lunes, 11 de enero de 2016

¿Todas las opiniones deben ser respetadas?


Si hay una opinión que ha calado en nuestros días es la de que todas las opiniones deben ser respetadas. Cuando pides a alguien, a un alumno por ejemplo, que justifique porqué piensa de determinada manera sobre un tema, escuchamos a menudo la manida expresión.

Pero si en verdad todas las opiniones valen lo mismo, entonces no tiene sentido argumentar, ni esforzarse por encontrar sólidas razones. Los que consideran que todas las opiniones son igual de respetables a menudo esconden su incapacidad para dar razones a favor de su punto de vista. Se esconden en un equívoco, en una confusión: es obvio que toda persona, por el mero hecho de serlo, debe ser respetada, pero no es, en absoluto obvio que todas las opiniones merezcan ser respetadas. Es más, el que se escuda en el dicho suele sostener opiniones que no merecen ser respetadas.

La tolerancia es una virtud democrática que, como tal, se ejerce en un marco democrático. Pero la democracia no es el “todo vale”, la democracia implica participar en un conjunto de valores tales como la libertad, la igualdad, la tolerancia, la racionalidad, la justicia, etc. Quien sostiene opiniones contrarias a estos valores (opiniones sexistas, xenófobas, fascistas, racistas...) se sale del marco democrático y sus opiniones no son, al menos no deberían ser, toleradas.

Quien sostiene opiniones “inofensivas” pero no da razones en su favor está en desventaja ante otra persona que da una opinión argumentada en sentido contrario, pues suponemos que todos somos seres racionales y dominamos el logos y si no somos capaces de dar razones puede ser porque no las hay. En todo caso el diálogo racional exige la confrontación de argumentos. La opinión triunfante es mejor que la otra siempre que el diálogo se haya desarrollado de manera limpia, sin coacción, bajo la única fuerza de la razón.

En conclusión: no todas las opiniones son iguales y no todas deben ser respetadas. No deben ser respetadas aquellas opiniones contrarias a los valores democráticos que la mayoría compartimos y es superior aquella opinión que está mejor argumentada, que puede presentar más y mejores razones en su favor. Por ello la necesidad de argumentar, y de argumentar bien, nos afecta a todos, sea cual fuere la función o la profesión que desempeñemos en el seno de la sociedad.

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