jueves, 10 de marzo de 2016

Ciencia y estalinismo: el caso de Trofim D. Lysenko.


Trofim D. Lysenko, el científico favorito de Stalin. Fotografía: Corbis


Por Fernando Olalquiaga

Hablemos de charlatanes que llegan al poder. No de los habituales politicastros que, bien a base de financiarse por el jurásico método de la comisión consuetudinaria, bien a base de presentarse en los platós de todas las televisiones que las maravillas del mercado han puesto a nuestra disposición, consiguen un escañito aquí, una maquinita de vomitar decretos ley allá y, comiéndolo mucho y bebiéndolo aún más, mediante una transformación topológica cuya función compleja es conocida por todos pero muy pocos nos atrevemos a utilizar, se convierten en altas esferas del poder. Queden por ahora las geometrías imaginarias en paz. En su lugar, pensemos en esa gente con la mirada sospechosamente ida o concentrada que consigue tener influencia en las instituciones más prestigiosas; que se dan el gustazo de ser adulados tanto por sus hasta hace pococompañeros como por sus ancestrales rivales, por el pueblo llano — ¡la gente normal!— y por los ministros y vicepresidentes de gobiernos y emporios multinacionales, algunos de ellos a su vez subsidiarios de otros gobiernos y otras corporaciones aún más gigantescas.

Sujetos que alcanzan un nivel de autoridad lo bastante elevado como para imponer las teorías más locas que se les pudieran ocurrir a, pongamos por ejemplo, cualquier grupete de amigos y amigas reunidos en un semisótano de Oslo que, ya cansados de explorar todas las variantes del teto para animar las eternas noches del invierno subpolar, se dedicaran a saciar sus ansias lisérgicas y, ya de paso, vender su alma al diablo, liarse a hacer el mal y reinventar el método científico. Eminencias que sueltan discursos desde púlpitos catedralicios y comisiones de parlamentos democráticos y asambleas más democráticas todavía, siempre ascendiendo, siempre medrando hasta que, zas, el día menos pensado sienten llegar la iluminación y declaran que el mundo, que ya se sabe que es plano e infinito, se creó un 22 de octubre del año 4004 antes del Cristo (1) y así debe ser enseñado a partir de ese momento en todas las escuelas elementales y superiores, ya sean de biología, geología o ciencias de la parafernalia.

Enseguida se nos va la mirada hacia el cinturón bíblico (2), con sus lecciones de creacionismo en sus distintos niveles. Tierra joven, Tierra antigua. Los fósiles como huellas de ángeles caídos. Etcétera. O hacia la paquidérmica reacción de la fe de Roma ante cualquier avance de la ciencia, unas veces esquivada sin habilidad mediante una disculpa por parte del infractor, y otras muchas veces manifestada con un auto de fe. Pero, una vez más haciendo un requiebro que quizás nos cueste caro, fijémonos en otras latitudes. En esas sociedades donde creemos que la ciencia no se corromperá jamás en manos de los políticos, pues la política, como parte de la historia, es una ciencia en sí misma; con sus leyes y sus teoremas, sus variables y sus coeficientes, sus tratados y sus guías de uso que, si las seguimos al pie de la letra (3), nos llevarán al paraíso terrenal y a una sociedad justa. Veamos cómo en la científica Unión Soviética, hasta bien entrado los años cincuenta del siglo XX, gracias a la labor del eminente Trofim D. Lysenko (4), cualquier investigador que fijara su atención en los principios de la herencia genética sería rápidamente recompensado con una estancia prolongada, pongamos que hasta la muerte, a orillas del río Yeniséi, no muy lejos de su desembocadura en el océano glaciar Ártico.

En líneas generales, y por no hacernos un lío, Lysenko afirmaba que las plantas podían ser modificadas únicamente por el ambiente al que se encontraran expuestas, sin tener en cuenta su herencia genética. El amigo Trofim, que había nacido a finales del siglo XIX en una aldea cerca de Poltava, en Ucrania, en el seno de una familia que incluso en la Rusia de los zares rompía por lo bajo los límites tolerables de todas las estadísticas sobre los niveles de pobreza del campesinado, seguía las enseñanzas de Ivan V. Michurin, quien a su vez basaba su trabajo en las teorías de Jean Lamarck. Lamarck, un francés que se adelantó a Darwin cincuenta años al proponer la idea de que las especies animales y vegetales evolucionaban con el paso del tiempo, basaba el mecanismo evolutivo en la herencia de los caracteres adquiridos. Sí, el asunto de las jirafas. Un día, allá por el pleistoceno o cualquier otra edad geológica que resulta indistinguible de las demás para cualquiera que haya disfrutado de sus años de adolescencia y juventud, las buenas y casi santas jirafas, que hasta entonces tenían un cuello de proporciones moderadas, dieron de sopetón con un paraje en el que todo alimento adecuado para su delicado sistema digestivo siempre se encontraba por encima de los tres metros, o incluso a más altura. Allá arriba, colgando de la rama de esa puñetera acacia. Así pues, a base de estirar el cuello, y de desear estirarlo, su descendencia nacía con el gaznate cada vez más largo. 


