lunes, 16 de mayo de 2016

La legitimación romántica-tradicional de la autoridad: el nacionalismo.

Las ideas ilustradas que defendían el contractualismo como modo de legitimar la autoridad rápidamente se extendieron por Europa causando la caída del llamado Antiguo Régimen. Los ilustrados defendían, como hemos visto, la "racionalidad" por encima de todas las cosas. Consideraban que la razón, que poseían todos los hombres, era el único criterio válido para decidir cuestiones políticas. Estas ideas hicieron que en muchos países se tratara de hacer un "borrón y cuenta nueva", como ocurrió durante la Revolución Francesa: se ejecutó al rey y se destruyó todo el aparato del Estado que se había levantado sobre ideas religiosas.

Pues bien, durante el siglo XIX y como reacción contra esta pretensión ilustrada de que sea la razón la única guía de la humanidad, surgieron tendencias contrarias que hacían prevalecer otro tipo de cuestiones como, por ejemplo, los sentimientos, la tradición, la religión, la historia... etc. A esta nueva tendencia se la denominó "romanticismo"; el romanticismo es todo un movimiento cultural que abarca desde el arte hasta la ciencia, pasando por la filosofía, la religión o la política. Lo que nos interesa es comprender lo siguiente: si los ilustrados habían considerado que es la razón individual de cada persona lo que justifica la autoridad política, desde el ambiente romántico se va a considerar que, al margen de las razones individuales de las personas, hay una serie de valores, ideas o tradiciones, que están por encima de los individuos y que no se accede a todo ello mediante la razón sino, más bien, a través del sentimiento, de la religión o del arte.

El romanticismo supone una puesta al día de lo que había sido la forma tradicional de legitimar la autoridad. Las monarquía hereditarias características de la Edad Media y del Antiguo Régimen ostentaban la autoridad, no por la fuerza de los votos, ni siquiera por la fuerza de las armas, sino gracias a la tradición y la religión que establecían qué familias y qué personas eran las más idóneas para ejercer las más altas responsabilidades de gobierno.

Las corrientes que se sitúan dentro de este apartado, como por ejemplo el nacionalismo, no van a defender una vuelta a los reinos medievales, pero sí van a considerar que existen una serie de valores y tradiciones que deben estar en la base de la acción política; no todo puede ser fruto del individualismo y de la voluntad libre de los ciudadanos...

Para el pensamiento nacionalista, el elemento principal que articula una sociedad no es la decisión voluntaria y racional de sus miembros de formar parte de esa sociedad, sino la idea de "pueblo"; no es la razón y la libertad de cada persona lo fundamental, sino el sentimiento de pertenencia a una comunidad que tiene un origen histórico, en la que sus miembros comparten ciertas tradiciones, cierta cultura, ciertos valores, lengua y modos de pensar y comportarse. Es importante resaltar que, para los nacionalistas, un “pueblo” no se constituye por la decisión libre y voluntaria de los individuos que deciden pertenecer a la misma comunidad; es más bien una cuestión de sentimientos: el pueblo se constituye por el sentimiento de pertenencia a una comunidad a la que el individuo debe todo lo que es (yo soy español, francés, asturiano...)

Según esta idea la autoridad sólo viene legitimada dentro de este universo interpretativo: el pueblo. El núcleo duro de su tesis es ésta: cada pueblo tiene derecho a decidir su futuro y por tanto sólo está legitimada una autoridad que pertenezca a este pueblo y represente una defensa de los valores y tradiciones que lo constituyen. Por tanto, el nacionalismo, considera que el gobierno no sólo es la representación de una ciudadanía, es decir, de un grupo de personas, sino la representación de unos valores y tradiciones a los que debe cuidar proteger y acrecentar.

El nacionalismo no plantea un modo específico de justificación de la autoridad como sí lo va a hacer el contractualismo cuando habla del “sufragio”. La posición nacionalista es, en este sentido, bastante difusa; en realidad la autoridad se legitima de forma práctica desde el momento en que el gobierno es un gobierno que tiene autonomía y poder para decidir acerca de todas las cuestiones relativas a esa “comunidad histórica” que denominan “pueblo”.

Podríamos distinguir de dos tipos de nacionalismos: el “nacionalismo democrático o cívico” y el “nacionalismo étnico” (que estaría muy cercano al fascismo). El nacionalismo democrático acepta, en principio, el valor de cada individuo a la hora de decidir el tipo de autoridad que prefiere; por eso participa de las reglas del juego democrático: se organiza en torno a un partido político, participa en las elecciones, acepta los resultados, etc. Sin embargo podemos poner en cuestión si hay una verdadera aceptación de la libre voluntad de los ciudadanos como principio básico: desde ciertas interpretaciones podríamos pensar que por encima de la libertad de los ciudadanos a la hora de decidir, los nacionalistas cívicos creen en ciertas verdades incuestionables, a saber, que un pueblo (quieran o no sus ciudadanos) debe organizarse en torno a ciertos valores tradicionales, costumbres, lengua, etc. (1)

El nacionalismo étnico es el nacionalismo que concede más valor a lo que denominan los “derechos colectivos” o “derechos de un pueblo” que a la voluntad libre de los ciudadanos. Esta postura considera que una determinada etnia, una comunidad histórica, un “pueblo”, posee ciertos derechos que están por encima de la libertad de las personas que lo integran. Estos derechos son fundamentalmente el derecho de “autodeterminación” y el derecho de “autodefensa y rebeldía”. Es decir, los integrantes de un pueblo determinado están legitimados para defenderse y rebelarse frente a lo que consideran un poder opresor ya que tienen el derecho de decidir su futuro. El problema de este tipo de nacionalismo está fundamentalmente en que, dado que no creen en la voluntad individual de los ciudadanos, los nacionalistas se sienten completamente legitimados para erigirse como los portadores y defensores de los derechos colectivos, utilizando para su defensa los medios que consideren necesarios: violencia, terrorismo, propaganda, extorsión, intimidación... etc. Según ellos, la autoridad no es legitimada por las decisiones individuales de los ciudadanos (a través de unas elecciones democráticas) sino únicamente a partir de los derechos colectivos; cualquiera que tenga capacidad para erigirse portador de esos derechos y para defenderlos e imponerlos, mediante el uso de la fuerza si fuera preciso, está legitimado para hacerlo. Veremos que este tipo de nacionalismo está muy cercano de posturas fascistas y nacional-socialistas.


1 Pongamos un ejemplo para comprender esto: imaginemos que en una región de un país imaginario, en la que hay poderosas corrientes nacionalistas, se plantea un referéndum preguntando a sus ciudadanos si quieren o no quieren seguir formando parte de ese país de fantasía. Sigamos imaginando y tomemos en consideración el caso de que en el referéndum se decida mayoritariamente seguir formando parte de ese país; ¿ese sería el final de las corrientes nacionalistas? ¿pensamos que frente a esos resultados los nacionalistas dirían “es cierto, aceptamos la situación actual y nos volvemos a casa”? Evidentemente NO. Seguramente los nacionalistas aceptarían esos resultados, pero seguirían creyendo ciegamente en la verdad de su tesis: “nosotros no somos parte de ese país” y seguirían ejerciendo su actividad política esperando que en algún momento los resultados les sean favorables. Esto mostraría que ese nacionalismo no procedía teniendo en cuenta la voluntad de los ciudadanos, sino únicamente sus verdades previamente admitidas y consideradas irrefutables.

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