sábado, 30 de mayo de 2015

Teorías éticas (VI): Spinoza.

Spinoza nació en Amsterdam en 1632 en el seno de una familia judía de origen portugués. Fue educado en la comunidad judía de su ciudad natal hasta ser expulsado de ella bajo la acusación de herejía en 1656. Pocos años más tarde se estableció en La Haya. Allí se dedicó a fabricar instrumentos ópticos y a su gran pasión, la filosofía. En 1673 se le ofreció una cátedra en la universidad de Heidelberg, pero la rechazó: era un hombre muy sencillo y de naturaleza enfermiza al que le gustaba sentirse completamente libre y alejado de la vida pública. Murió de tuberculosis a la edad de 44 años. 

Para Spinoza la naturaleza es perfecta. Es un todo orgánico constantemente autorregulado. En ella no falta nada ni sobra nada; cada elemento es como tiene que ser. En la naturaleza ninguna cosa está llamada a ser algo distinto de lo que es; antes bien, cada cosa procura conservar sus características esenciales. "Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser". 

Por lo que respecta a las personas, ocurre exactamente lo mismo: también perseguimos, por medio de las diferentes acciones que llevamos a cabo, no dejar de ser lo que en esencia somos. Pretendemos consolidar los atributos que nos diferencian de los demás seres. La meta a la que tienden nuestros actos no es otra que el desarrollo de todas y cada una de las facultades que se consideran propiamente humanas. Pues bien, según Spinoza, cuando logremos perfeccionarnos como personas, desde un punto de vista ético, avanzaremos en el camino que nos lleva a la felicidad. 

Siendo más concretos, cabe decir que para este filósofo la perfección humana que conduce a la felicidad se basa, fundamentalmente, en un aumento de nuestras capacidades físicas o corporales y de nuestra capacidad racional. El aumento de ambas capacidades es el criterio para establecer lo que es moralmente bueno, y que suele acompañarse del afecto llamado "alegría"; la disminución de las mismas, por el contrario, establece lo que resulta moralmente malo, y se acompaña de otro afecto llamado "tristeza". En la parte IV de su Ética, el autor concluirá que lo más beneficioso para nosotros, lo que produce más alegría, lo que nos aporta la verdadera felicidad es el conocimiento, o lo que es lo mismo, vivir de acuerdo con la razón.

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