miércoles, 6 de mayo de 2015

Libertad de los antiguos y de los modernos.

En 1819 Benjamín Constant pronunció una confe­rencia titulada De la libertad de los antiguos compa­rada con la de las modernos, que marcó un hito en la historia de dicho concepto. Se refería en ella a dos formas de libertad civil y política, la de los antiguos y la de los modernos, teniendo en cuenta que por liber­tad civil y política podemos entender, en un sentido amplio, la capacidad de elegir y de actuar en una comunidad política sin ser coaccionados por otras personas.

A. La libertad de los antiguos

Según Constant, la libertad de los antiguos, ma­nifestada sobre todo en la democracia ateniense, con­sistía en participar en los asuntos públicos, de modo que se consideraba hombre libre al ciudadano, es de­cir, al que estaba legitimado para participar en el gobierno de la comunidad política (polis). Atenas se organizaba en el siglo V a.C. como una democracia participativa, gobernada por una asamblea de hom­bres libres e iguales, que se sentían tanto más libres cuanto más ejercían su derecho político de participar. De ahí ha venido a entenderse que una forma de libertad consiste en la participación en los asuntos públicos.

Sin embargo, este concepto de libertad se restrin­gía a los ciudadanos, teniendo en cuenta que no se consideraba tales ni a las mujeres, ni a los esclavos, ni a los metecos (extranjeros), ni a los niños. La afirmación de que todo ser humano en cuanto tal tiene la capacidad de ser libre y el derecho de ejercerla, es fruto del florecimiento del derecho natural en la Edad Media y Mo­derna, y desembocará en el concepto de libertad de los modernos.

B. La libertad de los modernos

En efecto, a través del derecho natural se afirma la idea de que, con anterioridad a la formación de las comunidades políticas, es decir «por naturaleza», cada persona tiene unos derechos que la sociedad debe respetar. A esos derechos se los ha llamado tam­bién «libertades», porque son, por ejemplo; el derecho a expresar propia opinión o libertad de expresión, a profesar el culto que se desee o libertad religiosa, a reunirse con otros o libertad de asocia­ción, y a elegir representantes que gestionen las cuestiones públicas, de modo que cada quien pueda dis­frutar de su vida privada.

Una persona no es, por tanto, más libre cuanto más participa en la vida pública; lo es cuando se res­petan sus derechos, entre ellos, el de elegir representantes que se encarguen cíe gestionar las cuestiones públicas, pudiendo él disfrutar de su vida privada. De este modo nacen los gobiernos representativos, en los que el pueblo no gobierna directamente, como en la democracia ateniense, sino a través de sus repre­sentantes.

Podemos decir, pues, que el tránsito a la moderni­dad comporta al menos cuatro consecuencias para el concepto de libertad:
  • La libertad se universaliza: toda persona tiene la capacidad de ser libre y el derecho de ejer­cerla.
  • Nace el término «libertad de los modernos», que se entiende más como independencia indi­vidual que como participación política directa.
  • Surge la forma de organización política repre­sentativa.
  • Sin embargo, para defender su independen­cia privada los ciudadanos deben participar eligiendo y controlando a los representantes, sin renunciar, por tanto, a ninguna de sus liber­tades.
De cuanto llevamos dicho se sigue, para una pri­mera aproximación al concepto de libertad, que la libertad externa o libertad legal (también llamada civil y política) puede ser de dos formas:
  • Libertad de los antiguos, también llamada li­bertad positiva porque el ciudadano toma parte activa en la cosa pública, o «libertad para», porque se es libre para participar.
  • Libertad de los modernos, también llamada «li­bertad de» o libertad negativa, porque consis­te en el derecho de actuar en mi vida privada sin interferencias ajenas. Se trata más bien de independencia. 
Así pues el concepto de libertad política que sostienen las modernas democracias parlamentarias es el de libertad negativa. Lo que le reclamamos al estado es, básicamente, que no interfiera en la vida privada, que garantice la independencia de las personas y que respete sus derechos individuales. Por ello un régimen que impide la libre circulación de personas, como Cuba, es calificado como totalitario y contrario a la libertad, mientras que otros regímenes que garantizan la libertad de expresión o de movimientos, pero que condenan a la mayor parte de su población a la pobreza y al hambre, como Guatemala o Nicaragua, son saludados como estados liberales.

Uno de los padres del utilitarismo, J.S. Mill, lo había dicho muy claramente:
«El único objeto que autoriza a los seres humanos, individual o colectiva­mente, a turbar la libertad de cualquiera de sus semejantes es la propia de­fensa; la única razón legitima para usar de la fuerza contra un miembro de una comunidad civilizada es la de impedirle perjudicar a otros; pero el bien de este individuo, sea físico, sea moral, no es razón suficiente. Ningún ser humano puede, en buena lid, ser obligado a actuar o a abstenerse de hacerlo porque de esa actuación o abstención haya de derivarse un bien para él, porque ello le haya de hacer más dichoso, o porque, en opinión de los demás, hacerlo sea prudente o justo. Éstas son buenas razones para discutir con él, para convencerlo o para suplicarle, pero no para obligarlo o para causarle daño alguno si obra de modo diferente a nuestros deseos. Para que esta coacción fuese justificable, sería ne­cesario que la conducta de este ser humano tuviese por objeto el perjuicio de otro. Para aquello que no le atañe más que a él, su independencia es, de he­cho, absoluta» (J. S. Mill, Sobre la libertad,).

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