domingo, 19 de julio de 2015

El vivir que es perdurable.

Porque no hay más calor que el estallido brevísimo del fuego 

y su instante de luz,
ni más caricia que la primera caricia de unas manos
que alimentan eternas el recuerdo. Porque vivir empieza en el mismo momento en que advertimos 
su ser resbaladizo despidiéndose,
dejando nuestro cuerpo en la cuneta, adiós con el pañuelo de las horas asido. 
Porque apenas el canto de nuestra voz transforma
el acento en quejido, la música en lamento
y ya se fue.
Porque hoy estoy aquí con vosotros, hundida en cada ojo 
que me lee, vertida entre los versos, 
lengua caliente que pronuncia y que lame,
corazón que bombea y que se expande y luego... nunca,
nunca más que mi hueco entre silencios, su ausencia sin suspiro. 
Porque percibo y toco, porque siento y escucho,
porque advierto el aroma y convoco en mis párpados
la esquividad del mundo, el aleteo frágil
del amor, la alegría...
porque no tengo esperanza de volver otra vez,
de construir otra vez esta jaula impaciente
de carne y sentimiento, valiosa en cuanto mía.
Porque tenemos alas más leves que los sueños
que no logran izar nuestros huesos cansados.

Porque cada palabra nace muerta cuando abrimos su urna
y el poema recoge su cadáver
sin alma,
su perfume perdido.


Pilar Blanco Díaz, Mar del Silencio.


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