viernes, 22 de mayo de 2015

Teorías éticas (I): los sofistas y Sócrates


En el siglo V a.C. en una ciudad (polis) griega, Atenas, acontece un hecho político que será decisivo en la historia de la civilización occidental: los atenienses deciden organizarse políticamente como una democracia. Bien es verdad que se trataba de una democracia muy diferente a la actual: las mujeres y los extranjeros no podían participar y además existían esclavos, pero, por otra parte se trataba de una democracia directa donde el pueblo, el demos, participa activa y directamente en los asuntos políticos sin intermediario alguno, es decir que no elegían representantes sino que los ciudadanos se reunían habitualmente en la plaza pública, el ágora, y tomaban decisiones que afectaban al presente y futuro de la polis.

En este contexto surgen los sofistas. Sofista significa sabio, aunque ellos se presentaban a sí mismos como maestros de virtud. Enseñaban a los jóvenes aristócratas, a cambio de dinero, a hablar en público. Los atenienses eran virtualmente todos políticos y aquel que quisiera influir en sus conciudadanos debería ser persuasivo a la hora de exponer sus propuestas. La retórica y la oratoria son el arte de construir bellos discursos, que tengan poder persuasivo. En una democracia el éxito político se mide por la capacidad de aglutinar al mayor número de ciudadanos en torno a una propuesta.

Es evidente que si los sofistas se hubieran dedicado solamente a enseñar técnicas de oratoria no nos interesarían en este tema ni en esta asignatura. Enseñaban algo más. Afirmaban que no existen normas ni valores morales que tengan un carácter absoluto. Los sofistas habían viajado por otros países y por distintas ciudades griegas y sabían de primera mano que lo que en un lugar se considera justo en otra ciudad parece una aberración. Por ejemplo, los espartanos acostumbraban a matar a aquellos niños que nacieran con alguna tara física por leve que fuera, además apartaban a los jóvenes de sus familias y los sometían a una dura y disciplinada educación. Así entendían ellos la justicia y la virtud. Aquellas costumbres no eran practicadas en Atenas y se consideraban poco menos que ritos bárbaros. Los tebanos, los corintios y no digamos ya los persas y los egipcios tenían normas, ritos y costumbres muy diferentes. Ahora bien, ¿dónde está la verdad? ¿qué es lo justo? ¿qué es lo bueno? ¿qué es la virtud? Los sofistas defendían el relativismo moral, es decir, no existen los valores morales absolutos, no existe la Justicia, la Virtud, la Piedad, el Honor, etc. sino que cada ciudad establece sus propios principios morales que son válidos para ella pero no para otra polis u otro país. Además eran escépticos, es decir, dudaban de todo, pensaban que no existía una verdad absoluta y, por lo tanto todo era discutible y cuestionable.

Por aquel entonces surgió un hombre que algunos atenienses confundieron con un sofista, puesto que hablaba de cuestiones parecidas: el hombre, la virtud, el bien...., pero que sostenía ideas muy diferentes. Ese hombre era Sócrates. Sócrates era ateniense a diferencia de los sofistas que eran extranjeros en Atenas, sin derechos políticos, por tanto, además consideraba deshonroso cobrar por sus enseñanzas, entre otras cosas porqué no tenía una doctrina o teoría que enseñar, de ahí la célebre frase: solo sé que no sé nada.

Sócrates no sabía en que consistía la Verdad, el Bien o la Justicia pero estaba convencido que tales cosas existen y que merece la pena dedicar toda una vida a su investigación y conocimiento. Esperaba encontrar la sabiduría en el diálogo libre entre ciudadanos. Su madre había sido comadrona y él afirmaba que había heredado el arte de su madre, el arte de dar a luz, la mayeútica, que si bien era verdad que no sabía nada, tenía la habilidad de, mediante preguntas, hacer que la verdad “salga a la luz”. Así que dedicaba los días a deambular de plaza en plaza entrando en conversación con los jóvenes y acuciándolos para que se esfuercen en la búsqueda de respuestas a las preguntas más importantes de la vida. Sócrates defendía el carácter absoluto de los valores morales, la virtud, la justicia o el bien no son asuntos relativos, cada uno no puede establecer de manera subjetiva los valores morales. Si estimamos que es correcto mentir en provecho propio... nos equivocamos, consciente o inconscientemente. La mentira está mal y esto no es algo que pueda cambiar de un lugar a otro o en diferentes épocas. La razón humana es una, la misma para todos, y lo que es bueno y razonable para mí, también lo es para ti.

A menudo los prejuicios y las falsas opiniones hacen que no consideremos las cuestiones de valoración moral de forma atenta y razonada, la vida de Sócrates es un ejemplo que debemos tener en cuenta si queremos pensar por nosotros mismos, ser dueños de nuestra propia vida.

Una de las tesis más controvertidas de nuestro filósofo es aquella que afirma que la virtud y el conocimiento van unidos, que el vicio es producto de la ignorancia y cuando nos educamos nos hacemos mejores y más sabios. Quizá conozcas a alguien que es inteligente pero no es una buena persona pero no deberíamos apresurarnos a rechazar la tesis socrática. Puede ser que esa persona inteligente tenga muchas habilidades o conozca muchos datos o esté muy bien informada pero eso no la hace más sabia. La auténtica sabiduría surge del interior del alma. Sócrates intenta poner en práctica la máxima del oráculo de Delfos: conócete a ti mismo. Una persona que ha dedicado los mejores años de su vida a este conocimiento no puede ser ruin, codiciosa o envidiosa. De esta forma debemos entender la tesis del intelectualismo moral socrático que afirma que la virtud es conocimiento.

Si Sócrates fue un ejemplo en vida, al menos para algunos, mucho más lo fue su muerte. Los enemigos de Sócrates lo habían acusado de impiedad y de corrupción de la juventud, los cargos eran falsos pero Sócrates se había ganado, por razones que ahora no vienen al caso, enemigos entre los demócratas atenienses. Durante el juicio el acusado mantuvo una postura orgullosa, no suplicó ni pidió clemencia pues tenía la conciencia tranquila. La condena fue a muerte. Sócrates fue condenado a beber una dosis letal de cicuta. Un día antes de que se cumpliera la sentencia, los amigos de Sócrates sobornaron a los guardias de la prisión y le prepararon un plan de fuga, a la hora de la verdad Sócrates decidió no aceptar la ayuda de sus amigos. Siempre había vivido en Atenas, había defendido a la ciudad en la guerra y había respetado sus leyes, en múltiples ocasiones había sostenido que las leyes había que respetarlas siempre, no solo cuando te favorecían; ahora esas mismas leyes le habían condenado a muerte, había tenido una vida larga y plena y no quería vivir el resto de la vida como un prófugo sin patria alguna. Al día siguiente con enorme entereza bebió la cicuta y encontró la muerte.

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