miércoles, 20 de enero de 2016

Aristóteles (XIV): la felicidad.

Aristóteles es el creador de la disciplina filosófica de la ética, más aún que Sócrates y Platón. Le dedicó a la cuestión varias obras, entre las que destaca por densidad y profundidad la Ética a Nicómaco. Lejos de proponer un bien trascendente, como había hecho Platón, Aristóteles intenta esclarecer los fines inmanentes a las acciones humanas, con vistas a ordenarlos y a subordinarlos al fin supremo de una felicidad a la medida del hombre, alcanzable en el mundo de la vida general. En su investigación, Aristóteles superará también el exagerado intelectualismo moral que parte de Sócrates, al resaltar el lazo existente entre la inteligencia y los aspectos no intelectuales de la conducta, como la pasión y la fuerza de voluntad. 

Aristóteles, contrapuesto una vez más a Platón, niega la trascendencia del bien o la forma universal del bien. El Bien, como el ser, se dice de muchas maneras... Nadie busca el bien en sí, sino su propio bien. Pues el bien propio de cada ser está determinado por las posibilidades de su naturaleza. Llegar a ese bien es justamente el sentido de la actividad de cada ser, pues bien y fin (telos) coinciden. Toda tarea, toda investigación y del mismo modo toda acción y toda elección tienden hacia algún fin o bien; por esto se ha dicho con razón que ”el bien es aquello a que tienden todas las cosas” (dice Aristóteles en la Ética a Nicómaco). 

Aristóteles insiste en el carácter intencional (la tendencia a un fin) de la vida humana. La cuestión del sentido de lo que hacemos y de lo que nos pasa es universal: todos tenemos necesidad de encontrar sentido. Una conducta o una situación carentes de sentido (sin un porqué, sin finalidad) es absurda e insostenible. La acción tiene forma intencional: en cada acción nos proponemos algo. Ahora bien, los propósitos están relacionados entre sí jerárquicamente, se subordinan unos a otros. El fin de poner el despertador es venir a clase, el fin de venir a clase es aprender, el fin de aprender es ¿aprobar? ¿madurar? ¿ser culto? ¿trabajar?...Y así sucesivamente: ¿para qué ser culto? ¿para qué trabajar? Hay fines más importantes que otros, a los cuales éstos se subordinan, lo que se ve sobre todo en caso de conflicto entre propósitos. A veces queremos o nos proponemos cosas contradictorias: ser justos y llevarnos bien con todo el mundo, el placer y la fidelidad, etc., donde se plantea la exigencia de establecer un orden de los fines... Pues bien, según Aristóteles, para que este orden en las cosas de la vida sea completo, ha de haber un fin final -valga la redundancia- algo que queremos por sí mismo y a lo cual debe ordenarse y subordinarse todo lo demás. Si, por el contrario, todo se hiciera con vistas a otra cosa, se actuaría en el vacío; la vida considerada como una unidad carecería de sentido, por lo mismo que carecería de orden. 

Pues bien, ¿cuál es el fin o bien supremo de la vida humana? Todo el mundo está de acuerdo: es LA FELICIDAD. Lo que se quiere absolutamente por sí mismo y ya no se quiere por otra cosa, es impostergable e insubordinable, es la felicidad. (Felicidad se dice en griego eudaimonia, razón por la que la posición ética de Aristóteles se conoce como eudemonismo). Ahora bien, el acuerdo sobre el fin supremo parece referirse sólo al nombre, pues la felicidad se hace consistir en cosas muy diversas, de modo que no hay acuerdo en torno a qué camino conduce a la felicidad. Los más (pero no Aristóteles) ponen la felicidad en algunas de estas tres cosas: riquezas, honores (fama) y placeres. Aristóteles mostrará que éstos no son verdaderos caminos a la felicidad. ¿Y cómo ha de hacerlo? Mostrando que tales cosas no pueden ser buscadas o queridas por sí mismas. Las riquezas no pueden ser queridas por sí mismas, pues precisamente son un instrumento, un medio (¿qué es el dinero? Un puro medio. Hay quien no desea más que el dinero, ¿y qué es tal? Un trozo de papel, unos números). Aristóteles lo dice de un modo afortunado: “las riquezas no tienen ningún valor si no se comparten con los amigos...” Lo mejor de las riquezas es que sirven para ser generosos. En cuanto a los honores (el reconocimiento de los demás, que no es el amor y la amistad, sino algo más exterior y más público), no valen nada si no van unidos al mérito, a lo valioso. Quien busca el reconocimiento ajeno por encima de todo, lo más fácil es que no tenga tiempo para hacerse digno del mismo. Igualmente, el placer no puede ser perseguido como el fin último, pues es inseguro e inconstante. El placer es como un adorno del bien, algo que se sobreañade como un premio o como una corona al bien: pero si se separa de éste y se busca por encima del mismo, entonces se convierte en algo indigno. Pues bien, si algo que no es o no debe ser más que un medio o algo superfluo (como riquezas, honores, etc.) es buscado como lo fundamental, entonces la conducta está mal ordenada, y de una conducta así no puede seguirse la felicidad. Entonces, ¿qué ha de conducir a la felicidad? Sólo cabe responder a la pregunta y acabar con la disputa sobre qué da la felicidad, si se determina cuál es la actividad propia del hombre en cuanto hombre (no en cuanto ser vivo, o en cuanto pintor, o en cuanto español), porque para Aristóteles la felicidad tiene que ser el resultado del correcto desempeño de lo que es propio. La excelencia o perfección de la actividad propia de cada cosa se dice en griego arcaico areté, que fue traducido por virtud. (En griego significaba algo más general que el término posterior de virtud. Cualquier cosa puede tener areté: la virtud (areté) de un bolígrafo es escribir bien, la de un árbol es dar buen fruto...). Ahora bien, lo propio del hombre ¿qué es? La razón, la inteligencia, como se dice en su definición esencial: el animal racional. Así pues, el hombre será feliz si se determina con virtud, es decir, con excelencia, conforme a la razón. Tenemos así que en Aristóteles el estudio de la felicidad se convierte en el estudio de la virtud del hombre, es decir, de lo que le corresponde en tanto es racional.

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