viernes, 5 de junio de 2015

Teorías éticas (XII): el existencialismo de Sartre

El existencialismo es una corriente filosófica que aparece en el siglo XX en Europa en el periodo de entreguerras (entre al 1ª y la 2ª Guerra Mundial). La falta de ideales y la desorientación general hace volver de actualidad la eterna pregunta: ¿Qué es el hombre? El más reconocido de los existencialistas, Jean Paul Sartre comienza su reflexión tomando como punto de partida la perdida de la fe religiosa. Los hombres ya no creen en Dios, como Nietzsche afirmaba “Dios ha muerto”, y con él han perecido las ideas y los valores absolutos. Así pues el hombre moderno se encuentra en un mundo vacío de valores donde la vida no tiene ningún sentido: no hay nada ni antes, ni después de nuestra existencia, estamos solos, desamparados. Este es el triste diagnóstico que Sartre hace del hombre y el mundo moderno.

El hombre es, en primer lugar existe, es arrojado al mundo. Posteriormente se convierte en un tipo de persona o en otro. De ahí la frase de Sartre: “en el ser humano la existencia precede a la esencia”. Como no hay valores absolutos que exijan ser obedecidos, todo depende de nuestra voluntad. La esencia del hombre es la libertad. Dice Sartre: “estamos condenados a ser libres”, esto quiere decir que debemos elegir el tipo de persona que queremos ser y lo tenemos que hacer desde la mas absoluta libertad, pues no hay bien o mal, nosotros creamos valores y nos comportamos conforme a ellos.

Así pues Sartre no propone nuevos valores morales, más verdaderos o justos que los anteriores, sino que la filosofía existencialista supone una aceptación de la libertad humana y una llamada a la responsabilidad: somos responsables de lo que somos, del tipo de persona en el que nos hemos convertido, pues no somos más que la suma de nuestros actos, el resultado de sucesivas elecciones. Pero también, y esto no es tan evidente, de la humanidad entera, pues como Dios no existe la única referencia son las personas. Cada uno de nosotros es un modelo de persona que exponemos de manera pública. Es como si dijéramos “miradme, así soy y así deberíais ser vosotros”

Por ello, la única recomendación posible es que debemos comprometernos. Si, por ejemplo, aspiramos a un mundo justo y solidario, debemos propiciar los valores de la justicia y la solidaridad desde nuestra propia vida, a partir de todos y cada uno de los actos cotidianos que conforman nuestra vida. Si por el contrario estimamos que la libertad y la independencia son los valores supremos debemos ser coherentes con nuestra elección y no manipular, ni coaccionar a otras personas. Lo contrario es ser hipócrita: pregonar unos valores y comportarse de forma opuesta. Como el cristiano que se comporta de forma mezquina con sus semejantes (en lugar de poner en práctica el amor al prójimo) o el marxista que se comporta como un pequeño tirano en su entorno familiar (en vez de propiciar la igualdad) o el kantiano que utiliza dos varas e medir, una para él y otra para los demás.

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