martes, 2 de junio de 2015

Teorías éticas (IX): el utilitarismo.

Los utilitaristas, al igual que los hedonistas identifican la felicidad con el placer. También ellos piensan que el objetivo de la ética es prescribir normas que ayuden a alcanzar la felicidad o lo que es lo mismo una vida placentera. La diferencia es que para los utilitaristas, la felicidad no puede considerarse de un modo individualista, como la entendían los hedonistas. Yo no puedo ser feliz si estoy rodeado de personas infelices. Por ello el principio utilitarista, formulado por Jeremy Bentham, el fundador de esta corriente, fue: “la mayor felicidad para el mayor número” Una acción será tanto más buena cuanto mayor felicidad produzca para el mayor número posible de personas. Los dos grandes utilitaristas fueron J. Bentham y John Stuart Mill.

Los utilitaristas están de acuerdo en que el placer es el objetivo de la vida humana. Ahora bien, no todos los placeres son iguales: no es lo mismo asistir a un concierto de música que a un banquete cuyo único objetivo sea hartarse. Por tanto, respecto a los placeres la calidad es preferible a la cantidad. Afirma Mill: “mas vale ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho; es mejor ser Sócrates insatisfecho que un tonto satisfecho”. Así, cuanto más educada, cultivada y desarrollada esté una persona, más nobles y elevados serán sus intereses de tal manera que llegará un momento en que su máximo placer lo hallará en promover el bienestar de los demás.

Por eso la máxima virtud de la moral utilitarista será el altruismo, que consiste en sacrificar el propio placer para el bien de los demás. En realidad es en esto en lo que el altruista encuentra su máximo placer. La sociedad utilitarista será pues aquella que, mediante la educación, tiende a conseguir que “en todos los individuos el impulso directo de mejorar el bien general se convierta en uno de los motivos habituales de la acción”.

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