lunes, 1 de junio de 2015

Teorías éticas (VIII): la moral kantiana



En la época moderna, a partir del siglo XVI se producen en Europa una serie de cambios muy profundos en lo económico, en lo social y en lo político. Además, la religión deja de ser la ideología dominante. El estado se independiza de la iglesia y la razón de la fe. De la concepción teocéntrica medieval –en la que todo gira alrededor de Dios- se pasa a una concepción antropocéntrica y el ser humano adquiere valor por sí mismo, convirtiéndose en el centro de la política, la ciencia, el arte y la moral.

La confianza en el poder de la razón para conocer la naturaleza y reorganizar la sociedad se extiende en el siglo XVIII a todos los campos de la actividad humana: es el siglo de la razón, de las luces o siglo de la Ilustración.

Immanuel Kant, un filósofo alemán que vive entre los años 1.724 y 1.804, vive plenamente los ideales de la ilustración. Considera que los hombres han vivido hasta esa época en una minoría de edad, sin ejercer su libertad y sometidos a la presión política y de conciencia o religiosa. Frente a esa situación propone como lema pensar siempre por sí mismo y este es para él el espíritu de la ilustración. Pensar por sí mismo consiste en buscar el fundamento de todo en la razón. Sólo de esta forma el ser humano se libera de la superstición y puede ejercer su libertad.

La libertad humana es una facultad que debemos ejercer en todos los ámbitos de la vida, también el terreno de la moral. Hasta Kant el cristianismo pregonaba que la razón fundamental para hacer el bien era escapar a las penas del infierno. Pero esto era inaceptable para Kant: el ser humano ha de actuar como un soberano, no movido por el miedo o bajo amenazas. Los hombres recuperan su dignidad cuando deciden por si mismos, de manera racional, lo que pueden o no pueden hacer.

Kant propone una moral autónoma, es decir, que el hombre es soberano y ha de decidir, de manera racional, como debe comportarse, lo que está bien y lo que está mal. Es la razón humana quien determina la acción moral, no el miedo al infierno o el deseo de placer. Así recuperamos la libertad y la dignidad; de la otra forma el hombre actúa como un menor de edad que solo entiende el deber moral en términos de premio y castigo. Pero la moral es otra cosa: consiste en imponerse la ley moral a uno mismo. De esta manera nos liberamos de la esclavitud porque no obedecemos más que a nosotros mismos y, por otra parte, nos diferenciamos de los animales, pues la razón pone límites a los apetitos y a los deseos.

Debemos pues ser autónomos, darnos a nosotros mismos la ley moral, pero...¿en qué consiste la ley moral? ¿cómo estar seguros que nos hemos dado la ley adecuada? ¿todos los humanos se someten a la misma ley o cada uno se da la ley que más le convenga?

Vamos por partes. Según Kant la moral no consiste en la búsqueda de la felicidad tal y como había establecido Aristóteles y esto sea lo que fuere lo que se entienda por felicidad, el placer, la tranquilidad, la vida de ultratumba etc. Cada uno entiende la felicidad de diferente forma, por lo que es imposible establecer una serie de normas comunes que no serían otra cosa que medios para conseguir fines diferentes. Es imposible: si los fines son diferentes, entonces, necesariamente, los medios (las normas morales) también serán diferentes.

La moral es otra cosa y en el fondo de nuestro corazón todos lo sabemos. La moral consiste en cumplir con nuestro deber, aun cuando al actuar conforme al deber nos alejemos de la felicidad. La vida nos da múltiples ejemplos de ello: lo moralmente correcto es no abandonar a nuestros mayores aunque puedan representar una carga y hacernos la vida más difícil, lo correcto es decir la verdad aunque nos perjudique y así sucesivamente. Kant no se para a especificarnos en qué consiste el deber: depende de las circunstancias, de la responsabilidad de cada persona, del tipo de cultura que compartamos, de nuestro puesto de trabajo, de muchas cosas. Además sería una tarea superflua: en el fondo todos sabemos en qué consiste el deber en cada caso. Es lo que denominamos “conciencia” y por lo que decimos: “Allá tú con tu conciencia”, “la conciencia no me permitiría hacerlo” o “me remuerde la conciencia por lo que he hecho”. En todos los casos damos por supuesto que la persona sabe cual es su deber y que actúa moralmente cuando actúa por sentido del deber.

No puedo saber de antemano QUÉ debo hacer en cada caso problemático, porque depende de las circunstancias, pero puedo saber CÓMO debo actuar siempre si quiero cumplir con mi deber, cúales han de ser los principios que guíen y orienten la acción. La enunciación de la forma del deber es lo que Kant llama imperativo categórico y tiene dos formulaciones: 


a) Actúa de tal forma que utilices la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro siempre como un fin y nunca como un medio.
b) Actúa de tal modo que la máxima (regla general) que guía tú acción puedas querer que se convierta, por tu voluntad, en ley universal.

Según la primera formulación del imperativo categórico debemos tratar al resto de personas como fines y nunca como medios. Esto quiere decir que no debemos utilizar a otras personas como si fueran instrumentos al servicio de nuestra voluntad. No hay nada más valioso que un ser humano y cuando se le utiliza como un medio para alcanzar otro objetivo- la riqueza, la fama o el honor por ejemplo- se actúa de forma inmoral.

Según la segunda formulación lo que debemos hacer en caso de no tener clara cuál es nuestra obligación es pensar qué nos gustaría que fuera la norma general, aquella que siguiera todo el mundo, aquella que nos gustaría que otros aplicasen en relación a nuestra persona. Supongamos, por ejemplo, que me encuentro un sobre con una cantidad importante de dinero sin ninguna identificación: ¿me lo puedo quedar, en vez de depositarlo en la oficina de objetos perdidos? Según Kant tendría que razonar así: ”¿Podría yo establecer una ley según la cual todo aquel que se encuentre con una cantidad importante de dinero se lo puede quedar?” Si sinceramente creo que sí, incluso siendo yo el que lo ha perdido, puedo quedármelo tranquilamente. Sin embargo, resulta difícil pensar que quien lo pierda pueda querer esta ley. El imperativo categórico viene a decir que no puedo actuar en interés propio, tratándome a mi mismo de modo distinto a los demás. Es lo que en la tradición bíblica se denomina la Regla de Oro: no quieras para los demás lo que no quieres para ti.

La norma kantiana es un imperativo porque expresa un precepto, un mandato, pero... ¿qué quiere decir “categórico”? categórico significa que obliga sin ninguna condición. Debemos cumplir con nuestro deber simplemente porque es nuestro deber, no para conseguir otra cosa: la felicidad, un premio, la tranquilidad de la conciencia, la vida eterna, el placer, etc. Además el imperativo kantiano no admite excepciones. Si estamos de acuerdo en que es moral decir la verdad e inmoral mentir, puesto que podemos universalizar la norma de acuerdo con el imperativo categórico, entonces debemos decir SIEMPRE la verdad.

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