sábado, 30 de enero de 2016

Descartes (III): la duda metódica

Encontrar una realidad de la cual no se pueda dudar, este es el objetivo de Descartes. Para ello el francés aplica lo que denomina una “duda metódica” a todos los presuntos conocimientos verdaderos para determinar si, entre ellos, podemos encontrar una verdad firme, incuestionable, que sirva de base para la formulación de una nueva metafísica. En este proceso, Descartes no solo descartará y apartará de su camino las ideas falsas, sino también las verdaderas, en la medida en que puedan ser puestas en duda. Por ello la duda cartesiana es universal. 

¿Es Descartes un escéptico? En cierto modo si, pero se trata de un escepticismo positivo. Descartes duda de todo, pero la duda es un punto de partida, no de llegada, el objetivo será encontrar un conocimiento universal y necesario en el ámbito propio de la metafísica de la misma manera que ya Euclides lo había logrado en el terreno de la geometría. Por ello la duda es provisional. Es clara aquí la aplicación del método deductivo: Descartes lo que quiere es encontrar una realidad simple sobre la que construir todas las demás realidades, que serían verdaderas, pero no simples; del mismo modo que la geometría opera con puntos, líneas y curvas construyendo figuras. Por ello la duda es metódica.

Por último Descartes se cuidará mucho de ejercer su duda allí donde su aplicación puede resultar molesta e incluso peligrosa: en el ámbito de la moral y la religión. En el Discurso, y posteriormente en las Meditaciones, solo se someten a duda las proposiciones fácticas, (las que hablan de hechos y no de valores) mientras que para los asuntos práctico-religiosos Descartes recomienda la moral provisional. Por ello la duda cartesiana es teorética. 

Puesto que queremos encontrar algo claro y distinto, algo de lo que estemos completamente seguros, ¿cómo habremos de operar para encontrar esto? la respuesta está en la segunda regla del método, el análisis: dividir el problema en sus elementos simples y analizarlos por separado; por tanto, Descartes, va analizando por separado los distintos conocimientos que tenemos para asegurarnos de que podemos estar seguros de ellos o debemos rechazarlos. Obviamente no podemos analizar y someter a duda todos y cada uno de los conocimientos e ideas que tenemos, así que resuelve agrupar los saberes atendiendo a la fuente de conocimiento.

A. El conocimiento sensible: primero duda del conocimiento que nos proporcionan los sentidos. ¿Realmente podemos fiarnos de lo que vemos, oímos, tocamos? o ¿hay motivos para dudar de la verdad de este conocimiento? La respuesta de Descartes es tajante: los sentidos es un conocimiento muy poco fiable luego debemos rechazarlo. El conocimiento sensible es sometido a la duda en base a dos argumentaciones distintas: 

En primer lugar: sé que los sentidos me engañan en alguna ocasión como, por ejemplo, cuando percibo pequeños objetos inmensos que están muy lejanos, como el Sol o las estrellas, o como por causa de la refracción de la luz percibo que un bastón que está parcialmente sumergido en el agua parece estar quebrado, luego... ¿cómo puedo estar seguro de que no me engañan siempre? De lo que me ha engañado una vez no me fiaré, concluye Descartes. 

En segundo lugar: El argumento anterior me previene que no debo tomar por verdadero todo conocimiento que venga de los sentidos, pero la experiencia es algo más que un conjunto de datos que llegan a mí a través de los sentidos: Soy consciente de tener un determinado cuerpo, de estar rodeado de otros seres humanos, de tener una profesión, de vivir en una ciudad etc ¿no es esto algo necesariamente verdadero? ¿existe alguna razón o argumento bajo el cual yo puedo poner en duda toda la experiencia? Descartes encuentra un argumento en la conocida como hipótesis del sueño: si somos en ocasiones incapaces de distinguir entre el sueño y la vigilia ¿cómo estar seguro de que las representaciones que tengo del mundo no son también un sueño? ¿no es acaso cierto que alguna vez he permanecido en un estado de duermevela donde no estoy seguro de estar despierto o soñando? ¿no podría ser toda la vida que yo considero real un sueño como había afirmado Calderón de la Barca? Nótese que Descartes no necesita demostrar que el mundo de la vigilia no es real, le basta con señalar que no disponemos de criterios claros que nos permitan distinguir sin duda alguna la diferencia entre el sueño y la vigilia. La más mínima duda es suficiente para descartar la pretendida verdad que se esta analizando, en este caso la existencia del propio cuerpo y de un mundo exterior a la conciencia. 

