domingo, 31 de mayo de 2015

Teorías éticas (VII): Hume.


David Hume nació en Edimburgo, Escocia, en 1711. Su familia, perteneciente a la pequeña burguesía, lo animó a que estudiara derecho o se dedicara al comercio, pero él prefirió consagrar su vida a la literatura y a la filosofía. Para la mayoría de quienes estudian la evolución de las teorías éticas a lo largo de la historia, se puede considerar a Hume como un continuador del hedonismo, como un pionero del utilitarismo, o como un valedor del emotivismo. 

La primera de estas atribuciones se debe al simple hecho de que el empirista escocés está de acuerdo con quienes defienden que el fin más deseado por los seres humanos es la obtención de sensaciones placenteras –si bien matiza, en un sentido semejante al de Epicuro que "el placer que producen las diversiones vacías y febriles del lujo y del gasto no es comprable al que proporcionan la conversación y el estudio (...), la salud (...), y las bellezas usuales de la naturaleza”

Con respecto a la consideración del autor como uno de los padres del utilitarismo diremos que es debida, fundamentalmente, a su convencimiento de que lo bueno es lo que resulta útil a uno mismo y a la sociedad. Efectivamente, según Hume la utilidad es el criterio con el que mejor podemos establecer qué acciones son moralmente buenas y qué acciones son moralmente reprobables: "Podemos observar que en la vida humana siempre se apela a la circunstancia de la utilidad; y no se supone que pueda ofrecerse un elogio más grande de un hombre que mostrar su utilidad para el público y enumerar los servicios que ha realizado a la humanidad y a la sociedad". 

A la hora de detallar qué tipo de acciones proporcionan mayor utilidad nuestro autor destaca la práctica de la justicia, el respeto, la generosidad y la fraternidad (o solidaridad). Queda claro, pues, que la utilidad por la que aboga Hume no es una utilidad individual, sino colectiva. Esto se debe a la profunda convicción que también vertebra el pensamiento de nuestro autor de que un sujeto nunca podrá ser enteramente feliz si sus semejantes son desdichados. 

En lo que atañe, en tercer lugar, a la caracterización de Hume como un ético emotivista, cabe decir que se debe a que no deja de proclamar en varios pasajes de su obra que nuestras acciones morales son promovidas por los sentimientos y no por la razón:  "Nunca se puede dar cuenta mediante la razón de los fines últimos de las acciones humanas, sino que -éstas- se recomiendan enteramente a los sentimientos y afectos de la humanidad, sin ninguna dependencia de las facultades intelectuales. Preguntad a un hombre por qué hace ejercicio; responderá: porque desea conservar su salud. Si preguntáis entonces por qué desea la salud replicará enseguida: porque la enfermedad es dolorosa. Si lleváis más lejos vuestras preguntas y deseáis una razón de por qué odia el dolor, es imposible que pueda ofrecer alguna". 

No es la razón la guía de la vida sino las pasiones y los sentimientos, la razón no pude hacer otra cosa que ponerse al servicio de la pasión. ¿Y no cabe la posibilidad de que al guiarnos cada uno por nuestros sentimientos se produzca un desacuerdo general cuando haya que precisar qué es lo bueno y qué es lo malo? La respuesta a esta pregunta es que no: ante cualquier acción que tenga cierta trascendencia para los seres humanos todos tendemos a desarrollar los mismos sentimientos. Según Hume, todo ser humano califica como reprobable el asesinato, la violación y la tortura, y considera digno de elogio el heroísmo, la ayuda humanitaria o la compasión. Es algo así como una disposición innata, en virtud de la cual las acciones justas despiertan sentimientos de simpatía en nosotros, mientras que las acciones injustas producen rechazo y sentimientos de aversión. La única garantía de la moralidad es el sentimiento común de simpatía que suscitan las buenas acciones

Para terminar, diremos que al entender de Hume las principales virtudes no son, como se nos ha intentado hacer creer la tradición cristiana, el celibato, el ayuno, la penitencia, la mortificación, la negación de sí mismo, la humildad, el silencio, la soledad y todo el conjunto de virtudes monásticas. Las principales virtudes son -más allá de la frugalidad, el vigor mental, la laboriosidad, el discernimiento, la perseverancia y un largo etc.-, entre otras, la prudencia, la integridad, la habilidad en el trato con el prójimo y un espíritu jovial. Hume, de quien suele decirse que es el fundador de la ética alegre, proclama que hemos sido víctimas de una grave equivocación durante mucho tiempo y ya es hora de que nos demos cuenta de ello y comencemos a transitar el verdadero camino de la felicidad. 

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