sábado, 27 de junio de 2015

Falacia "ad populum".


Cuando en un argumento se omiten las razones pertinentes que pueden llevar a la aceptación o el rechazo de su conclusión y, por el contrario, se utilizan y se invocan como razones hechos o circunstancias (imaginarios o reales) con la única finalidad de excitar los sentimientos y emociones del auditorio, nos encontramos con un argumento falaz que se denomina “ad populum”. Este término significa que el argumento se dirige a un conjunto de personas, “al pueblo”, con la intención de provocar en ellas aquellos sentimientos que les hagan adoptar el punto de vista del hablante.

Recurren típicamente a este tipo de argumento las casas comerciales y los publicistas en general, los políticos y toda persona que pretenda inclinar a una multitud hacia alguna opinión. Con el fin de decantar al público que le escucha hacia una posición, el demagogo –como bien podemos llamar a quien usa la falacia ad populum- no se parará a presentar datos, pruebas y argumentos racionales, sino que sigue un camino mas corto, el de apelar a los sentimientos del auditorio.

Un ejemplo clásico de falacia ad populum se puede ver en la oración fúnebre que Marco Antonio realizó ante el cuerpo inerte de Julio Cesar en la obra de Shakespeare. En este discurso, Marco Antonio, empleando magistralmente todos los recursos de la retórica, utiliza los sentimientos del pueblo para que este concluya finalmente que Julio Cesar era su benefactor y que las personas que le han dado muerte han obrado por intereses mezquinos.

Imaginemos un político de la oposición que argumenta de la siguiente manera: “el señor ministro ha dicho que los nuevos impuestos servirán para terminar con el déficit fiscal y con el circulante inflacionario. Pero nosotros somos gente sencilla, ¿qué sabemos del déficit fiscal? ¿Qué sabemos del circulante inflacionario? Lo que sí sabemos es que otra vez nos quieren meter la mano en el bolsillo. Así que esos nuevos impuestos no deben ser aprobados.” En este caso, se apela a la ignorancia ("¿qué sabemos ...?") y a expresiones fuertemente emotivas ("meter la mano en el bolsillo"), para descalificar la afirmación "... los nuevos impuestos servirán..."

En general, toda la historia política del fascismo a lo largo del siglo XX, es la historia del uso y abuso de este tipo de falacia. Cuando Hitler arengaba a las masas y señalaba a los judíos como los causantes de todos los males que afectaban a Alemania, no lo hacía con datos y argumentos racionales, sino que apelaba al sentimiento de identidad, de formar parte de una nación y a la desconfianza y en última instancia odio, hacia el otro, el diferente, el judío. De la misma manera, la causa del deterioro moral de la otrora firme e infatigable raza española, según Franco, eran los masones y los comunistas.

El discurso político del racismo también está plagado de este tipo de argumentos. Así no es infrecuente escuchar que los inmigrantes vienen a quitarnos el trabajo o lo contrario: que los negros no quieren trabajar, o que los magrebíes son todos unos delincuentes... Argumentos todos ellos contrarios a cualquier análisis del papel de la inmigración en la economía de un país por no hablar de la práctica unanimidad entre los genetistas al negar la relevancia del color de la piel para caracterizar a las personas en sentido alguno. En todo caso a los promotores del racismo no les interesan los datos reales, ni las argumentaciones correctas, sino extender sus prejuicios sobre la base del sentimiento de desconfianza hacia el otro, el diferente, que tan fácilmente pueden despertar entre sus audiencias.

Las casas comerciales anuncian sus productos en los distintos medios de información no con la intención de informarnos de su existencia, sino de persuadirnos para que los compremos. Para ello contratan publicistas, especialistas en marketing, que buscan y construyen campañas de publicidad cuyos mensajes pueden clasificarse como argumentos ad populum, porque todos ellos asocian los productos a personas, lugares y cosas con los que se supone que nos identificamos o con los que experimentamos ciertos placeres.

Todos podríamos dar muchos ejemplos: las casas de coches muestran sus modelos conducidos por gente joven, agraciada y aparentemente atrevida, o bien el acompañamiento de música sinfónica, según el tipo de personas a las que se dirige su venta; las pociones de belleza aparecen utilizadas por modelos que no las necesitan en absoluto; las bebidas refrescantes asociadas a escenas estivales donde los jóvenes se divierten; los productos de limpieza empleados en hogares de ensueño, donde por cierto todo está ya suficientemente limpio antes de aplicar el milagroso producto, etc.

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