oponía a la idea de sociedad como estructura cerrada, que hacía de los seres humanos simples espectadores de una realidad que debían aceptar y nunca transformar, marionetas regidas por leyes preestablecidas y metas inamovibles.

Para Popper la incoherencia utópica radicaría en dejarse guiar por un ideal político y llevarlo a la realidad como un proyecto concreto, basándonos en la creencia de su perfección, y encontrarnos con un estado estancado, un sistema inexorable que no puede evolucionar por el vago convencimiento de que jamás alcanzaremos algo mejor. Por eso Popper no confiaba en la utopía, porque la veía como un posible respaldo de la sociedad cerrada y, de ese modo, una poderosa justificación del totalitarismo. Visto de ese modo, bajo un estado supuestamente ideal, la voluntad progresista del pueblo quedaría completamente anulada por el bien de la estabilidad colectiva. La libertad sería un espejismo oculto tras la “religiosidad” de una creencia utópica.

El término DISTOPÍA fue acuñado por John Stuart Mill, filósofo y economista inglés del siglo XIX, como antónimo de “utopía”, aunque Dante Alhigieri (c. 1265-1321) fue el primero en reseñarla como tal en su Divina Comedia.

Una distopía es una utopía negativa, es decir, el retrato de una sociedad imaginaria que sería todo lo contrario de una sociedad ideal. Cuando se emplea la voz “distopía” es para denominar un lugar en donde imperan las anomalías y, por extensión, para describir aquella sociedad políticamente y/o socialmente aberrante. Algunas distopías son reales y conocidas: el campo de concentración de Auschwitz, la guerra genocida en Ruanda o en los Balcanes, las masacres de Darfur, etc. Otras son de naturaleza ficticia, describen estados sociales y/o políticos ilusorios e imaginados desde tres estados de ánimo:pesimismo, fatalismo y temor.

Las distopías tienen su expresión preferentemente en la literatura y en el cine, aunque también hayan sido objeto de reflexión filosófica. Por lo general las distopías se ubican en ambientes cerrados o claustrofóbicos, y juegan con categorías políticas antidemocráticas. La élite gobernante se cree investida con el derecho a invadir todos los ámbitos de la realidad, a regular y a intervenir en cualesquiera de las facetas de la vida humana e incluso, en pos de la seguridad del Estado, a eliminar el principio de inviolabilidad (o habeas corpus) de las personas. Suelen, en general, transcurrir en un tiempo futuro y, en calidad de profecías de un tiempo anunciado, pueden utilizar un tono apocalíptico y escatológico con el fin de describir, por ejemplo, una guerra nuclear o una epidemia mortal. Las distopías ficticias pueden llegar a ser artefactos ideológicamente muy críticos y avisar acerca de las consecuencias que entrañan los excesos del poder político, económico y científico sobre la vida humana, en su dimensión colectiva e individual.

Entre la multitud de relatos distópicos, que posteriormente fueron llevados al cine, sobresalen tres novelas que ocuparon un lugar muy destacado en laliteratura del siglo XX, no solo por su valor literario sino también por la enorme repercusión social que obtuvieron: Un mundo feliz, de Aldous Huxley, 1984 de George Orwell, y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. En las tres se habla de un estado que controla ferreamente todos los aspectos de la vida de los ciudadanos y que usa la tecnología para el bien del estado (nunca del ciudadano). En el primer caso el estado controla a los ciudadanos a través del suministro de una droga: Soma, que los convierte en sumisos y dependientes. Los individuos son felices, pero inmersos en una felicidad absurda, deshumanizada, artificial y totalmente falsa sin ningún tipo de amor o de aprecio por los demás. En 1984 los ciudadanos son gobernados por un ser virtual llamado Big Brother (origen del nombre del reality show), la población vive sometida y controlada a través de la televisión. Bradbury presenta una sociedad en la que leer está prohibido pues el estado quiere controlar lo que conocen sus ciudadanos, argumenta que leer hace desgraciado al lector y además diferencia entre los seres humanos, que deben ser iguales. El título hace referencia a la temperatura en la que se quema el papel, pues los bomberos se encargan de perseguir a los que poseen libros y quemar éstos. Existe un movimiento de resistencia, el de los hombres libro, que los memorizan para que no se pierdan.

También en la línea crítica a los regímenes totalitaristas destacar la novela gráfica V de Vendetta, novela gráfica de Alan Moore (1983) llevada al cine, y la película Brazil (1985) de Terry Gillian.

Con anterioridad a estas obras se escribieron otras que también podrían haberse considerado del género distópico, tales como Planilandia (1884) de Edwin Abbott, una corrosiva crítica al régimen victoriano además de ser una lectura de ineterés matemático, La máquina del tiempo (1895) de H. G. Wells o El talón de hierro (1907) de Jack London.

El antropomorfismo de los animales se ha convertido también en una herramienta muy eficaz para reprobar los regímenes totalitarios. Ejemplos los encontramos en Rebelión en la granja (1945) de George Orwell o en la novela gráfica (y también autobiográfica) de Maus (1980-1991), del estadounidense Art Spiegelman, que narra las penurias de su padre en los campos de concentración nazis.

