miércoles, 17 de febrero de 2016

The Giver y la Utopía

Por Paula Albuerne

Hace tiempo, una amiga me enseño el trailer de “The Giver: el dador de Recuerdos”, una película, basada en un libro de Lois Lowry escrito en 1994, que hacía poco se acaba de estrenar en el cine. Al principio, lo que me pareció una película distópica más, me llamó completamente la atención y no pude evitar buscar información sobre el libro.

No tarde mucho en encontrar dicho libro, el cual había protagonizado una gran controversia en países como Estados Unidos, por su crítica a la utopía comunista, y por tratar temas como el suicidio o la eutanasia; así que, sucumbiendo a la curiosidad, decidí leer el libro.

El Dador de recuerdos nos presenta la historia de Jonás, un chico de once años que vive con sus padres y su hermana en una Comunidad. Esta Comunidad se nos presenta como un lugar perfectamente organizado, en el que se ha eliminado la guerra, el dolor y las diferencias. Esta sociedad está dirigida por los Ancianos, un grupo de expertos que estructuran la sociedad. Ellos deciden quiénes van a ser matrimonio, a cada uno de los cuales otorgan dos hijos (un chico y una chica) seleccionados por ellos, y también deciden qué trabajo dentro de la Comunidad tendrá cada uno de sus habitantes, según sus aptitudes.

Todo parece ser anormalmente perfecto, un mundo aparentemente justo, donde la gente no sufre y donde todo el mundo desearía vivir. Pero poco a poco nos damos cuenta que no es una sociedad tan idílica como parece. Los habitantes carecen de emociones o impulsos, porque están obligados a tomar cada mañana de toda su vida adulta una pastilla que las inhibe, y así evitar emociones profundas que pudiesen causar problemas y desorden en la sociedad, como el deseo, la ira o el amor; no padecen enfermedades, sufrimiento, dolor. Lo ven todo en blanco y negro, no distinguen ningún color, para así evitar ser distintos. Además tienen totalmente prohibido ir a lo que ellos conocen como Afuera, que es todo lo que queda más allá de los límites de la Comunidad. Jonás está a punto de llegar a los Doce (todos los niños llegan a esa edad en el mes de diciembre, puesto que ninguno de ellos tiene un cumpleaños para evitar la individualización de la persona), y es el momento de que lo destinen a un trabajo. Jonás es elegido como el próximo Receptor de recuerdos, la única persona de la sociedad que conserva los recuerdos de la humanidad (sus guerras, sus catástrofes, así como la música, los colores…), los cuales se los irá traspasando el Dador de Recuerdos (el antiguo Receptor), a la vez que le va mostrando como la sociedad en la que viven no es tan perfecta como han hecho creer a Jonás toda su vida.

Este libro nos hace plantearnos si es esa sociedad perfecta, deseada, que nos presentaba Tomás Moro en Utopía aquello a la que debemos aspirar. La Utopía es aquello que no tiene lugar, el deseo de ese mundo idílico, sin guerra, dolor, catástrofe… una corriente filosófica y de pensamiento, que, sin embargo, es solo razonablemente aplicable a la literatura, pues no deja de ser un género literario de ficción, un género que nos puede ayudar a explicar la realidad. Nos es extraño encontrarnos novelas, libros utópicos que nos narran está idealización y, en cierta manera, sátira de nuestra vida cotidiana. Eso está bien. Pero como todo pensamiento, la Utopía puede convertirse en perversidad; pues todo aquello que se limite a relatar, es literatura, e incluso brillante literatura, pero esta Utopía puede convertirse en tragedia cuando los autores, los lectores piensan que aquello que está escrito puede ser trasplantado, superpuesto a la realidad; incluso obligar a la realidad misma a encajar para que sea así. Cierto es que la Utopía de Tomás Moro era aquella en donde no había lucha de clases sociales, no esclavos, no se contempla algo circunstancial al ser humano como la envidia, la mezquindad, la pereza; todo es de todos, y todo es para el bien común. Pero el dejarse llevar por el deseo de utopía, el deseo de alcanzar un progreso, es dejarse caer en la irracionalidad: el creer estar a 30 milímetros de la Utopía, de alcanzar la infinita felicidad no solo para ti sino para los miles de millones de humanos que te precederán… siendo este el fin último, aniquilar a cien mil personas no es nada, doscientas millones tampoco pues sabes que al final de todo eso está el Paraíso en la Tierra.

Este libro nos hace una muestra clara de lo que los humanos debemos renunciar para poder llegar a ese relativo mundo perfecto, el renunciar a nuestra propia esencia misma (renunciar a nuestras emociones, recuerdos, placeres…) para vivir en una sociedad estática, donde no hay progreso ni retroceso, un presente eterno, en el cual la gente no se revela ante injusticia alguna pues ellos son educados para creer que no la hay. Todos se merecen lo mismo, todos reciben lo mismo; se renuncia a la justicia. Pues solo puede haber dicha justicia cuando cada uno recibe aquello por lo que ha luchado y se merece; la justicia es cruel, pero valga la redundancia, es justa; pues solo existe la igualdad entre iguales.

George Orwell en Rebelión en la Granja: “Todos los animales somos iguales, pero unos más que que otros”.

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