B. El conocimiento matemático: Primeramente se rechaza el conocimiento empírico. Pero hay conocimiento que no procede de la experiencia, pues lo tenemos sin necesidad de acudir a nuestros sentidos; y éste, nos dice Descartes que es el más claro y evidente que tenemos. Tal es, por ejemplo, el conocimiento de las matemáticas. No tenemos el conocimiento de los números, o las figuras geométricas mediante los sentidos, luego aquí la hipótesis de que los sentidos nos engañasen respecto de nuestro conocimiento, es, del todo inoperante. El conocimiento matemático resiste las dos dudas a las que sometía Descartes al conocimiento sensible: 
  • por un lado, el conocimiento de las matemáticas nunca nos engaña luego no hay motivos para dudar de él.
  • En segundo lugar, también resiste la prueba del sueño ya que un polígono regular, o un cuadrado, o, el ejemplo que pone Descartes, 3+2=5, es siempre verdad aún cuando estamos soñando. Podemos fiarnos de las matemáticas incluso cuando estamos dormidos. 
Cabría pensar que Descartes en este punto de su argumentación ha encontrado ese conocimiento verdadero del cual no podemos dudar, al que pretendía llegar. Si fuera así, la filosofía de Descartes no sería diferente a la filosofía de los pitagóricos (que defendían que la realidad no son más que números). Sin embargo esto no es así, también podemos dudar de la veracidad de las matemáticas. 

En el Discurso del método, Descartes se limita a decir que como algunas veces nos equivocamos con los razonamientos matemáticos, esto sería suficiente para dudar de toda la matemática. Es evidente que el argumento no es demasiado convincente pues en ese caso el error es producto de la precipitación al no haber respetado alguna regla o precepto, pero si nos tomáramos tiempo y nos asegurásemos de que todos los pasos son correctos la conclusión sería necesariamente verdadera. Por ejemplo: cuando realizo una operación aritmética me puedo equivocar pero ello no descalifica a la aritmética en su conjunto, si repito la operación cuidadosamente el resultado será necesariamente el correcto. Si Descartes quiere que dudemos de la veracidad de las matemáticas deberá presentar un argumento más contundente y esto es lo que hará en las Meditaciones metafísicas (1641) al presentar la hipótesis del Dios engañador (Deus deceptor) o genio maligno(1). Según Descartes, no podemos estar seguros de que tales ideas no sean producto de un dios engañador o genio maligno que las ha puesto en nuestro entendimiento para confundirnos. 


1 En un principio, en las “Meditaciones Metafísicas” Descartes no habla de genio maligno, sino de “Dios engañador”, una especie de dios a lo Ockham, como ha señalado Gómez Pin, que estaría por encima de la lógica y que, por lo tanto, podría, por obra de su omnipotencia divina, hacernos creer en unas verdades que ante nuestros ojos serían de manera absolutamente evidente, pero que no tendrían por qué serlo. Sin embargo, el propio Descartes se da cuenta de que hablar de un “dios engañador” puede resultar muy conflictivo e irreverente, por lo que opta por la idea de Genio maligno. Por otro lado Guthrie sostiene que el genio maligno no es más que un recurso retórico que en ningún momento Descartes se toma demasiado en serio, el objetivo sería crear un clima de tensión para que el cogito apareciera en el momento más insospechado, cuando parece que ya no puede haber nada cierto. En cualquier caso lo importante es destacar que Descartes no cree realmente que existan diosecillos o genios que gastan su tiempo en engañar a los humanos. 

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