viernes, 22 de enero de 2016

Aristóteles (XVI): la polis

Grecia vivió en unos pocos años una experiencia política intensa y variada. Las ciudades griegas, por mor de su relativa independencia, experimentan los más distintos regímenes políticos: monarquía, aristocracia, democracia, con todos sus grados intermedios y sus formas degeneradas: tiranía, oligarquía, demagogia. Si consideramos este ambiente como un rico laboratorio político, no nos extraña que los pensadores griegos fijaran su atención en el mundo político y que alcanzaran gran madurez en sus teorías sobre el mismo. (La filosofía de Platón es un buen ejemplo de esto). 

En Aristóteles, como hemos podido ver al tratar su ética, la reflexión sobre el bien y la felicidad del individuo deriva necesariamente en la cuestión del bien y de la felicidad generales, de modo que la ética como estudio de la conducta individual orientado a la felicidad se subordina a una ciencia más alta: la política, calificada en la Ética a Nicómaco de ciencia fundamental. 

Origen de la sociedad.

Aristóteles afirma que EL HOMBRE ES POR NATURALEZA UN ANIMAL POLÍTICO (O SOCIAL). Esta tesis, al poner el origen de la sociabilidad humana en la naturaleza, esto es, en algo más hondo que la conveniencia del agrupamiento entre las personas, es una tesis contraria al convencionalismo de algunos sofistas (como Licofrón), que proponían la teoría del pacto social. La sociedad brota de la misma naturaleza humana. Para comprender esta afirmación hay que tener presente el carácter teleológico del pensamiento aristotélico: en la naturaleza de cada cosa hay una tendencia a alcanzar su propia perfección, en la cual consiste su bien. Ahora bien, el hombre no puede alcanzar su perfección en aislamiento, porque el individuo aislado no se basta a sí mismo. Por esta razón se agrupa en comunidades: LA FAMILIA, LA ALDEA, LA POLIS. 


La ciudad, la polis, es el telos de la evolución de las distintas formas de comunidad, y si bien es posterior históricamente a éstas, es más perfecta y por eso tiene prioridad lógica y ontológica: la ciudad -dice Aristóteles en la Política- es por naturaleza anterior a la casa y a cada uno de nosotros, porque el todo es anterior a la parte; de la misma forma que sin la referencia al cuerpo humano (el todo) el pie o la mano (la parte) no son nada. Es evidente pues que la ciudad es por naturaleza anterior al individuo, porque el individuo separado no se basta a sí mismo, es como una parte separada del todo. Por ello Aristóteles afirma que el que no puede vivir en sociedad, o no necesita de nadie por su propia suficiencia, y no es miembro de una sociedad, no es un hombre, sino una bestia (menos que un hombre) o un dios (más que un hombre). 

Por tanto, la ciudad es la totalidad que realiza el ideal de autarquía que el individuo por sí solo no puede alcanzar (Aristóteles, consecuentemente, rechaza el proyecto imperial de Alejandro Magno). Cada nivel de asociación (familia, aldea y ciudad) tiene su telos específico. La familia busca perpetuar la especie, la aldea busca satisfacer las necesidades cotidianas, y la ciudad, que tiene la finalidad más alta, existe para la consecución de una vida plena y feliz.

Relación entre la ética y la política

Así pues, el fin de la polis no radica sólo en satisfacer las necesidades materiales (para eso basta la aldea) sino en la vida buena, es decir, la vida feliz de la comunidad. No sólo se han asociado los hombres para vivir, sino para vivir bien. Ese buen vivir no hay que entenderlo sólo como vida cómoda y opulenta, sino como una vida completa, virtuosa, o sea, conforme a la razón. De lo cual se deriva que la ciudad debe ocuparse de la virtud; la política revierte sobre la ética: así como el fin de la ética, la vida feliz, apunta a la política como al único ámbito donde es realizable, el fin de la política no es otro que el propio fin ético: la vida buena de los ciudadanos. 

Por otro lado, del bien común, que es el fin específico de la comunidad política, queda excluida la mayor parte de los individuos que componen la ciudad, pues en realidad sólo pueden aspirar a él los ciudadanos libres (y no eran tales, para Aristóteles y para su época, las mujeres, los metecos, los esclavos, los artesanos, los labradores, los mercaderes). Solamente los que poseen suficiente riqueza para no tener que gastarse en el trabajo y disponen de tiempo y de ocio para consagrarse a las actividades superiores de la virtud (virtudes dianoéticas) son tenidos en consideración, tanto en la Ética como en la Política aristotélica. Con que, lamentablemente, el bien común de la ciudad se reduce al bien de una clase particular, y el fin de la comunidad política consiste en hacer posible la vida contemplativa de unos pocos.

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