domingo, 10 de mayo de 2015

"Alejandra, Alejandra y debajo estoy yo Alejandra"

Por Marta Alvez Tamargo

Alejandra Pizarnik, primero llamada Flora Pizarnik, nace el 29 de abril de 1936 en Buenos Aires, en el seno de una familia ruso-judía que había huido de una Europa a causa del auge del fascismo. Cuando llega a Argentina, tras varios años en Paris, la familia originalmente apellidada Pozharnik experimentó un error en el registro de inmigración a lo que se atribuye el cambio de apellido a Pizarnik. El nacer en Argentina pero ser de origen extranjero marcaría para siempre la personalidad de Alejandra, sintiéndose en todo momento en un constante exilio, siempre ajena a ella misma, sin encajar ya desde la infancia temprana, destinada a la búsqueda de la realidad de sus orígenes, como vemos reflejado este fragmento:

“Heredé de mis antepasados las ansias de huir. Dicen que mi sangre es europea. Yo siento que cada glóbulo procede de un punto distinto. De cada nación, de cada provincia, de cada isla, accidente, archipiélago, oasis. De cada trozo de tierra o de mar han usurpado algo y así me formaron, condenándome a la eterna búsqueda de un lugar de origen.” 

Con un amplio bagaje de libros leídos durante su niñez, perdido ya el paraíso infantil y finalizados sus estudios secundarios, en 1954 emprende un constante deambular entre la facultad de filosofía de la Universidad de Buenos Aires y la Escuela de Periodismo, donde empieza a conocer la vida por ella misma e intenta descubrir y encauzar su vocación literaria. Además, entra directamente en contacto con las vanguardias gracias a uno de sus profesores, el catedrático en Literatura moderna, Juan Jacobo Bajarlia, que le abre el mundo de la literatura y la poesía vanguardista. Alejandra queda fascinada por el surrealismo, abriendo así su mente hacia nuevos parámetros que hasta entonces le eran desconocidos y que serán los motivos que explican la cercanía a lo surreal que encontramos en su obra, un surrealismo que ella consideraba como innato.

Con solo 19 años ya se dejaba sentir en su obra esa búsqueda y esa necesidad de ser ella en unión con la palabra , la palabra creada a partir de ella misma. Alejandra inicia su obsesión hacia el leguaje desde su propio cuerpo, desde los sentimientos que le despierta. Durante toda la adolescencia vivió encerrada en sí misma, en su propia timidez, acomplejada por su cuerpo, que consideraba enfermo debido a que padecía de asma y de una cierta tartamudez. Era un ser frágil y débil que se adentraba en una vida adulta que se le hacía inabarcable. Esta situación la conducirá a la ingesta de anfetaminas, recetadas durante el tratamiento psicoanalista al que se sometía, que le provocaran un insomnio que padecería hasta su muerte, sucumbiendo así a la oscuridad de la vida nocturna, volviéndose una más entre los habitantes de la noche, momento de creación de sus obras.

"Ser hija y habitante de la noche, esa madre antigua y regia; buscar con afán la recuperación de los olvidos infantiles; cultivar sin confusión el laberinto de una compleja identidad, centrada en deseos nítidos; existir en una soledad sin fondo y sin horror; practicar una estética de la locura (Artaud, Lautréamont) como defensa contra la locura"

Aunque experimentaba una vida juvenil muy marcada por la bohemia de su época, Alejandra se consideraba apolítica, puesto que sentía que su compromiso vital se encontraba únicamente relacionado con la literatura y esta únicamente entendía de calidad y no de lucha social, opinión que la distanció de muchos de los vanguardistas contemporáneos a ella. Durante esta época colaboró con revistas de vanguardia y grupos universitarios donde conoció a escritores como Horacio Salas o José Biano, caracterizados por su búsqueda del orden formal en sus obras y por la crítica del lenguaje poético; no obstante, Alejandra, inclasificable, tampoco compartirá con ellos su interés por la realidad urbana sino que se vuelca en su mundo interior, un mundo lleno de crueldad, de ambigüedad sexual y violencia y miedo y silencio y muerte…inocencia y la huida constante a través del lenguaje poético, que desde la perspectiva surrealista, la hace elevarse al mundo subconsciente de los impulsos y deseos, y la lleva a experimentar y conocer la realidad más humana "Escribe hasta que te enredes en los hilos del lenguaje y caigas herida de muerte". 

Con la publicación de La última inocencia llega definitivamente el silencio, el silencio y el suplicio por el lenguaje que comparte con autores como Artaud o Lautrêmont. Alejandra pasaría largas horas escribiendo, desdoblándose frente al espejo, entrando de alguna forma en ella, plasmando en sus obras otro de los temas más representativos: su deseo de encontrarse a ella misma como un todo de lenguaje y movimiento.

"Alejandra Alejandra
y debajo estoy yo
Alejandra"

Este poema titulado “solo un nombre” intenta ser la recreación de una escena de contemplación de ella misma frente al espejo: “Alejandra” se mira y se desdobla y así da lugar a un espacio físico, que servirá para crear el lugar de la fusión entre lo físico y el lenguaje mediante el uso del adverbio “debajo”. Encontramos una distancia entre la “Alejandra” física, corporal y la “Alejandra” lingüística que será la que finalmente resuelva la dualidad del primer verso. Para existir es necesario nombrarse (Alejandra=lenguaje). Con este poema pone de manifiesto la incapacidad para deshacerse de la palabra, la necesidad de la palabra: el lenguaje como realización y como prisión, todo ello resuelto en el silencio de la escena.

