lunes, 29 de junio de 2015

Falacia por ambigüedad.


En todas las lenguas hay palabras y expresiones que tienen varios significados diferentes, es decir, son ambiguas. Cuando empleamos indiscriminadamente dentro de un mismo contexto distintos significados de una palabra o frase, actuamos con ambigüedad.

Por ejemplo:

Sólo el hombre es racional. Ninguna mujer es hombre. Así pues, ninguna mujer es racional.

Este argumento sería correcto si no se alterara el significado de “hombre”. Para que la primera premisa sea verdadera, este término debe significar ser humano y no varón. Para que la segunda premisa sea verdadera hombre debe significar varón.

Otro ejemplo:

La ciencia pretende descubrir leyes. La existencia de leyes implica que hay alguien que las hace.  Así pues, la ciencia acepta que existe Dios.

En este ejemplo se juega con dos sentidos de la palabra ley. A saber: “relación o conexión a la naturaleza” y “norma de conducta establecida por alguna autoridad”.

Una fuente notable de equívocos los proporciona el verbo “ser”. Con el podemos, en primer lugar, decir algo de las cosas cualificándolas, esto es, atribuirles propiedades. Entonces se usa predicativamente; por ejemplo en “la nieve es blanca”. También podemos servirnos de él para afirmar la identidad de cosas que nos pueden parecer distintas; por ejemplo “eso que cae es nieve”. Estos dos usos del verbo ser, el predicativo y el de identidad, son fáciles de confundir.

Por ejemplo:

La información es poder.  El poder es algo que corrompe.  La información es algo que corrompe.
En la primera premisa el verbo ser afirma identidad entre el poder y la información. En la segunda premisa el verbo ser tiene un uso meramente predicativo.

Un argumento sólo es correcto si los términos que lo componen se utilizan de forma unívoca, es decir, que cada término tenga un solo, y siempre el mismo, significado.

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