miércoles, 20 de enero de 2016

El experimento de Stanford

Por María Hernández

«La línea entre el bien y el mal es permeable y casi cualquiera puede ser inducido a cruzarla cuando es presionado por fuerzas situacionales.»

Un tranquilo domingo de agosto por la mañana, en Palo Alto, California, un coche de la policía realizó una incursión por la ciudad y detuvo a estudiantes universitarios como parte de una redada por la violación de los artículos del código penal 211, atraco a mano armada, y 459, robo. Se detuvo a los sospechosos en su casa, se les leyeron los cargos de los que se les acusaba, se les advirtió de sus derechos legales, se les puso contra el coche de policía con las piernas abiertas, y se les registró y esposó, a menudo ante la mirada de curiosidad y sorpresa de los vecinos. Metieron a los sospechosos en la parte posterior del vehículo policial y los llevaron a comisaría con las sirenas a todo volumen.

Los sospechosos, 24 hombres jóvenes sanos y de clase media, fueron reclutados como participantes a cambio de una paga.  Los guardias tenían prohibido hacer daño a los reclusos y su función se reducía a controlar su comportamiento, hacer que se sintieran incómodos, desprovistos de su privacidad y sujetos al comportamiento errático de sus vigilantes.

El primer día no ocurrió nada remarcable, sin embargo, la segunda mañana se produjo una rebelión de los prisioneros que los guardias consiguieron sofocar y “contraatacaron” con medidas especiales que consistían en la humillación y vejación de los prisioneros. Tan sólo a las 36 horas uno de los presos sufrió un colapso emocional y tuvo que ser liberado del experimento, hecho que sucedió a más prisioneros en los días sucesivos. El experimento que debía tener una duración de dos semanas, tuvo que ser suspendido antes de tiempo, como según cuenta el propio Zimbardo, una estudiante recién doctorada ajena al experimento, fue quien llamó su atención al incriminarle lo cruel y despiadado que era éste al visualizar imágenes de los presos, obligados a andar con bolsas en la cabeza y las piernas encadenadas por los pasillos de la prisión ficticia. 

Curiosamente, ninguno de los prisioneros quiso abandonar el experimento antes de tiempo, aunque se les dijo que se les iba a negar el pago por su participación. Los prisioneros se institucionalizaron muy rápidamente y se adaptaron a sus funciones. Zimbardo entendió que el experimento demostró cómo las personalidades individuales de las personas podían verse tapadas cuando se les daba puestos de autoridad. Los factores sociales e ideológicos también determinaron el comportamiento de ambos grupos, en donde los individuos actuaron de la manera que ellos pensaban que debían actuar, en lugar de utilizar su propio juicio.

En este vídeo el propio Zimbardo, director del experimento, nos explica lo sucedido:



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