sábado, 21 de mayo de 2016

La teoría crítica de la escuela de Frankfurt.

El socialismo es una ideología que reaccionó frente a las injusticias sociales del Estado liberal del siglo XIX proponiendo utopías sociales. Las utopías son idealizaciones de sociedades perfectas donde la injusticia y la infelicidad han quedado abolidas. A la luz de las utopías socialistas era palpable la manifiesta injusticia de la sociedad capitalista. La creencia en que la utopía se podía hacerse realidad dio fuerzas a los revolucionarios para entablar, y sacrificarse si fuera preciso, un violento y desigual combate contra las fuerzas del capital y el Estado.

El problema fue que algunas de aquellas utopías se cumplieron y al concretarse en un sistema político real hicieron que millones de personas anhelaran el corrupto e imperfecto sistema liberal. El paraíso se convirtió en un infierno: la Rusia de Stalin, la China de Mao o la Camboya de Pol Pot son buenos ejemplos del peligro de la utopía.

Un grupo de filósofos, mayoritariamente de origen judío, afincado en Frankfurt en la década de los años 30, fue plenamente consciente del peligro que representa el pensamiento utópico. Sin embargo seguían conservando el objetivo marxista de lograr una sociedad justa e igualitaria, aunque ya no tenían la ingenuidad de los primeros socialistas. Por esta razón los integrantes de la escuela de Frankfurt repensaron la sociedad tratando de no caer en los mismos errores que ya habían caído los socialistas del siglo XIX.

Adorno y Horkheimer continuaron trabajando la crítica de la sociedad capitalista desde el marxismo; pero también criticaban el modelo comunista de la Unión Soviética en el que la opresión de los individuos por parte del Estado era evidente. Además, la utopía marxista no era un caso aislado: siempre que una utopía había conseguido instalarse sobre la faz de la tierra, siempre que la idea se había hecho real, los hombres no habían tardado en arrepentirse (ie: la Florencia de Savonarola, la Ginebra de Calvino, o la Francia de Robespierre). Así pues, para los frankfurtianos, el pensamiento utópico es un peligro que debe ser evitado.

Adorno y Horkheimer intentaron transitar por el pensamiento marxista evitando la tentación utópica. El revolucionario no ha de diseñar un Estado perfecto que acabaría convirtiéndose en una idea tiránica. La respuesta está en la negación. Podemos no saber muy bien lo que queremos, pero sabemos lo que no queremos, somos plenamente conscientes de lo que no queremos. Debemos denunciar la injusticia, la explotación y la opresión allá donde surjan y cuidarnos de forjar ideales que acaban convirtiéndose en boomerangs al servicio del poder y el Estado. Por esta razón, ofrecen otra visión del socialismo: no se debe tratar de alcanzar el paraíso comunista sino de denunciar críticamente aquellos lugares donde el sistema falla para así poder corregirlo.

Herbert Marcuse (1898-1979) es un ejemplo de esta actividad crítica. Está de acuerdo con sus compañeros frankfurtianos en que el objetivo del filósofo no es forjar ideales sino la crítica de la sociedad. Pero, a pesar de asumir la filosofía negativa de Adorno y Horkheimer, Marcuse insiste en la necesidad de orientarse, saber hacia qué dirección caminar. Por ello Marcuse realiza una original síntesis: utiliza a Marx para criticar la moderna sociedad industrial y a Freud para señalar el camino de la liberación. Lo que le interesa a Marcuse no es tanto la forma en que el capital ejerce su dominio sobre el conjunto de los oprimidos, sino la manera en que se ha apoderado de sus mentes.

Marcuse publica sus obras más importantes en el década de los 50 y los 60. Por aquellos años los obreros europeos y norteamericanos habían mejorado significativamente su nivel de vida. Su objetivo, para ellos, ya no era la derrota del capitalismo sino convertirse en propietarios de un piso y un coche, ya no eran revolucionarios sino consumidores. La sociedad de consumo había aparecido en escena (y aquí sigue todavía) y la clase dirigente había domesticado a las masas ofreciéndoles bienes de consumo. El anhelo de justicia se había transformado en el anhelo de trabajo, piso, coche y vacaciones. Marcuse es consciente, por tanto, de que el tiempo de la revolución ha pasado, ya no existe un sujeto revolucionario (en todo caso seguro que no es el proletariado) y, sin embargo, la situación continuaba (y continua) siendo explosiva . El imperialismo se expande de manera cada vez más violenta y agresiva por el mundo entero y aquellos que osan hacer frente a la lógica del capital son castigados inmisericordemente. ¿Por qué lo aceptamos? ¿Por qué nos resignamos? Pese a la opinión de los bienintencionados la violencia, siempre que se ejerza sobre “los otros”, es fácilmente justificada y admitida porque se apoya en un instinto vital: el instinto de muerte o instinto de Thánatos. Freud había señalado que dos instintos gobiernan la vida humana, Eros y Thánatos. La sociedad capitalista se ha consolidado apoyándose en el instinto de Thánatos; la represión y la violencia son las bases de la sociedad industrial (en los antiguos países socialistas también), si bien en los países occidentales el instinto de muerte y la destructividad se han sublimado tornándose así menos evidente aunque más peligroso si cabe.

La propuesta marcusiana es potenciar los instintos eróticos; una sociedad más justa será también una sociedad más lúdica y erótica. Ahora bien, la sociedad capitalista es muy consciente del poder de Eros y lo utiliza en su favor: ha hecho del sexo una mercancía y ha montado toda una industria erótica, o mejor dicho pseudo-erótica, pues al convertir el sexo en mercancía el amor no nos libera, nos hace más cosas, menos personas y contribuye así a la consolidación del hombre-masa, el hombre unidimensional al que Marcuse dedica uno de sus mas conocidos libros.

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