lunes, 25 de mayo de 2015

Teoría éticas (III): los hedonistas.


Los seguidores de Sócrates fueron muchos y de muy variada índole. Algunos como Platón y Aristóteles identificaron el bien supremo con la sabiduría y el conocimiento, otros como Aristipo y Epicuro identifican el bien con el placer, ellos son los hedonistas (del griego hédone, placer).

Aristipo de Cirene 

Aristipo fue discípulo directo de Sócrates y fue el primero en identificar el bien con el placer. El pensamiento de Aristipo se concentra en la capacidad de saber vivir “el instante que huye”. La mayor parte de los hombres, según la edad, soporta la propia existencia, sea deteniéndose en los recuerdos del pasado, sea aferrándose al futuro. Pocos seres superiores (según Aristipo) consiguen vivir sumergiéndose en el presente. A menudo oímos a las personas ancianas suspirar con aire soñador “qué feliz era a los veinte años” (cuando sabemos perfectamente que no lo eran en absoluto) y con igual frecuencia vemos a jóvenes, en el punto culminante de su forma física e intelectual, que tienen sus miras puestas en un improbable futuro. Casi nadie es tan inteligente como para parir una constatación elemental del tipo de: “EN ESTE MOMENTO NO TENGO DESGRACIAS, LAS PERSONAS A QUIENES QUIERO SE ENCUENTRAN TODAS BIEN DE SALUD, ¡SOY FELIZ! “ Tener sed y conseguir beber un vaso de agua pensando: “¡Qué buena está el agua!“, es un comportamiento cirenaico. 

Esta “filosofía del presente” que los latinos sintetizaron en la célebre sentencia CARPE DIEM, no ha gozado nunca de las simpatías de los filósofos e intelectuales; se ha convertido en sinónimo de falta de compromiso moral y político, y como tal no utilizable a los fines de una transformación de la sociedad. No obstante esto, hay quien considera a Aristipo como el más socrático de los socráticos, justamente por su total independencia frente a los problemas de la vida. Para los cirenaicos la libertad es ser capaces de atravesar los placeres de la existencia sin dejarse seducir por ellos.

Epicuro de Samos

En el siglo III a.C la bandera del hedonismo fue portada por Epicuro de Samos. En el año 306 a. C. Epicuro adquirió la finca llamada “El Jardín” en las afueras de Atenas y fundó su escuela de filosofía, formada tanto por varones como por mujeres (gran novedad en las escuelas griegas), en ella vivió aislado de la vida política y de la sociedad, practicando la amistad y la vida estética y de conocimiento. El objetivo de esta filosofía es el arte de la vida, la realización de una vida buena y feliz. 

Según nuestro filósofo, la Naturaleza ha puesto como objetivo de todas las acciones de los seres vivos (incluidos los hombres) la búsqueda del placer, como lo muestra el hecho de que de forma instintiva los niños y los animales tienden al placer y rehuyen el dolor. El placer y el dolor son pues los motivos fundamentales de todas las acciones de los seres vivos. El placer puro es el bien supremo, el dolor el mal supremo.

Aunque el placer es un bien y el dolor un mal, no es inteligente elegir siempre el placer y rechazar siempre el dolor: debemos rechazar los placeres a los que les siguen sufrimientos mayores y aceptar dolores cuando se siguen de ello placeres mayores. Antes de obrar hay que pesar cuidadosamente el placer o el dolor que se seguirá de ello y establecer un balance placer-dolor. Así, por ejemplo, aunque no resulte placentero ingerir una medicina, debemos hacerlo pues de un pequeño mal se seguirá un bien mayor, de la misma manera no es conveniente comer y beber demasiado pues de un placer se puede seguir un mal mayor.

Epicuro consideró que la filosofía tiene una doble tarea: combatir las ideas falsas que fomentan el miedo y el sufrimiento y crear en el sabio un estado de ánimo o talante favorable en toda circunstancia y lugar. Entre aquellas ideas hay que incluir fundamentalmente el miedo al dolor, el temor a la muerte, a los dioses y al destino. Para evitar estos temores Epicuro propone el cuádruple remedio, el tetrafarmakon
  • No hay que temer a la muerte pues la propia experiencia de la muerte no es tal: “el más terrible de los males, la muerte, no es nada para nosotros, pues cuando nosotros existimos, la muerte no existe, y cuando la muerte existe, nosotros no existimos”. 
  • No hay que temer tampoco al dolor corporal pues cuando es intenso e insoportable generalmente dura poco y cuando dura más tiempo es menos fuerte y más soportable, podemos decir que acabamos acostumbrándonos al dolor moderado y en cuanto al dolor intenso este nos lleva a la muerte, pero como hemos sostenido nada debemos temer de la muerte. 
  • No hemos de temer tampoco a los dioses, pues caso de que existan, estos no se ocupan de nuestros asuntos pues sería contrario a su naturaleza incorruptible, eterna y dichosa perturbarse por las miserias humanas. 
  • Por último, no debemos temer por el futuro pues no hay nada escrito, no hay un destino fijado para nosotros y en todo caso si lo hubiera sería del todo incognoscible. 
En conclusión: no hay que renunciar a los placeres corporales sino ordenarlos y administrarlos de cara al bienestar físico y espiritual. La razón representa un papel decisivo en lo que respecta a nuestra felicidad: nos permite alcanzar el estado de total sosiego (ataraxia), de absoluta imperturbabilidad ante todo (Epicuro lo compara con el total reposo del mar cuando ningún viento mueve su superficie) y nos da libertad ante las pasiones, los afectos y los apetitos. El sabio alcanza la vida buena y feliz gracias a esta autonomía frente al dolor y los bienes exteriores, a los amigos con los que convive y a su aislamiento respecto de lo social.

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