T.D. Lysenko. Fotografía: Corbis



Darwin, que demostró más perspicacia que Lamarck, sin duda pensó que si tal mecanismo fuera el que realmente regía la evolución, era difícil de explicar, por ejemplo, la abundancia de penes de un tamaño que solo los más compasivos podrían considerar aceptable en todas las razas humanas de todos los continentes habitados, salvo quizás aquellas que moran en unas profundidades del Congo Belga que aún no se habían explorado por aquel entonces. Así que propuso que al azar unas jirafas nacían con cuello largo y otras, que poco a poco iban muriendo generación tras generación, nacían con cuello corto. Selección natural. Las mutaciones aleatorias en los genes que definen los rasgos de cada especie, que hoy sabemos que son las responsables de la evolución, no tienen nada que ver con la vida del animal. Salvo, digamos, que pongas a pastar tu rebaño de cabras en los alrededores de Chernóbil, quizás en busca de cabritos con tres o más paletillas por cabeza, quién sabe. Pero eso es otro asunto. 

El lamarquismo tuvo sus insignes defensores hasta bien entrado el siglo XX. Según el darwinismo, el progreso es un accidente. Aquí, en esta sucesión de mutaciones aleatorias, no hay lugar para el libre albedrío y el esfuerzo individual. Hagas lo que hagas, si tienes el pito pequeño tu descendencia sufrirá tus mismos complejos por las mismas causas. A mentes insignes —y presumiblemente también a pililas pequeñas— como George Bernard Shaw o Henri Bergson, esta idea les repugnaba. Preferían creer en que impulsando la evolución actuaba unélan vital que encontraba su expresión en la constante lucha de los organismos por mejorar (5). Y curiosamente esta variante de la magia simpática —por no decir de la superstición— fue la doctrina oficial en la URSS durante casi dos décadas. En el materialismo marxisma cabe todo. 

Sobre el darwinismo y su querencia por el azar planea la mefítica sombra de la mano invisible; las teorías políticas que aspiraban a construir una nueva sociedad preferían abrazaban el lamarquismo. El biólogo austriaco Paul Kammerer afirmaba: «Si los caracteres adquiridos no se pueden transmitir, no es posible el proceso orgánico. El hombre vive y sufre en vano (…) sus hijos y los hijos de sus hijos deben empezar siempre desde abajo. Si los caracteres adquiridos se heredan, entonces es evidente que no somos esclavos del pasado» (6). En 1925, como reconocimiento a sus trabajos, se le asignó un importante puesto en la Universidad de Moscú; allí pudo realizar una serie de experimentos para apoyar su tesis. Y aunque se demostró que los datos estaban falseados, aunque el propio Kammerer admitió los errores —no sin culpar a un asistente por ellos—, aunque donó su valiosa biblioteca a la misma universidad, su cuerpo a un instituto anatómico y, una vez hechas estas y otras tediosas gestiones, se pegó un tiro en un bosque de la Nideröschtriich, las autoridades soviéticas no dieron su brazo a torcer y encargaron una película glorificando su figura y culpando de la falsedad de los experimentos a —miren, miren debajo de la mesa— reaccionarios enemigos capitalistas. 

Y así, aunque los caminos de la dialéctica digan lo contrario, esta teoría de la herencia de los caracteres adquiridos quizás habría dejado de dar la lata si en 1928 Lysenko no hubiera publicado su artículo sobre la vernalización. 

