lunes, 22 de junio de 2015

Argumentos de autoridad.


A menudo, tenemos que confiar en otros para informarnos y para que nos digan lo que no podemos saber por nosotros mismos. No podemos probar nosotros mismos todos los nuevos productos de consumo, por ejemplo, y tampoco podemos conocer de primera mano cómo se desarrolló el juicio de Sócrates; y la mayoría de nosotros no puede juzgar, a partir de su propia experiencia, si en otros países los presos son maltratados. En su lugar, tenemos que argüir de la siguiente forma general:

X (alguna persona u organización que debe saberlo) dice que Y.
Por tanto, Y es verdad.

Los argumentos de esta forma son argumentos de autoridad. Por ejemplo:

Amnistía Internacional dice que algunos presos son maltratados en Arabia Saudita.
Por lo tanto, algunos presos son maltratados en Arabia Saudita.

Sin embargo, confiar en otros resulta, en ocasiones, un asunto arriesgado. Los productos de consumo no siempre son probados adecuadamente; las fuentes históricas tienen sus prejuicios, y también pueden tenerlos las organizaciones de derechos humanos. Una vez más, debemos tener en cuenta un listado de criterios que cualquier buen argumento de autoridad debe satisfacer. 

a) Las fuentes deben ser citadas.

Los enunciados que no se defiendan de otro modo pueden ser defendidos haciendo referencia a fuentes apropiadas. Algunas proposiciones, por supuesto, son tan obvias que no necesitan sustento alguno. Normalmente no es necesario probar que la población de España es aproximadamente de 40 millones de habitantes, o que Julieta amaba a Romeo. Sin embargo, una cifra más precisa de la población de España, o, por ejemplo, la proporción actual de crecimiento de su población requiere una cita. Del mismo modo, la afirmación de que Julieta tenía sólo catorce años, debe citar unas pocas líneas de Shakespeare en su apoyo.

Las citas tienen dos propósitos. Uno es contribuir a mostrar la fiabilidad de una premisa: resulta menos probable que una persona u organización sea mal interpretada si proporciona una referencia exacta; el autor sabe que los lectores pueden comprobarla. El otro propósito es permitir, precisamente, que el lector o el oyente pueda encontrar la información por sí mismo. 

b) las fuentes deben estar cualificadas.

Las fuentes tienen que ser cualificadas para hacer las afirmaciones que realizan. El Ministerio de economía está legitimado para hacer declaraciones acerca del PIB; los mecánicos de automóviles están cualificados para discutir los méritos de los distintos motores de los automóviles; los médicos están cualificados en materias de medicina; los científicos de las ciencias de la Tierra sobre los efectos medio ambientales de la polución etc. Estas fuentes están cualificadas porque tienen la formación y la información apropiadas.

c) Las fuentes deben ser imparciales

Las personas que tienen mucho que perder en una discusión no son generalmente las mejores fuentes de información acerca de las cuestiones en disputa. In­cluso, a veces, pueden no decir la verdad. La persona acusada en un proceso penal se presume inocente hasta que se pruebe su culpabilidad, pero rara vez creemos completamente su alegato de inocencia sin tener alguna confirmación de testigos imparciales. Pero incluso la voluntad de decir la verdad, tal como uno la ve, no siempre es suficiente. La verdad como uno honestamente la ve puede ser todavía sesgada. Tendemos a ver aquello que esperamos ver: observamos, recordamos y suministramos la información que apoya nuestras opiniones, pero no nos sentimos igualmente motivados cuando los hechos apuntan en la dirección contraria.

Por lo tanto, no deberíamos confiar en el presidente de un país si la cuestión es la eficacia de las medidas políticas del gobierno. Ni en que el gobierno sea la mejor fuente información sobre la situación de los derechos humanos en su propio país. Tampoco el fabricante de un producto es la fuente apropiada para tener la mejor información acerca de ese producto.

A pesar de todas las precauciones no debemos abusar de los argumentos de autoridad; siempre es preferible buscar las razones por uno mismo que encomendarse a la autoridad de otro. 

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