viernes, 19 de febrero de 2016

Hume (X): la creencia como guía de la vida.

La propuesta de Hume es, en el fondo, una invitación a desistir de la certeza que tanto buscaban los racionalistas. La razón, viene a decirnos Hume, no puede proporcionarnos certezas, a no ser que estemos dispuestos a asumir de un modo acrítico conceptos de dudosa procedencia. El pensamiento del escocés sería, así, una invitación a abandonar la aspiración a un conocimiento seguro y a aceptar que nuestro conocimiento será siempre limitado, probable, con un grado de inseguridad. Hume nos invita, por tanto, a abandonar la razón para vivir según la creencia y la costumbre, que es, según sus palabras, “la guía de la vida”. La vida cotidiana está dirigida así, por una creencia: la de que la naturaleza se comportará en el futuro del mismo modo que lo ha venido haciendo hasta el presente.

La razón en nada nos puede ayudar para conocer cuestiones de hecho. Sólo la creencia, que nunca puede acompañarse de certeza, nos hace avanzar cuando nuestro conocimiento se basa en la experiencia. El conocimiento del mundo nunca podrá ser, en consecuencia, racional, seguro, objetivo, cierto. Será siempre empírico, inseguro, subjetivo, incierto o probable. Hume entiende la creencia como un “sentimiento” de tipo particular que acompaña a una percepción y se impone a la mente. Podría valer la siguiente definición: la creencia es un sentimiento que no depende de nuestra voluntad y que nos obliga a percibir un objeto de una manera diferente, anticipándonos al futuro o atribuyendo al objeto propiedades que no son directamente observables. La creencia se basa siempre en un hábito o costumbre mental, en una tendencia a confirmar una idea, acto u operación, sin que la razón pueda intervenir en ningún momento. La repetición de la experiencia acaba logrando que el sujeto se anticipe a la misma, lo cual termina siendo necesario para su supervivencia, pero sin que en esta anticipación exista un fundamento racional. Estas anticipaciones, al repetirse una y otra vez, pueden alcanzar casi la misma intensidad y la misma vivacidad que una impresión. Afortunadamente, diría Hume, nos dejamos llevar por la creencia, somos irracionales, pues si quisiéramos tener una certeza racional de todo lo que hacemos o conocemos quedaríamos condenados a la inactividad, a la pasividad más absoluta. La supervivencia del ser humano está ligada a que éste renuncie a la certeza absoluta en todo lo que hace, a que se deje llevar por un conocimiento limitado, probable, pues según Hume la misma naturaleza nos podría dar dos argumentos (ambos con resonancias biológicas) para actuar de este modo:
  1. Parece que hubiera una “armonía preestablecida” entre el curso de la naturaleza y el de nuestras ideas. Si las creencias funcionan, es porque, de algún modo, no son tan erróneas, sino que se ajustan, en mayor o menos medida, a la realidad. 
  2. La naturaleza ha logrado que el ser humano piense en términos causales de un modo instintivo. El hombre tiende a pensar según los esquemas causales, y aunque tales esquemas sean racionalmente incorrectos, nos ayudan a sobrevivir. La naturaleza, viene a decir Hume, ha hecho que el hombre se conforme con un conocimiento no estrictamente racional, no absolutamente cierto, pero efectivo.

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