miércoles, 3 de febrero de 2016

Descartes (VII): la res extensa.

La demostración de la tercera de las substancias, (el mundo físico) la va a realizar a partir de la idea de Dios: Dios es un ser perfecto y en virtud de su perfección no puede haber puesto en nuestra mente ideas que son puras ficciones, pues si hubiera hecho esto no sería perfecto, habrá tratado de engañarnos lo que le convertiría en un ser vil y mezquino y, por tanto, no sería Dios. En virtud de su perfección y su absoluta bondad, Dios no puede permitir que nos engañemos. Así queda descartada definitivamente la hipótesis de un dios engañador, de un genio maligno. Tal ser no puede existir porque la perfección de Dios conlleva su veracidad. Por lo tanto, si estoy firmemente convencido de la existencia de un Mundo exterior a mi mente, tal mundo efectivamente existe y así Descartes llega demostrar la existencia de una nueva realidad, una nueva substancia: el Mundo.

Descartes con este argumento no pretende justificar la existencia extramental de todas nuestras ideas; si esto fuera así, por el mero hecho de la bondad infinita de Dios, tendrían que existir en la realidad cosas tales como “unicornios”, “dragones”, “gnomos”, etc, puesto que tenemos ideas de estas cosas. En realidad el argumento que propone Descartes sólo se refiere a algunas de las ideas que tenemos en nuestra mente, a saber, las ideas claras y distintas, aquellas que resultan evidentes (y los unicornios o los dragones de colores no son ideas claras y distintas). La existencia de un Dios perfecto, no engañador, es la garantía de que las ideas claras y distintas1 son verdaderas, dicho de otro modo, Dios es el fundamento último del criterio de verdad cartesiano. (Muchos lectores de las “Meditaciones metafísicas” han señalado que en este punto Descartes parece caer en un círculo vicioso: podemos llegar a la demostración de la existencia de Dios si vemos con “claridad y distinción” que cada uno de los pasos que seguimos en la argumentación es verdadero. Pero, a su vez, la claridad y distinción como criterio de verdad para conocimientos que no son los del cogito, sólo queda suficientemente justificada si Dios existe.)

¿Cómo conozco las ideas claras y distintas? Mediante la razón, pues tales ideas son ideas innatas puestas en mí directamente por Dios, un Ser perfecto no engañador que me garantiza la verdad de las mismas. Entonces... ¿Cómo entender el error? Si nuestra razón está hecha a imagen y semejanza que la de Dios... ¿Por qué me equivoco? El error es producto de la voluntad, no de la razón: a menudo caigo en la precipitación (tomo por verdadero lo que no es evidente) y la prevención (me resisto y finalmente niego la verdad de una idea evidente); además no siempre me guío por la razón. La sensibilidad y la imaginación suministran multitud de ideas a mi espíritu (adventicias y facticias), estas no son ideas claras y causan constantes errores y equivocaciones. Por ejemplo, no existen las quimeras (ideas facticias producto de la imaginación) y tampoco existe, en sí mismo, de manera objetiva, el arco iris (idea adventicia producto de la sensibilidad). Si queremos alcanzar la verdad debemos apartarnos de estas fuentes de conocimiento, la sensibilidad y la imaginación, pues son poco fiables y guiarnos por la sola fuerza de la razón 

1 ¿Cuáles son de todas las que tenemos las ideas claras y distintas? Veamos un ejemplo: la idea de sol, por ejemplo es una idea compleja: no podemos estar seguros de que existe el color, la textura... pero si le quitamos todas esas cualidades que enturbian la idea, entonces nos queda una pura forma geométrica, una esfera. Estas son las ideas claras y distintas de las que habla Descartes, las ideas geométricas, las puras formas geométricas y las ideas matemáticas. Descartes construye un mundo puramente geométrico, que es el que corresponde a las ideas claras y distintas, el de la geometría. Decir realidades geométricas es lo mismo que decir “figuras”, y éstas no son más que “extensión” sin más. 

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