sábado, 23 de abril de 2016

Psicoanálisis (XII): el malestar de la cultura.

Este es el título de la obra que publica en 1930, un año después del "Crack del 29" y en la que se ocupa de la crítica de la cultura. La cultura, incluida la técnica, no ha incrementado el bienestar de la humanidad. Ha proporcionado al ser humano muchos objetos pero no lo ha hecho feliz. “La felicidad no es un valor cultural" ya que la cultura implica la sustitución del principio del placer por el principio de la realidad y esta sustitución crea malestar.

Ya en "Tótem y tabú" afirmaba que la vida en común supone una notable renuncia a las tendencias sexuales y hostiles. En esta obra insiste en este punto resaltando más la renuncia a la agresividad que a las pulsiones sexuales. Los afanes e intereses culturales han introducido excesivas restricciones en la satisfacción de las pulsiones humanas. Por un lado, el ser humano ha de reprimir su agresividad o impulsos destructivos; y por el otro, ha de sublimar su sexualidad hacia objetivos socialmente valorados.

Es inherente a la cultura sustituir la satisfacción inmediata por una satisfacción retardada y encubierta, a sustituir la libertad y la ausencia de represión por la seguridad. Las actividades culturales como el deporte, el baile o la creación artística son mecanismos sublimadores de estas pulsiones, es decir, formas socialmente aceptables de desviar o compensar los impulsos primarios. Otro ejemplo claro de esta transformación de los impulsos libidinosos en actividades sustitutivas lo tenemos en la dedicación al trabajo.

La agresividad innata del ser humano puede desintegrar la sociedad. El camino seguido por la cultura para el control sobre esta pulsión consiste en dirigir hacia uno mismo la agresividad por medio de la conciencia moral, del superyó exigente y cruel. De la tensión entre el Yo y el superyó nace el complejo de culpabilidad o sentimiento de culpa que mantiene el malestar del ser humano en la cultura.

La cultura ha creado las instituciones, las normas, las leyes, los sistemas políticos para controlar la destructora agresividad humana, haciendo así posible un constante progreso, pero no la felicidad. Esta situación es "fatal", es decir, sustancialmente inevitable. Tal vez sea posible paliarla hasta cierto punto, rebajando las exigencias de la cultura (del superyó severo) e introduciendo ciertos reajustes (Freud piensa en el posible tratamiento psicoanalítico de la colectividad), pero la cultura siempre hará infeliz al ser humano ya que es imposible eliminar ninguna de las tres instancias del aparato psíquico: Ello, Yo y Superyó.

Freud vivió en una Viena efervescente en iniciativas culturales y artísticas pero muy represiva y puritana. Él considera que cuando una civilización llega ser represiva en exceso y no aporta suficientes mecanismos sustitutorios o válvulas de escape, se enrarece y entra en crisis. Entonces sus miembros no se sienten satisfechos y se vuelven críticos y subversivos.

Por otro lado caben las consideraciones sociales respecto a que instancia psíquica se debe primar en la sociedad teniendo sociedades de características diferentes: 
  1. Si se emite un juicio negativo sobre el Ello, se pone uno del lado de la tradición y, en última instancia, del totalitarismo y la represión. 
  2. Si el juicio negativo recae sobre el Superyó, se propondrá una actitud de tipo libertario y anarquista. 
Pese a su análisis pesimista Freud era partidario convencido de la necesidad de la cultura y la sociedad aunque consideraba que el reto del futuro consistía en intentar conciliar las pulsiones naturales humanas con las exigencias y convencionalismos sociales.

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