martes, 21 de abril de 2015

La última tentación de Cristo.

Por Sofía Camporro

Para un hombre como Martin Scorsese, proveniente de una tradición tan católica, que incluso se había planteado hacerse cura en su juventud, esta película era algo así como un desafío personal. Se inspiro en la novela de Nikos Kazantzakis con la que podía elaborar un discurso sobre Jesús mucho más personal y alejado. Las mejores opciones no daban frutos debido a las presiones de los grupos católicos más integristas, que lograban complicar las cosas todavía más. Todo cambió para él cuando, a comienzos de 1987, Michael Ovitz (que por entonces gozaba de un considerable poder en la industria) se convierte en su representante y le presenta a Garth Drabinsky, propietario de la más importante franquicia de cines en Norteamérica y Canadá, que le asegura la distribución en esos países a pesar de la amenaza de boicot, y al que le gusta tanto el proyecto que pone sobre la mesa la mitad del dinero necesario para hacerla realidad.

De tal modo que Scorsese, de una vez por todas, se lanza decidido a por la película. Eso sí, debe afrontar una drástica reducción de la producción inicial, pues de las necesidades y el presupuesto previsto cuatro años atrás, apenas puede contar con aproximadamente la mitad. Pero procura soslayar estas limitaciones con profesionalidad y pasión, llevando a cabo la que puede calificarse, sin lugar a dudas, como una de sus películas más arriesgadas, sinceras y apasionadas. Respecto a las presiones de los grupos católicos más intolerantes, huelga decir que en la mayoría de los casos no se habían leído la novela de Kazantzakis, ni sabían absolutamente nada del proyecto, y toda la controversia que montaron con el motivo del rodaje y estreno de esta película resulta, a día de hoy, bastante absurda. 

La intensa dualidad de un Cristo al que se le ofrecía la posibilidad de vivir una vida muy alejada de su lado divino, en una existencia casi paralela. Un Cristo que advierte en su interior una debilidad, una fragilidad, que le hace indigno de convertirse en el mesías y en el portador de un mensaje de esperanza, y que por ello renuncia a esa vida y tiene la oportunidad de experimentar otra.

Es precisamente la confrontación entre lo humano y lo divino, la lucha interna entre lo que vive en nuestro interior de espiritual y de material, la esencia misma del cine de Scorsese, un cine profundamente existencialista y atormentado. Su Cristo mira en su interior con un salvajismo inusitado, y las heridas de su cuerpo, su sufrimiento físico, es al mismo tiempo espejo y representación de su aflicción y angustia interior. Cristo como parábola y metáfora del sufrimiento del mundo, más que como vehículo de fe. Y en esa metáfora, se une lo abstracto y lo carnal. No caben, por tanto, aquí las quimeras integristas y simplificadoras de otros acercamientos a la mítica figura de Jesús. Narra los episodios de Jesús de manera incluso ortodoxa, pero la dimensión humana que Dafoe y Scorsese impregnan al personaje convierten a esos episodios tan conocidos en algo mucho más sincero y auténtico, como si nunca los hubiéramos visto antes. 

La escena predilecta es posiblemente, cuando Jesús le pide a Dios que le perdone. Creo que jamás hemos visto a Dafoe tan arrasado y desgarrado. Tachada de blasfema por el mismísimo Juan Pablo II, ‘La última tentación de Cristo’ es un compromiso de su autor consigo mismo, y una cita obligada para todos sus incondicionales. Lo que los fanáticos que se manifestaron contra ella (sin verla) no sabían, es que la polémica que montaron sirvió para que la película consiguiese un notable éxito.

En mi opinión esta película te da un segundo plano sobre la historia de Jesús que aparece en la Biblia, muestra una parte más humana de Jesús.

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