sábado, 18 de abril de 2015

¿Neutralidad de la ciencia?

Uno de los temas tratados por la filosofía de la tecnología que más ha trascendido a la opinión pública, a través de los medios de comunicación, es el de la posible neutralidad de la ciencia. Se trata de un debate que se reabre públicamente cada vez que se anuncia un nuevo descubrimiento cuyas implicaciones entran de lleno en el terreno de la Ética. En los últimos tiempos -sobre todo, con las recientes investigaciones genéticas- se han expresado numerosas opiniones acerca de esta cuestión por parte de filósofos, científicos e, incluso, intelectuales de otras áreas del saber o de la creación estética. 

El punto de partida de esta polémica cuestión radica en la siguiente interrogante: ¿tiene responsabilidad moral el científico que lleva a cabo una investigación sobre las aplicaciones tecnológicas que se desarrollan a partir de los nuevos descubrimientos que él ha obtenido? Por ejemplo, ¿son responsables los físicos teóricos, desde una perspectiva ética, de las armas nucleares, o la responsabilidad recae exclusivamente en los gobiernos que las han fabricado?

Cada vez más personas piensan que los científicos son responsables de las consecuencias que se derivan de sus investigaciones. En la mayoría de los casos, los científicos son conscientes, antes de empezar sus investigaciones en un área concreta, de las consecuencias morales que entraña la probabilidad de concluir con éxito sus experimentos y de las posibles aplicaciones tecnológicas a que pueden dar lugar. Por ejemplo, si alguien decide investigar sobre los mecanismos de clonación humana, sabe que puede estar abriendo la puerta a futuras técnicas de manipulación genética de la especie humana. La pretensión de neutralidad de ciertos científicos sólo es un mecanismo de defensa psicológico para tranquilizar su conciencia.

De la misma forma Langdom Winner en La ballena y el reactor afirma que "lejos de ser
neutrales, nuestras tecnologías dan un contenido real al espacio de vida en que son aplicadas, incrementando ciertos fines, negando e incluso destruyendo otros". El trazado de una avenida, la construcción de un tipo de solución de vivienda, la elaboración de un coche de lujo, el diseño de una universidad, así como la reestructuración de una empresa, en fin, serían tecnologías, y como tales, se diseñan con presupuestos técnicos, políticos, económicos y sociales y no son solo productos que siguen la noción instrumental de la utilidad y la eficacia. Algunas historias lo muestran claramente, como el diseño de Robert Moses, de numerosos pasos elevados en Long Island en Nueva York, entre los años de 1920 y 1970; estos puentes se destacan por su baja altura, hasta el punto de tener nueve pies de altura en algunos lugares; con tales estructuras, solo podían pasar a disfrutar las playas los vehículos particulares de las familias blancas acomodadas y no los negros que se desplazaban en autobuses. 

Otra historia, que describe el filósofo francés Michael Foucault, y muestra el carácter inherentemente político de la tecnología, es la distribución de los espacios escolares, las cárceles, los hospitales y los talleres en el siglo XVIII, los cuales seguían una concepción de diseño común: se construía para generar una disciplina, un método de control minucioso de las operaciones del cuerpo que garantizara una sujeción constante de las fuerzas, para lo cual el ojo vigilante del maestro, del guardián, del capataz, o del medico, controlaba atento cualquier movimiento que no fuera de docilidad y utilidad.

Para garantizar su neutralidad absoluta, la ciencia debería evitar cualquier tipo de condicionamiento previo. Pero esto es, en la práctica, técnicamente imposible. En efecto, para investigar se necesita dinero, recursos humanos y tecnológicos, instalaciones, etc. ¿Quién proporciona tales medios? O bien los Estados, a través de un conjunto de instituciones públicas (universidades, organismos públicos científicos o tecnológicos, etc.), o bien las empresas privadas, cuyo fin consiste siempre en obtener rendimiento económico de sus proyectos de investigación.

En ambos casos, existen unos intereses previos que determinan las áreas científicas o tecnológicas prioritarias en la investigación. ¿Y cuáles serán éstas por regla general? Las que proporcionen beneficio en el caso de las empresas privadas -bajo la forma de patentes de producción a gran escala o de un mercado potencial de millones de consumidores-, o la posibilidad de utilizar los descubrimientos científicos en la fabricación de tecnologías que proporcionen poder militar, industrial o cultural a los Estados que han financiado la investigación. Así, los científicos serían responsables morales porque aceptan tales condiciones previas, es decir, subordinan los intereses de la ciencia a los intereses económicos o políticos. La imagen del científico desinteresado y al margen de las relaciones de poder no es más que un mito, invocado por aquéllos que no desean asumir sus responsabilidades.

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