lunes, 22 de febrero de 2016

Hume (XII): ética y política.

Aunque a Hume se le conoce fundamentalmente como un empirista epistemológico, quien desmonta, desde presupuestos empiristas la metafísica cartesiana, también alberga su filosofía un programa positivo. Este programa es de carácter ético y puede resumirse así: Hume trata de introducir el método experimental en el campo de los temas morales y políticos, para hacer de la moral también una ciencia. 

La ética de Hume se inspira en el emotivismo de Hutcheson. Según esta teoría, las acciones deben ser valoradas en función del sentimiento de agrado o desagrado que generan. La ética no se puede fundar en la razón, sino en los sentimientos. La pasión, la emoción es lo que realmente mueve al hombre a obrar, y no los motivos aportados por la razón. La razón, por decirlo de otra manera, no puede determinar lo que es bueno y malo, puesto que ésta no obliga en absoluto a nuestra voluntad, mientras que tal distinción sí lo hace. Para él, las éticas fundadas en la razón o las que se autodefinen como “realistas”, cometen lo que después se ha llamado “falacia naturalista”: tratan de deducir el “deber ser” (la norma o el valor moral) a partir del ser (las cuestiones de hecho), lo cual es imposible. La razón nos puede informar de cómo es el mundo pero de un conjunto de enunciados fácticos no podemos inferir una valoración moral.

Hume piensa que la moral es fundamentalmente una cuestión de sentimiento. Entiende que el bien y el mal no son características intrínsecas de los actos, sino que corresponden con los sentimientos que albergamos respecto de estos actos. En la voluntad no gobierna la razón, sino que gobiernan los sentimientos. ¿Cual es el sentimiento que sirve de base a la moral? Hume nos dice que un sentimiento particular de placer y de dolor. Decimos que es diferente de los demás tipos de placer, y es conveniente diferenciarlo. Hay placeres corporales, como cuando bebemos un buen vino, placeres de tipo estético, cuando escuchamos una cierta melodía, y hay otro tipo que es el propiamente moral, que experimentamos en presencia de una persona o conducta virtuosa. El rasgo específico de este tipo de placer, es que se trata de un placer desinteresado; por ejemplo, podemos experimentar admiración y respeto por las buenas cualidades de un enemigo, aún sabiendo que éstas nos son perjudiciales. La moral parte del sentimiento que la virtud o el vicio causa desinteresadamente en nosotros.

La moral es, por tanto, una cuestión más de "sentir" que de "juzgar". La virtud suscita un sentimiento agradable, mientras que el vicio lo produce desagradable (este placer o dolor, no es cualquier placer, es de un tipo especial, como ya hemos destacado). ¿Y no cabe la posibilidad de que al guiarnos cada uno por nuestros sentimientos se produzca un desacuerdo general cuando haya que precisar qué es lo bueno y qué es lo malo? La respuesta a esta pregunta es que no: ante cualquier acción que tenga cierta trascendencia para los seres humanos todos tendemos a desarrollar los mismos sentimientos. Según Hume, todo ser humano califica como reprobable el asesinato, la violación y la tortura, y considera digno de elogio el heroísmo, la ayuda humanitaria o la compasión. Es algo así como una disposición innata, en virtud de la cual las acciones justas despiertan sentimientos de simpatía en nosotros, mientras que las acciones injustas producen rechazo y sentimientos de aversión. La única garantía de la moralidad es el sentimiento común de simpatía que suscitan las buenas acciones. Hume entiende a la razón como la esclava de las pasiones, que son las que, por así decirlo, marcan el rumbo de la ética.

Por último cabe encontrar en Hume un claro precedente de las tesis utilitaristas y consecuencialistas que serán muy difundidas en el siglo XIX: el sentimiento agradable que producen en nosotros las buenas acciones está directamente relacionado con la utilidad que reportan, una acción es buena en función de sus consecuencias. Lo que nos sirve además como criterio político. La fundamentación última de la política y de todas las decisiones que se toman en este orden es la utilidad que de ella se deriva para el ser humano. A la hora de detallar qué tipo de acciones proporcionan mayor utilidad nuestro autor destaca la práctica de la justicia, el respeto, la generosidad y la fraternidad (o solidaridad). Queda claro, pues, que la utilidad por la que aboga Hume no es una utilidad individual, sino colectiva. Esto se debe a la profunda convicción que también vertebra el pensamiento de nuestro autor de que un sujeto nunca podrá ser enteramente feliz si sus semejantes son desdichados. De este modo el poder político se legitima en la medida en que contribuya, con sus medidas, a aumentar la felicidad de los ciudadanos como afirmará de manera más rotunda un siglo más tarde el filósofo utilitarista John Stuart Mill.

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