En la década de los sesenta decide viajar a París, una especie de exilio personal, donde residirá entre 1960 y 1964 y en donde trabaría una amistad profunda con grandes figuras literarias también hispanoamericanas como Julio Cortázar y Octavio Paz. En la cuna del existencialismo, acudiendo a clases impartidas por Simone de Beauvoir o Sartre, Alejandra tuvo la oportunidad de vivir una época extraordinariamente rica en actividades culturales, políticas y literarias, ajenas a cualquier convencionalismo, totalmente libres en forma y contenido. Una época de convivencia entre lo bello y lo tenebroso, entre el deseo vital y el cansancio existencial de intelectuales y artistas sin nada a lo que aferrarse, sin fe en la vida, sin esperanza ni utopía. No se trataba únicamente de una moda, sino que era verdaderamente la concepción vital de muchos de los intelectuales en aquel momento.

Ya de regreso a su país natal, publicará el resto de sus libros durante los últimos años de los sesenta y principios de los setenta. En esta época Alejandra ya se encuentra sumida en la locura pero su poesía alcanza su tono y su estilo más personal que sobre todo se liga al automatismo surrealista. De este modo, nos encontramos poemas muchas veces sin forma, como si se tratasen de anotaciones impulsivas salidas de su propio diario personal, poemas que se caracterizan por la libertad creativa y la intensidad y las emociones que son capaces de transmitir a través del lenguaje. Esta es para Alejandra una época de nostalgia por el paraíso infantil perdido, de melancolía, de descenso y de viaje hacía la abstracción, una Alejandra junto al lenguaje, una Alejandra como instrumento del lenguaje, una Alejandra que usa el lenguaje para ella. Sin embargo, una vez llegado al objetivo final de su obra no se reconoce, se siente completamente vacía “Murieron las formas despavoridas y no hubo más un afuera y un adentro. Nadie estaba escuchando el lugar porque el lugar no existía.” Ya no queda nada, no hay nada, solo la imposibilidad de dominar el lenguaje y la palabra. Su vida queda carente de sentido ya que para Pizarnik, descrita por Borges como “en esencia verbal”, el único mundo y el único lugar real para el poeta es la palabra. El poeta “escribe porque necesita un lugar en donde sea lo que no es” aseguraba Pizarnik, es decir, un lugar para hallarse a sí mismo a través de la abstracción.

Enloquece y es internada en un psiquiátrico de Buenos Aires donde pasa sus últimos meses. Entonces llega a la conclusión de que solo puede escribir aproximaciones acerca de la realidad, que la realidad es indecible e incomunicable. Esta es para ella una idea aterradora puesto que esa obsesión que le había acompañado durante toda su vida iba más allá de su soledad o de su deseo de viajar, de abstraerse, de huir a ese jardín emblemático de sus obras o de reencontrarse de nuevo con su infancia. No supo encontrarse a través del lenguaje, no podía comunicar una realidad a la que no tenía acceso y su vida perdió totalmente su sentido y su finalidad. Al no poder crear eligió el silencio como forma de callar eternamente, la muerte como el fin del lenguaje. De este modo el 25 de septiembre de 1972 en el transcurso de un fin de semana de permiso que pasaba en su casa, terminó con su vida con una sobredosis de seconal sódico. Tenía 36 años. Alejandra encontró finalmente su jardín, la poeta que siempre se sintió una niña perdida en el mundo convencional se refugió en ese espacio donde habría de reencontrarse consigo misma, llegando hasta él al emprender su último viaje. Liberándose de la poesía y liberándose de la vida, Alejandra pudo llegar hasta un mundo propio donde sentirse a salvo del exterior, un exterior que la asustó durante toda su vida. La jaula se volvió pájaro.



Conocer la obra de Alejandra es atender al testimonio desgarrador de un ser que era incapaz de encajar en este mundo y que era consciente de ello, era algo más que la soledad, era un afán por alejarse, era un rechazo a las convenciones, era la huida y el encuentro del lenguaje y el arte poético. No fue comprendida, de hecho el éxito de sus obras y su repercusión llegaría años después de su muerte, cuando el tiempo había diluido el escándalo que suponía que una mujer ejerciera su libertad plena a la hora de tomar toda clase de decisiones personales sin tener en cuenta los estereotipos y los papeles estipulados que la sociedad había reservado para ella. Alejandra hizo lo que quiso, como quiso y con quien quiso y aunque probablemente resulte extraño puedo decir que me siento identificada en ciertos aspectos con ella, con su forma de alejarse del mundo, con su incapacidad para entenderlo y con el sentimiento que eso le produce. Desde muy joven se apasionó y se refugió en la literatura y la filosofía como una vía de escape, como el lugar en el que poder liberarse completamente de las ataduras impuestas por la corrección y el control de los sentimientos, plasmándolos en el con la palabra justa, con la expresión indicada, retratando sus sentimientos, intentando llegar a encontrar lo que ella misma era en realidad:

“Un ser que durante toda su vida no vive, sino que no cesa de imaginarse a sí mismo. He aquí Alejandra.”

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