sábado, 12 de marzo de 2016

Kant (XV): los postulados de la razón práctica.

En la Crítica de la Razón Práctica, además de fundamentar una ética formal, Kant se plantea la tercera de las preguntas a las que había reducido la filosofía: ¿qué me está permitido esperar? Para responder debemos remitirnos a lo que él llama postulados de la razón práctica. Un postulado es un principio o supuesto indemostrable pero necesario e imprescindible para la explicación de algo. A través de los postulados de razón práctica Kant rescata lo que en la crítica de la razón pura había rechazado como incognoscible: el noúmeno. Allí Kant nos había dicho que sólo podemos conocer lo condicionado, es decir, lo fenoménico (las impresiones dadas en el espacio y en el tiempo). Aquí, el filósofo alemán considerará que la existencia de realidades nouménicas como son la libertad, Dios o el Alma son postulados de la razón práctica. Estas existencias son indemostrables como ya vimos en la “Crítica de la Razón Pura” pero son absolutamente necesarias para poder explicar la moralidad.

Kant afirma que la razón práctica tiene 3 postulados, indemostrables (ya que de ellos no tenemos experiencias sensibles) pero necesarios:
  • Libertad. Hay que admitirla como necesaria, ya que si no existiera la libertad no podría determinarse la voluntad del hombre y no podría realizar el deber, con lo que no podría existir la acción moral. Entender esto es bien simple, si no fuéramos libres para actuar, tampoco sería posible actuar moralmente. Cuando actuamos obligados o coaccionados no actuamos moralmente porque no somos responsables de nuestros actos. Sin libertad no hay moralidad porque la libertad es una exigencia de la razón práctica. La libertad evidentemente no es algo que pertenezca al fenómeno, no la conocemos de forma fenoménica. La libertad es absolutamente incondicionada; que seamos libres significa que nuestra voluntad está obligada por alguna condición previa (a priori) como le ocurre al conocimiento fenoménico, significa que somos completamente libres e incondicionados para hacer lo que disponga nuestra voluntad. La libertad pertenece, por tanto, al noúmeno. A través de la moral Kant llega al descubrimiento de una primera realidad nouménica: la voluntad libre. 
  • Existencia de Dios. La existencia de Dios es otra necesidad moral; no podemos saber si Dios existe o no ya que no es un fenómeno y nuestro conocimiento está limitado al mundo fenoménico. Sin embargo si no postulamos la existencia de Dios como algo necesario el mundo moral carece de sentido. Expliquemos esto: muchas veces el que nos guiemos por el puro deber y seamos una persona justa y virtuosa no implica que seamos una persona feliz sino, en ocasiones ocurre al contrario. Podemos estar toda la vida dedicados a una conducta hecha por el puro deber y que esto nos acarree más de una injusticia y una insatisfacción. La vida moral no tendría sentido si el justo y virtuoso al final no alcanzase más que desdicha e infortunio. Por tanto, es una necesidad moral que alguien le garantice al justo y virtuoso un bien supremo: este garante de felicidad es precisamente lo que Kant entiende por “bien supremo” y es precisamente lo que consideramos como Dios. Por tanto, puede que Dios no lo podamos conocer por vía racional, mediante el uso teórico de la Razón, pero sabemos que es una necesidad moral. DIOS DEBE EXISTIR PARA QUE YO PUEDA SER REALMENTE UN INDIVIDUO VIRTUOSO, JUSTO Y MORAL. Lo contrario convertiría la vida de los hombres buenos en una terrible injusticia. 
  • Inmortalidad del alma. El alma inmortal es otra de las aspiraciones de la metafísica que se desmorona en la “Crítica de la Razón Pura”. Descartes la había demostrado como un acto de intuición intelectual (pienso luego existo) y considerado inmortal gracias a la bondad de Dios. Kant había mostrado cómo el alma (Yo) es algo que no puedo conocer porque pertenece al mundo nouménico. Pero en la “Crítica de la Razón Práctica” va a rescatar su existencia como una NECESIDAD MORAL. Ocurre algo que resulta una terrible injusticia y que va en contra de la moralidad: las personas justas y buenas, las que actúan por puro deber y tratan de llevar a cabo unos ideales (que no son otros que los ideales de la ilustración: la igualdad, la legalidad universal, la justicia entre todos los hombres.... etc) son incapaces de hacerlo en su corta vida. O lo que es lo mismo: nuestra obligación moral es alcanzar la perfección moral, es decir, actuar por puro deber y hacer de estos valores universales algo efectivamente real e imperante en el mundo. Pero esto no lo podemos lograr en esta vida que es corta y llena de avatares que impiden esta realización. Por esta razón es una necesidad moral que nuestro anhelo tenga un sentido y se nos de la posibilidad de hacernos “santos” a través de la inmortalidad de nuestra alma. La inmortalidad del alma es, por tanto algo que yo no puedo conocer de forma racional, pero es un postulado de la razón practica, es decir, es una necesidad moral. Es moralmente necesario que mi alma sea inmortal o, de lo contrario, todo mi anhelo y todo mi proyecto moral de alcanzar la justicia, el bien, la igualdad, la legalidad, la convivencia, el respeto, sería un sin-sentido, sería una quimera y sería terriblemente injusta mi vida.

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