En La naranja mecánica (1962), de Anthony Burguess, llevada al cine por Stanley Kubrick en 1971, hallaremos otro ejemplo de distopía sobre el control mental y, en clave distópica, acerca del oscuro porvenir de las sociedades de occidente debido, no a un agotamiento previsible de los recursos naturales, la contaminación o la amenaza nuclear, sino a los propios impulsos anti-sociales inherentes a la naturaleza humana. La naranja mecánica cifra el fracaso absoluto del proyecto ilustrado y del Humanismo.

Así, El señor de las moscas, de William Golding (1954) pone en entredicho lacondición civilizada del hombre. En esa dirección hay que decir que la realidad supera la ficción, y que se realizaron estudios reales distópicos como la Tercera Ola, en el que se ponía en evidencia la maleabilidad mental del ser humano (película La Ola, 2008). En algunas películas como en Anarchy: la noche de las bestias (2014) se plantean catarsis para conseguir un comportamiento cívico y respetuoso por parte de la población que permiten liberar la ira acumulada una noche al año (por supuesto con efectos colaterales controlados por una cúpula dirigente). En la misma línea asistimos al éxito de la trilogía Los juegos del hambre (2012), de Suzanne Collins, el ejemplo más visible de que el género ha arraigado con fuerza en el público juvenil.

Y nuestra incertidumbre ante el desarrollismo tecnológico y científico se refleja en historias como las de Alphaville (1965) de Jean-Luc Godard, en sociedades deshumanizadas (como en Elysium y Oblivion, ambas del 2013), la del mundo superpoblado que ha agotado los recursos naturales y donde solamente una élite se alimenta bien de Soylent Green: cuando el destino nos alcance (Richard Fleischer, 1973), o en el mundo futurista devastado por la contaminación, la superpoblación y el consumismo de Blade Runner (1982) de Ridley Scott. Hijos de los hombres (2006) nos concienciaba de nuestra fragilidad biológica con una tierra infértil, llena de violencia y sin nuevos nacimientos.

Y tenemos, por último, las distopías post-apocalípticas que reflejan el pánico a catástrofes naturales provocadas por el hombre, como La carretera (novela escrita por Cormac McCarthy en 2006, y posteriormente llevada al cine en 2009 que trata de la lucha por la supervivencia de un padre y su hijo. En ella, el paradigma “el hombre es un lobo para el hombre” cobra importancia relevancia), el miedo a las consecuencias de catástrofes nucleares (una preocupación grande en la época de la guerra fría): la saga Mad Max (1979), Rompenieves (Snowpiercer, 2013, dirigida por Bong Joon-ho), El planeta de los simios (novela distópica escrita en 1963 por Pierre Boulle, y llevada al cine la primera vez en 1968, y en 2011 por Tim Burton); y las historias distópicas debidas a contaminación y pandemias, por ejemplo 12 monos dirigida por Terry Gilliam en 1995.

Pero si de virus y enfermedades que azotan a nuestro maltratado planeta hablamos, es de referencia indiscutible y más que necesaria hablar de la novela de ciencia ficción, llevada al cine, Soy leyenda escrita por Richard Matheson en 1954, y todas las series y películas del género gore que tienen que ver con la mutación del ser humano a un ser inhumano del que nos debemos proteger. Toda una metáfora. Los zombies, los infectados por los virus del infierno y los vampiros deformes son nuestros candidatos imaginarios favoritos para dominar un mundo futurista, abominable y apocalíptico.

En definitiva, más allá de lo meramente espectacular, la literatura y el cine nos ofrecen la posibilidad de pensar, de explorar el miedo y la ansiedad provocados por la incertidumbre del futuro, por la conciencia de la vulnerabilidad y fragilidad del ser humano, por la inevitabilidad del cambio, por la experiencia de la lucha por la dominación y la carrera por la supervivencia en la que nos pone la vida. La distopía es una visión hiperbólica, una exageración que muestra lo que podría ser. Esa es su debilidad y su fuerza: logra mostrarnos con toda crudeza cómo los sistemas de dominación se van perfeccionando para subyugar nuestra individualidad. Nos muestran los cuentos de terror en los que el mundo se puede convertir si todo sale mal, pero también nos enseñan que inclusive en el peor de los escenarios, los seres humanos tenemos la capacidad de, con algo de esperanza y dando lo mejor de nosotros, transformar la distopía en un mundo mejor.
“Antes teníais libertad para objetar, para pensar y decir lo que pensabais. Ahora tenéis censores y sistemas de vigilancia que os coartan para que os conforméis. ¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Quién es el culpable? Bueno, ciertamente unos son más responsables que otros y tendrán que rendir cuentas, pero, la verdad sea dicha, si estáis buscando un culpable solo tenéis que miraros al espejo. Sé por qué lo hicisteis, sé que teníais miedo… ¿y quién no? Guerras, terror, enfermedades. Había una plaga de problemas que conspiraron para corromper vuestros sentidos y sorbeos el sentido común. El temor pudo con vosotros y presas del pánico acudisteis al actual líder Sanders. Os prometió orden, os prometió paz, y todo cuando os pidió a cambio fue vuestra silenciosa y obediente sumisión”V de Vendetta

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