La relación de los bolcheviques y el campesinado nunca fue fácil (7). Como si fuera un cheque sin fondos que todas las corrientes, subcorrientes, facciones y subfacciones del socialismo revolucionario —y hablamos de una cantidad de teorías locas que harían las delicias de cualquier estudioso de lo paranormal— usaban como moneda de cambio para financiar el paraíso del proletariado, el campesino de la URSS vivía una vida de penurias que, en el mejor de los casos, solo podrían imaginar las mentes más macabras. Para colmo, en climas tan apreciados por los aventureros y otros amigos de lo extremo como el del Asia interior, las probabilidades de que un duro invierno sin nieve y con temperaturas extremas arruinara varias cosechas de trigo se acercaba, no hay duda de que asintóticamente, al uno absoluto. Así que Lysenko, echando mano de una práctica bien conocida desde al menos el siglo XVIII, sometió a semillas de trigo a una humedad y unas bajas temperaturas inducidas, las sembró en primavera y las cosechó a finales del verano (8). Fin del problema. Según Lysenko, este estado inducido, esta vernalización (9), era hereditaria. Es decir, si se pretendía que una planta floreciera más rápido, no era necesario vernalizar a la descendencia de un planta ya vernalizada. ¿Cómo pudo el promotor de semejante chaladura llegar a ser en 1940 director del Instituto de Genética dentro de la Academia de Ciencias de la URSS? ¿Ser ganador dos veces del Premio Stalin, una de la Orden de Lenin? ¿Héroe de la URSS? ¿Vicepresidente del Soviet Supremo? También, por qué no. ¿Y cómo pudo ascender a lo más alto en una época en que el estudio de la genética mendeliana era puntero en la Unión Soviética? En una palabra: política.



Trofim D. Lysenko. Fotografía: Cordon Press

Para empezar, y ojito con esto que si me lo discutes te llevamos de viaje sin billete de vuelta por los sótanos de la Lubianka, los genes son idealismo menchevique. Tal cual (10). La herencia de los caracteres adquiridos permite fijar la causa de la sociedad mejorada en los efectos de la revolución. Al igual que un cambio en las condiciones ambientales sacude los caracteres transmitidos por una planta a su descendencia, así la revolución agita la pesada carga del pasado burgués y crea hombres nuevos; cada ciudadano soviético, independientemente de su pasado genético, una vez que ha experimentado la mejora de la revolución, puede sentirse superior a los ciudadanos de los ambientes decadentes y burgueses. Y, además, los jerifaltes estalinistas del Politburó no entendían bien las complejidades de las teorías de Mendel —guisantes verdes, guisantes amarillos— y las prácticas de Lysenko parecían funcionar (11). Resultaba mucho más oportuno que este producto de la nueva ciencia soviética, sin ninguna relación con la comunidad científica y procedente de los campos de Ucrania, fuera el representante de la nueva ciencia. 


Los opositores de Lysenko empezaron a desaparecer. Demos unos cuantos nombres. En 1933 los genetistas Chetverykov, Ferry y Efroimson fueron enviados a Siberia. A alguna parte de Siberia. De Levitsky se sabe algo más, y se puede fijar geográficamente su lugar de retiro en un campo de trabajo del Ártico. En 1936, el genetista Agol fue «eliminado» por haberse convertido a —vaya, aquí lo tenemos otra vez— el idealismo menchevique. N. I. Vavilov, el mejor genetista ruso, respetado en el mundo entero, fue acusado de ser un espía británico y murió en un campo de concentración en 1942. Lo irónico del asunto es que todos ellos eran convencidos comunistas y defensores del sistema soviético (12). 

En la cumbre de su poder, en la conferencia de la Academia Lenin de Ciencias Agrícolas de la Unión (LAAAS) de 1948, durante un discurso de doce mil palabras que ningún asistente se atrevió a no premiar con el aplauso más enfervorecido, Lysenko tachó a cualquiera que siguiera la línea marcada por Mendel como «reaccionario, decadente, siervo del capitalismo y enemigo del pueblo». Siguiendo esta línea, Pravda publicó el 10 de agosto una larga carta de la Academia dirigida a Stalin: 

"Continuando el trabajo de V. I. Lenin, has salvado para el progreso de la biología materialista las enseñanzas del gran reformador de la naturaleza, I. V. Michurin, y, en presencia del mundo entero de la ciencia, has elevado la posición michurinista en biología como la única opción correcta y progresista en todas las ramas de la biología. ¡Viva la siempre avanzada ciencia michurinista! ¡Gloria al gran Stalin, líder del pueblo y corifeo de la ciencia que mira al futuro!"(13) 

Empezaron la llover las clásicas cartas públicas expresando arrepentimiento y reconocimiento de errores antimarxistas, remitidas por todo aquel científico que quisiera mantener una vida respetada, por no decir simplemente una vida. A partir de ese momento, ya sin tapujos de ningún tipo, la discrepancia con Lysenko y su versión de la teoría de los caracteres adquiridos fue prohibida formalmente hasta la muerte de Stalin. Es incalculable el daño que Lysenko ocasionó a la biología soviética en general y a la genética en particular. El daño que ocasionó a la enseñanza mediante la diseminación de puntos de vista pseudocientíficos. El daño que supuso a miles de familias; la difamación y el consiguiente despido de sus puestos académicos o de trabajo de investigadores hasta entonces respetados; el arresto y la muerte en no pocos casos. Pensemos en todo esto la próxima vez que veamos, impasibles, que el conocimiento científico queda bajo la tutela del poder político.




