lunes, 25 de enero de 2016

La crisis de la Escolástica: Guillermo de Ockham.

El siglo XIV aparece como el final de una época histórica en que la escolástica constituye el movimiento dominante de la especulación filosófica. Duns Escoto y Guillermo de Ockham, aún estando muy influidos por el pensamiento anterior, ejercen una crítica del mismo, y aportan visiones propias y originales, que hace tambalear la solidez -sólo aparente- del edificio escolástico.

Guillermo de Ockham (u Occam) nace en Inglaterra y ejerce la enseñanza en Oxford. Pronto es acusado de herejía y llamado por el mismo Papa a Avignón que le somete a un largo proceso. Huye, y se pone bajo la protección del Emperador, entonces en lucha con el Papado. Sus obras son políticas, lógicas, físicas y teológicas. 

Parte de la defensa de la fe, y de la idea de libertad absoluta en Dios. Ockham reacciona hacia lo que considera extralimitaciones de la razón que ha invadido campos que no le corresponden y hacia las degradaciones de la teología que ha considerado demostrables por la razón verdades exclusivas de la fe. 

Hace una doble crítica: a la Filosofía y a la Teología. En cuanto a la Teología, afirma el poder y libertad absoluta de Dios. Por lo que respecta a la Filosofía, niega todo aquello que pueda coartar o limitar ese poder, como las Ideas o los universales. 

Defiende una simplificación del proceso cognoscitivo y admite un cierto conocimiento abstracto, pero se inclina abiertamente en favor de la intuición. Defiende su famosa idea del principio de economía (navaja de Ockham1). 

Guillermo de Ockham es considerado el último autor destacado de la escolástica y el precursor de la Edad moderna: afirma taxativamente la imposibilidad de mantener un acuerdo equilibrado entre filosofía y teología. La suprema ley moral es la voluntad de Dios, quien cuanto más libre es para elegir, más Dios es. Si todo participa de la necesidad de la naturaleza como quería la filosofía, Dios mismo quedaría atado y no podría intervenir en el mundo. La filosofía con esto, a pesar de perder importancia en relación a la teología, recupera su libertad porque al abstenerse de plantear cuestiones teológicas puede centrarse en problemas epistemológicos que estarán en la base de una nueva época: la Filosofía Moderna.


1 Esta expresión designa el principio metodológico de exigencia de simplicidad elaborado en el siglo XIV por Guillermo de Occam, según el cual no deben multiplicarse los entes sin necesidad. Se conoce también como principio de economía del pensamiento. La denominación de navaja de Occam apareció en el siglo XVI, y se añadía que mediante esta navaja, Occam «afeitaba las barbas de Platón» ya que de su aplicación se obtenía una notable simplicidad ontológica, por contraposición a la ontología platónica que «llenaba» su ontología de entidades (además de los entes físicos, Platón admitía los entes matemáticos y las ideas, en una abigarrada ontología). Desde una perspectiva ontológica, pues, la aplicación de este principio permitió a Occam eliminar muchas entidades, a las que declaró como innecesarias. De esta manera se enfrentó a muchas tesis sustentadas por la escolástica y, en especial, rechazó la existencia de los universales rivales con el mismo poder explicativo, la mejor es la más simple ya que es inteligibles como intermediarios en el proceso del conocimiento. En tanto que principio de simplicidad también es conocido como principio de economía, y defiende que el mejor orden es el que realiza el máximo resultado con un mínimo esfuerzo (nombre que a veces también se aplica al principio de economía). De ahí se infiere la tesis epistemológica según la cual, de dos teorías más fácil refutarla o contrastarla. Tanto Leibniz como Kant insistieron en esta preferencia por la simplicidad. En la Crítica de la razón pura, Kant subraya la importancia de este principio en el contexto del uso regulador de las ideas. Este principio también fue altamente valorado por los empiriocriticistas Mach y Avenarius, quienes lo adoptaron bajo el nombre de principio de economía del pensamiento. También la actual filosofía de la ciencia lo sigue valorando en la formulación de las teorías. 

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