miércoles, 13 de enero de 2016

La argumentación deductiva.


La argumentación o inferencia deductiva es un tipo de razonamiento lógicamente impecable, pues el apoyo que las premisas dan a la conclusión es tan completo que si las premisas son verdaderas, la conclusión, necesariamente también. La lógica formal estudia las reglas que rigen la argumentación deductiva cuyo conocimiento nos sirve para determinar si un argumento es válido o no de una manera exacta e inequívoca. Aristóteles proponía como ejemplo el siguiente: “todos los hombres son mortales, Sócrates es un hombre, luego Sócrates es mortal”.

Aunque no siempre es tan evidente la distinción entre premisas y conclusión. Tomemos, por ejemplo, este texto de Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes: “Un perro estaba encerrado en los establos, y, sin embargo, aunque alguien había estado allí y había sacado un caballo, no había ladrado (....) es obvio que el visitante era alguien a quien el perro conocía bien”. Holmes tiene dos premisas. Una es explícita: el perro no ladró al visitante. La otra es un hecho general acerca de los perros que presume que nosotros conocemos: los perros ladran a los desconocidos. Estas dos premisas implican que el visitante no era desconocido (conclusión).

Para detectar la estructura argumentativa de un discurso es importante identificar el enunciado que se presenta como conclusión. Una vez identificada la conclusión es más fácil reconocer el resto de los enunciados como premisas que conducen a la conclusión. La conclusión suele ir al final del razonamiento, aunque no necesariamente. También nos ayuda a identificarla la presencia de conectivas del tipo: "así pues", "por lo tanto", "de ahí se sigue", "en consecuencia", "por lo que"....

En todo caso es preciso esforzarse por exponer los argumentos de la forma más sencilla y ordenada posible. Consideremos el siguiente argumento propuesto por el filósofo Bertrand Russell:
“Los males del mundo se deben tanto a los defectos morales como a la falta de inteligencia. Pero la raza humana no ha descubierto hasta ahora ningún método para erradicar los defectos morales (...) La inteligencia, por el contrario, se perfecciona fácilmente mediante métodos que son conocidos por cualquier educador competente. Por lo tanto, hasta que algún método para enseñar la virtud haya sido descubierto, el progreso tendrá que buscarse a través del perfeccionamiento de la inteligencia antes que del de la moral.”
En este pasaje, cada afirmación conduce naturalmente a la siguiente. Russell comienza señalando las dos fuentes del mal en el mundo: “los defectos morales”, como él los denomina, y la falta de inteligencia. Afirma entonces que desconocemos como corregir “los defectos morales”, pero que sabemos como corregir la falta de inteligencia. Por lo tanto — la expresión “por lo tanto” indica claramente su conclusión—, el progreso tendrá que llegar mediante el perfeccionamiento de la inteligencia. Cada frase de la cita esta precisamente en el lugar que le corresponde, a pesar de que había muchísimos lugares para el error. Supongamos que Russell hubiera escrito, en cambio, algo similar a esto:
"Los males del mundo se deben, por completo, tanto a los defectos morales como a la falta de inteligencia. Hasta que algún método para enseñar la virtud haya sido descubierto, el progreso tendrá que buscarse a través del perfeccionamiento de la inteligencia antes que del de la moral. La inteligencia se perfecciona fácilmente por métodos que son conocidos por cualquier educador competente. Pero la raza humana no ha descubierto hasta ahora ningún medio para erradicar los defectos morales."
Son exactamente las mismas premisas y conclusión, pero están en un orden diferente, y la expresión “por lo tanto”, previa a la conclusión, fue omitida. Ahora el argumento es mucho más difícil de entender: las premisas no están entrelazadas naturalmente, y tenemos que leer el pasaje hasta dos veces para comprender cuál es la conclusión. 

No solamente debemos prestar atención al orden adecuado de las premisas y la conclusión, sino que también debemos determinar si aquella proposición que se nos presenta como conclusión, efectivamente se infiere o deduce de las premisas. Por ejemplo, el sofista Dionisodoro en el diálogo Eutidemo de Platón, “demostraba” a Ctesipo que su padre, el padre de Ctesipo, era un perro con la siguiente “argumentación”:
Dion: Dime, ¿tienes un perro?
Ctes: Sí, y muy malo, por cierto
Dion: ¿Y tiene cachorros?
Ctes: Sí, y son idénticos a él
Dion: ¿Y el perro es el padre de ellos?
Ctes: Sí. Yo lo vi con mis propios ojos cubrir a la madre de los cachorros
Dion: ¿Y no es tuyo el perro?
Ctes: Ciertamente lo es
Dion: Entonces es padre y es tuyo; por lo tanto, él es tu padre, y los cachorros son tus hermanos.
Siempre que alguien emplee las palabras “por tanto”,” así pues”, “por consiguiente”, etc. hay que prestar especial atención. Es posible que ese alguien nos quiera “demostrar” cualquier cosa. Y si es uno mismo el que emplea esas palabras, entonces doble atención: los humanos tendemos a enamorarnos de nuestras ideas y las consideramos “demostradas” con demasiada facilidad.

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