Trofim Lysenko dando un discurso en el Kremlin en 1935. Tras él (de izquierda a derecha) están Stanislav Kosior, Anastas Mikoyan, Andrei Andreev y el líder soviético, Joseph Stalin. Imagen: DP


_________________________________________________________________
(1) Tal es la fecha del calendario juliano que propuso como el primer día de este mundo el arzobispo de Armagh, en Irlanda del Norte, a mediados del siglo XVII. Los estudiosos de su figura sostienen que al dar con tan señalada fecha apuró su jarra de peltre —hasta hacía un momento rebosante de primitivo whiskey irlandés— la usó como mazo divino sobre la mesa del salón consistorial para reafirmar su postura, y por fin declaró solemne para sellar la cuestión: «Es ciencia».
(2) El núcleo duro de este casi literal edén de la fe cristiana lo componen los estados norteamericanos de Alabama, Georgia, Misisipi, Tennessee, Kentucky, Arkansas y las dos Carolinas, del Norte y del Sur.
(3) No resulta tan fácil seguir estas instrucciones; cada tomo de la última edición que ha publicado el Fondo de Cultura Económica de El Capital, de Marx, necesita un pequeño vehículo a motor dotado de un elevador para moverlo de la estantería a la mesa de estudio. Antes de manipularlo para pasar sus páginas, subrayar los pasajes más enrevesados (risas sofocadas) y no digamos ya prestárselo al camarada del pupitre de al lado que, a juzgar por la cantidad de canciones revolucionarias pasadas de moda que está tarareando, ya presenta claros síntomas del síndrome de abstinencia de literatura proletaria, es conveniente asistir con provecho al curso de prevención de riesgos laborales más puntilloso o, como preferirán definir algunos malvados capitalistas presentes en la sala, melindroso, que pudiera encontrarse en cualquier delegación sindical mínimamente seria.
(4) La D. es abreviatura de su patronímico: Denísovich.
(5) Bergson, Henri; L’ Évolution créatice, 1907.
(6) Kammerer, Paul; La herencia de los caracteres adquiridos, 1924.
(7) Si bien se suele asociar a Stalin con la colectivización y consiguiente represión de los agricultores y ganaderos soviéticos, Lenin también dejó clara su opinión al respecto unos cuantos años antes: «¡Terror masivo y despiadado contra los kulaks! ¡A muerte con ellos!».
(8) El trigo es un cereal de invierno; se siembra en otoño y se cosecha en mayo o junio.
(9) Ojo, latinajo. Vernus: de la primavera.
(10) Uno de los aspectos más interesantes del lysenkoísmo es el hecho de que una doctrina casi metafísica se impusiera al materialismo de la genética mendeliana. Un ejemplo: el genetista soviético H. J. Müller, premio nobel, quien tuvo que huir de la URSS por enfrentarse a Lysenko, en su libro Out of the Night sostenía, no sin razón pero de un modo aterrador, que una vez conseguida la igualdad en las condiciones sociales, sería posible utilizar la genética mendeliana para mejorar la salud e inteligencia del pueblo.
(11) Funcionaban, en efecto, debido al atraso de la agricultura soviética. Con unas hibridaciones iniciales y una selección rudimentaria —y aplicando, sin saberlo, los principios de Mendel— la mejora fue espectacular. La realidad es que la vernalización depende de los genes VRN1, VRN2 y FT(VRN3).
(12) Nombres y fechas sacados de dos artículos de H. J. Müller publicados en el Saturday Review of Literature, 4 y 11 de diciembre de 1948.
(13) Pravda, 10 de agosto de 1948. La traducción (del inglés) es mía. Donde escribo «reformador», la traducción al inglés emplea el término «remolder». Es la única duda seria que tengo. Donde escribo «corifeo», en la traducción al inglés figura «coryphaeus». Lo juro.

Publicado en www.jotdown.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Lo más visto...